Por REDACCION
Por Leonardo Zanetti. - Posiblemente, para un griego de la época homérica no había peor insulto que ser llamado cobarde. Quizás, para un europeo medieval no había peor injuria que ser señalado como ateo o hereje. Hoy, en nuestra sociedad, el defecto de moda es la discriminación. Nada teme más quien cuida su imagen pública que ser considerado discriminador. Prueba de ello es el incómodo cuidado con el que se usan palabras como negro o discapacitado, siendo esos términos frecuentemente reemplazados por sus símiles políticamente correctos (eufemismos), morocho y persona con capacidades diferentes. Lo paradójico del caso es que los elementos que nos proponemos analizar, la discriminación y el prejuicio, están siendo víctimas de la más prejuiciosa discriminación. Todos los consideran terribles defectos sin detenerse a juzgarlos correctamente.
Discriminar es separar, diferenciar o categorizar cosas en función de sus atributos o características. Es decir que cuando pensamos estamos, la mayor parte del tiempo, discriminando. Esto no sólo es inevitable, también es notablemente útil. Una correcta discriminación de las opciones es fundamental a la hora de tomar una decisión. Necesitamos continuamente separar lo que sirve de lo que no, lo bueno de lo malo, e incluso lo que nos gusta de lo que no nos gusta. ¿Cuál es el problema entonces con la discriminación? El problema surge cuando, a partir de una diferencia real y cierta entre dos cosas, se les atribuyen arbitrariamente otras diferencias que no son reales. Es decir, no hay nada malo en notar que dos personas son de distinta raza y que difieren, en consecuencia, en su aspecto físico. El error está en suponer que esto implica también diferencias en sus aptitudes morales o intelectuales.
Por otra parte, prejuzgar es formar una opinión sobre algo sin contar con la información y/o el tiempo necesarios para realizar un juicio completo y fundamentado. Se trata entonces de otro instrumento indispensable para el pensamiento. Además de vernos forzados frecuentemente a prejuzgar, existen casos en los que es preferible confiar en un prejuicio. La mayoría de las decisiones que tomamos cotidianamente no son lo suficientemente importantes como para dedicarles una reflexión. No podemos, antes de salir a la calle, realizar un análisis meteorológico completo; simplemente miramos el cielo y prejuzgamos si conviene o no llevar paraguas. ¿Cuál es el problema entonces con los prejuicios? El problema surge al confundir un prejuicio con un juicio y, en consecuencia, obrar en base a un prejuicio en circunstancias que ameritan una mayor reflexión.
Y el caso más grave, en definitiva, se da cuando combinamos estos dos errores en circunstancias que afectan a otras personas. Es decir, cuando realizamos una discriminación que perjudica a alguien, basándonos en un prejuicio. Es importante tener presente el riesgo que se corre al discriminar y prejuzgar, pero también considerar que la discriminación y el prejuicio, bien utilizados, son herramientas muy productivas para el pensamiento. De paso, evitemos caer en esa moralina de moda basada en la mentira más difundida en la actualidad: “Somos todos iguales”. La tolerancia no se logra negando las diferencias, sino aceptándolas, entendiéndolas y valorándolas.
Este artículo fue publicado en la revista Quirón de Rafaela, enero de 2012. El autor es director de la misma.
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