Por Antonio Fassi
Recientemente, al abrir el Diario de la mañana, y encontrar la noticia de tu partida, hacia "donde el silencio impone su decoro", como nos cita el gran Mario Vecchioli, añosos recuerdos acudieron a mi mente, hacia aquel día de marzo de 1948, cuando de tu mano entré al aula de la humilde escuelita de campo de Capilla Fassi (Egusquiza) para comenzar mi prístino día de la escuela primaria.
Aún rememoro tu esbelta y matriarcal estampa (tenías 30 años), y con el pasar de aquellos días fuiste guiando nuestros pasos por el sagrado sendero de la lectura, y desvelando el sentido exacto de la matemática, con firmeza pero con dulzura de madre.
¡Oh señora Amanda!, ¡Cuánto te intranquilizó mi indócil mano derecha, cuando subrepticiamente pasaba el lápiz a la izquierda! (en aquellos tiempos, no se podía usar en la escritura la mano siniestra). Entonces tu alta figura blanca acercaba sigilosamente el "puntero" que con dulce toque hacía que el lápiz cambiara de mano.
Vida dedicada a la enseñanza, un día dejaste aquella escuela para seguir educando mentes, hasta que la jubilación señaló el final de tu ciclo cultural al servicio de la docencia, que no significó el clímax para servir como ejemplo de humana enseñanza.
Largo fue tu derrotero terrenal de 98 años, que hoy dejaste para recibir tu merecido descanso, para "volver y continuar la historia desde el siguiente tomo, (así nos cita Mario Vecchioli en su poema "Serenamente").
Señora Amanda, ¡mi querida primera maestra!; que tengas un benévolo descanso ultraestelar en ese "mas allá" inevitable, necesario e ineludible, y que volvamos a encontrarnos en el siguiente tomo.
Tu inquieto, dañino e insumiso ex alumno de primaria.
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