Por Santiago Allassia
Ayer, en el patio del Cabildo, en la tardecita cordobesa y calurosa, bajo un cielo de mil grullas de papel, arrancó el IV Festival Internacional de Poesía. ¿Qué cosas pasan en un festival de poesía? ¿Qué puede ocurrir en plena calle, en plena tarde, en la plaza San Martín, por ejemplo, justo frente al Cabildo, donde leen los poetas? Puede pasar que una paloma, de repente, después de haber volado en círculos sobre unos adoquines a punto de ponerse a hervir, vaya a posar sus patitas indiferentes en el brazo derecho y extendido del padre de la patria, cuyo enhiesto dedo índice señala, se supone, hacia la libertad, pero que si se reconstruye la línea imaginaria que se proyecta desde ese punto ínfimo uno se topa, en realidad, con la sede social del Club Atlético Talleres. O puede pasar que a pocos metros de allí, del patio del Cabildo, donde leen los poetas, en la frescura opaca de la Catedral, donde (según dice una placa) descansan los restos de Fray Mamerto Esquiú, un hombre, por ejemplo, de rostro empapado de sudor y camisa blanqueada por la cal, vaya a echar su aspecto de albañil sobre el último banco estrecho, y cierre los ojos y duerma, o rece, o simplemente piense, así, con ojos cerrados, en Dios, o, más modestamente, en algún más allá de la materia, arena, cal, con que curte sus manos en estos días tórridos. Es decir, eso que se llama poesía, ¿llega, toca, de algún modo, las cosas que están afuera, por decir así, en la realidad? ¿Logra, la poesía, mostrar algo, hacer ver distinto? ¿Hace ver?
“Quien se alimente de enigmas, vivirá”, leyó Alejandro Schmidt, uno de los poetas que abrieron el evento, y arrojó, como al descuido, una clave: tomar de la poesía el combustible necesario para la existencia.
En el comienzo fue Alejo Carbonell, de la editorial Caballo Negro, el responsable de inaugurar la fiesta. Sus sobrias palabras apuntaron a rescatar el espíritu independiente de un evento que crece año tras año y que va consolidándose como una cita obligada en el campo de la poesía del país. Carbonell remarcó que el festival no es consagratorio sino inclusivo y propositivo, cuestión que se verifica en la saludable decisión de apostar a la apertura invitando a poetas de trayectorias, estéticas, procedencias y generaciones muy diversas. Junto a Gastón Sironi, de la editorial Viento de Fondo, y a Carlos Ferreyra, de Ediciones Recovecos, son los impulsores del festival y verdaderos militantes de la edición independiente cordobesa. Antes de dar paso a las lecturas, los organizadores expresaron su intención de brindar, con esta edición, un homenaje a la memoria y las obras de tres grandes poetas recientemente fallecidos: el cordobés Rodolfo Godino, el chileno Pedro Lemebel y el entrerriano Arnaldo Calveyra.
Luego llegó el turno de las lecturas. El primero fue Julio Castellanos, quien abrió su lectura con un texto dedicado, precisamente, a Rodolfo Godino, y su obra que aún rumorea como “una música escrita entre pausas”. Nacido en Córdoba en 1947, Julio Castellanos publicó los libros de poesía Umbrales, Líneas, Elementos, Nubes, Lugares, Poemas del amor, Cercanías, El motivo es la mujer, Residuario, Jardín a tientas, Lettera 22, Toda aparición se desvanece y Eso que nos es sueño, los que fueron recogidos por el volumen Poesía reunida (1983-2013), editado por Llanto de mudo en 2014. Trabaja en la docencia, es ensayista y editor.
Luego siguió Osvaldo Guevara, quien logró “hipnotizar” al numeroso público presente con su voz clara, su cadencia y, sobre todo, con sus pausas enigmáticas y precisas para dejar caer el golpe final del poema como una suave guillotina: el deseo de “invocar aquellos dioses que no nos ponen de rodillas”. Nacido en Río Cuarto, en 1931, Guevara reside desde 1976 en Villa Dolores, donde fue nombrado ciudadano ilustre. Poeta, narrador, ensayista, comentarista bibliográfico, ha publicado una decena de poemarios, además de ensayos y libros periodísticos. Su Oda al sapo, celebrada por Augusto Roa Bastos, se ha estudiado en la cátedra de Literatura Argentina de la UNC. Su ensayo El soneto, ese indeseable deseado ha sido incorporado a la biblioteca de la Academia Argentina de Letras.
Finalmente, llegó el turno de Alejandro Schmidt, quien se despachó con una lectura que encontró en la sequedad su marca registrada. Lejos de toda retórica, de toda floritura del lenguaje (como decía Roberto Bolaño), Schmidt se permitió descargar su espíritu colérico hacia todos los “profesores” que le piden una misión a la poesía, un para qué, un sentido trascendente. Schmidt nació en Villa María, Córdoba, en 1955. Desde la década del 80 hasta el presente publicó 40 libros de poesía y fue traducido fragmentariamente al inglés, alemán, francés, italiano, portugués, catalán y rumano; dos de sus libros fueron transcriptos al sistema Braille. Durante dos décadas dirigió la editorial de poesía Radamanto. Integra antologías de Europa y América Latina. Recibió una veintena de premios a nivel nacional e internacional por su obra poética y editorial. Es docente, blogger y periodista cultural.
“La poesía no se piensa” pero “quien se alimente de enigmas, vivirá”: a esa altura, ya la noche se había instalado en el patio del Cabildo y el viento hacía murmurar las mil grullas de papel de una instalación que revoloteaba sobre las cabezas del público.
Para el cierre, quedó el plato fuerte de la jornada: la participación de Gabo Ferro, el reconocido músico e historiador que, en este caso, ofreció una lectura magnífica de su libro “Costurera carpintero”, que reúne todas las letras de sus discos. En lo que fue una verdadera performance que fusionó canto, lectura y actuación, Gabo Ferro deleitó con su original fraseo a las más de doscientas personas que se agolparon para escucharlo. Vale la pena detenerse un poco en el misterio de su lectura, un verdadero arte de interpretación en vivo: su voz prodigiosa es capaz de subir y bajar a las corridas por las más intrincadas escaleras del lenguaje, repiquetea, se detiene, se congela, susurra para enseguida salir disparada nuevamente al cielo y quebrarse o entrar en el principio del túnel oscuro de una actuación que se disuelve enseguida y es lectura; o se queda apenas detenida en una mirada que proyecta en el público el talón motor de su poesía. Gabo “dice” cada poema y hace de él la performance corporal que el texto le pide: puede ponerse a cantar, a percutir sobre el escritorio, a ondear con una mano el aire. Como muy bien dice una de sus letras-poemas: “el cuerpo es poesía, el resto es verso”.
Entonces, ¿dónde estuvo la poesía? En cada rincón, y en ninguna parte. Aunque: cuando muchos nos callamos, y algunas palabras logran dar con esa feliz combinación que las acerca a una especie de música que puede verse, entonces algo surge. Eso, tal vez, sea poesía.
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