Por Ana Paula Rosillo
Las actuales sociedades industriales avanzadas han parquizado con jaulas sus plazas y jardines, las rejas, pequeñas o grandes prisiones posmodernas pueblan la arquitectura urbana de los escenarios actuales. El hombre ha ridiculizado sus nuevas formas de convivencia despertando a una vida donde la falta de comunicación se transforma en la paradoja más certera y reciente de los tiempos que corren.
Nadie se detiene, nadie descansa como debiera, cuando aparecen enfermedades, los humanos occidentales siguen trabajando sea porque las leyes laborales no permiten tal intromisión del detenimiento, sea porque prefieren producir sin dejar de ejercer el desenfreno. Nuevas formas de vida atesoran antiguas verdades que pareciera a nadie le interesa observar. Las culturas milenarias, los rituales sagrados, la formalidad de las viejas costumbres quedan pegadas a un ritmo que ya no nos pertenece.
Hoy las nuevas generaciones preocupadas más por la volatilidad de sus contactos virtuales, presos de sus nuevas jaulas contemporáneas parecen ser los nuevos esclavos. El incansable modo de producción y reproducción de un sistema en permanente cambio genera apuestas donde muchos quedan afuera, otros miran desde adentro y el resto se dedica a subsistir. Poniendo en vilo las nuevas formas de producción, consumo y circulación de bienes y servicios, la humanidad ha creado y recreado, ha modificado permanentemente la naturaleza. La estabilidad de las estaciones que debieran presentar cierta lógica está igual de perdida que los pronósticos esperanzadores de un futuro mejor. Una humanidad descreída, pretende recuperar antiguas religiones, convirtiéndolas al mercado, fetichizando sus santos, ofertándolos a los fieles. Barreras adentro y barreras afuera. No hay afuera de un sistema donde todos los días reproducimos incansablemente -como si todo pudiera cambiar-, las mismas mecánicas rutinas que nos entorpecen y aglutinan cada vez más.
Las autopistas, plataformas sin freno donde los descuidos no están premeditados, se imponen como redes camineras que acortan distancias entre ciudades y metrópolis. Las autopistas, no lugares de un planeta donde no existe el encuentro, admiten la circulación sin detenimiento de miles de automóviles que se ajustan a una lógica común a nuestros tiempos, donde frenar es imposible. Además de sus condiciones de existencia, también los aeropuertos, reductos de esperas momentáneas, se convierten en paisajes de paso, donde los pasajeros son clientes de próximos vuelos. La muchedumbre en tránsito permanente recorre sus laberintos mercantiles que resignifican el hedonismo de un mercado nunca complacido.
Sin embargo, no hace falta alejarnos, porque los no lugares habitan cada vez más cerca de lo imaginado, “habitan” en el sentido que impulsan la falta de reunión, habitan por el sentimiento de comunión frustrado de los verdaderos encuentros.
MIEDOS PLANETARIOS
Entre los miedos globales, podemos reflexionar en la inestabilidad generada por los atentados de Nueva York, allí sin duda tuvo lugar una mutación del terrorismo, el 11 de septiembre de 2001 marca un cambio de época en la historia del miedo; así el régimen del sabotaje y la lógica del pánico vino a ser el argumento central de la política y la base de justificación de una política exterior norteamericana que sembraría otros miedos.
Frente a esto las reacciones neoliberales contra el terror son siempre inadecuadas, puesto que magnifican el fantasma insustancial de Al Qaeda, ese conglomerado de odio, desempleo y citas del Corán, hasta convertirlo en un totalitarismo con rasgos propios, y algunos, incluso, creen ver en él un “fascismo islámico” que, no se sabe con qué medios imaginarios, amenaza a la totalidad del mundo libre.
Se puede observar en el mundo con el pretexto de la “seguridad”, como los voceros de la nueva militancia dan rienda suelta a tendencias autoritarias cuyo origen hay que buscar en otro sitio; la angustia colectiva, cuidadosamente mantenida, hace que la gran mayoría de los mimados consumidores de seguridad de Occidente se sume a la comedia de lo inevitable.
LO QUE NO SE COMPRA
Los temores son muchos y variados, reales e imaginarios un ataque terrorista, las plagas, la violencia, el desempleo, terremotos, el hambre, enfermedades, accidentes, gentes de muy diferentes clases sociales, sexo y edades, se sienten atrapados por sus miedos, personales, individuales e intransferibles, pero también existen otros globales que nos afectan a todos, como el miedo al miedo. Las agencias de alarmas, las empresas constructoras de rejas, cada vez aseguran y renuevan su stock con mayor asiduidad. Los clientes caen como víctimas o presas a quienes se les vende una vivienda, un local, un terreno más seguro. Pero la pregunta es ¿qué compramos cuándo compramos seguridad?, ¿puede comprarse la seguridad?, o ¿qué seguridad nos vende el mercado?
Sin dudas y por muchas rejas, sistemas de alarmas de última generación y nuevos modos de control de videocámaras, la seguridad no está ni estará garantizada en un mundo donde prime la desigualdad, donde cada vez la brecha entre ricos y pobres sea mayor.
Comprar videocámaras, armas, rejas o alarmas, lo mismo da, somos parte de un mundo cada vez más inseguro y heterogéneo, donde vender seguridad se asemeja a vender cualquier otro fetiche del mercado, con la diferencia que en este como en otros casos, el mercado intenta vender aquello que no se puede comprar.
Los miedos nos golpean uno a uno en una sucesión constante aunque azarosa, ellos desafían nuestros esfuerzos (si es que en realidad hacemos esos esfuerzos) de engarzarlos y seguirles la pista hasta encontrar sus raíces comunes, que es en realidad la única manera de combatirlos cuando se vuelven irracionales. El miedo ha hecho que el humor del planeta haya cambiado de manera casi subterránea.
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