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Información General Sábado 29 de Noviembre de 2025

-Buen día, vengo a morirme. -Muy bien, ¿tiene la aplicación?

El uso y requerimiento constante, habitual y doméstico de las nuevas tecnologías está logrando el lento, e inexorable, exterminio social de una parte de la población que no tiene los medios, ni el conocimiento -siquiera- para defenderse.

Agrandar imagen TECNOLOGÍA. El código de respuesta rápida (QR, por sus siglas en inglés) es una evolución del código de barras; ahora se utiliza hasta para ver el menú en un restaurante.
TECNOLOGÍA. El código de respuesta rápida (QR, por sus siglas en inglés) es una evolución del código de barras; ahora se utiliza hasta para ver el menú en un restaurante. Crédito: FOTO CIBER LATAM

Por Edgardo Peretti

- Buen día, vengo a morirme.

Todas las historias tienen un principio, pero no siempre es el mismo; caso contrario, la vida sería tan previsible como aburrida. Por eso el hombre se encarga de complicar todos y cada uno de sus días.

El caso que nos ocupa es el de un tipo que vivía casi feliz. Tenía su casita en las afueras de la ciudad, aunque en zona urbanizada, vivía solo (viudo, sin hijos) y se mantenía con los ahorros en dólares que le habían quedado de la venta de un campito de herencia familiar. Tenía su quinta en el fondo, escuchaba los partidos de Peñarol por radio y (siempre con la gloriosa radio como compañera) disfrutaba de la música tanguera de una FM barrial.

En suma, un tipo de pocos o tantos. Vaya uno a saber.

Todo había empezado antes, el domingo cuando fue a la cancha. Llegó a la boletería y pidió “Una entrada socio”, extendió el billete de veinte lucas esperando el pertinente ticket y sólo tuvo esta respuesta: “No se paga así, tiene que mostrar la aplicación del club y el débito es automático”. No entendió nada. Menos mal que ese día perdieron y por goleada. Creyó que podía dejarlo pasar. Mala idea.

El caso es que el tipo advierte un día que no le había llegado por correo la factura del único servicio público privatizado que utilizaba. Tenía por hábito esperar el mismo y apenas llegaba por el buzón se iba al centro en bicicleta con dos billetes de cien dólares que cambiaba en la cueva de la avenida Presidente De la Rúa y de allí se iba a pagar el servicio, también la cuota del sepelio y nicho que tenía comprado desde hacía 35 años y, al paso, se aprovisionaba de alimentos, verduras y bebidas en el almacén de los Rosales, ya camino a casa.

Pero su mundo ya no sería el mismo. Por eso, el día del cambio de dinero, se fue hasta la oficina de la empresa que le brindada el servicio para preguntar qué pasaba. No quería quedar como un moroso y, encima, sin servicio. Se encontró con mucha gente esperando. Buscó el talonario de números de turno, pero no lo encontró, por lo que se acercó a una señorita que transitaba el espacio con un termo en su mano derecha y una medialuna en la izquierda.

- Perdón, ¿me podría decir dónde se sacan los números para que me atiendan?

- No hay. Los turnos se sacan por la web, en la aplicación de la empresa.

- ¿Perdón? No entiendo. ¿Me podría explicar?

- Simple. ¿No tiene Internet en su casa?

- No.

- Bueno, bájelo en su celular y de allí opera. Es fácil –le contestó la mujer, un tanto ofuscada porque se le enfriaba el agua, seguramente para el mate-.

- No tengo.

- ¿No tiene a nadie que se lo haga?

- No.

- Bueno, ahí ya no lo podemos ayudar. En todo caso, busque la APP del banco. Disculpe. -le dijo y se fue-.

El tipo quedó entre aturdido y confundido. De pronto era un paria, un animal solitario e indefenso en medio de la selva. Tenía la plata pero no podía pagar.

Se acordó que debía pagar unos impuestos y se fue a la oficina estatal. La misma historia, el problema irresoluto y la molestia del personal que, ante sus respuestas, lo miraba como a un bicho raro. En este caso agregó otro blasón a su padecer: “Coloque el QR en el espacio indicado y allí saldrán todas sus respuestas”, le indicó un señor con cara de pocos amigos.

Creyó que su presión arterial ya estaría en los cincuenta/treinta. Trató de pensar. No tenía parientes y sus únicos vecinos a consultar eran el “Toronja” Medina y el “Moncho” Toledo, pero no estaban disponibles; el primero estaba muy perdido en su razón y el “Moncho” había tenido un problema con la ley que lo obligó a cambiar de domicilio: el barrio por la Alcaidía.

Trató de reflexionar. “Debe ser una broma”, se consoló. Aprovechó el viaje y se fue a pagar el seguro de sepelio y el nicho que, como dijimos, tenía contratado.

Allí fue cuando le dijo al empleado: “Buen día, vengo a morirme”, y recibió como respuesta un contundente: “Bien, ¿tiene la aplicación?

Allí se le terminó el mundo. Se puso loco. Todo se le tiñó de negro; salió a la calle y cruzó sin mirar, sin advertir el camión del frigorífico que venía tocando pito.

Fue en el acto. Apenas un instante.

El acto final

Cuando se dio cuenta estaba en una oficina grande, muy grande, rodeado de gente de todos los colores y edades. Al fondo un mostrador alto y un tipo con pelo blanco y una túnica que, como único detalle, aportaba un escudito del club Platense de Reconquista. Se dio cuenta. “Estoy muerto. Esto debe ser el cielo.”

Tenía razón. El plano había cambiado de lo anterior, lo único que se había traído era la pinza para los pantalones para andar en bicicleta y la llave del candado con el que la había atado a un árbol.

El tipo del mostrador le hizo una seña para que se acercara. Fue, y antes que diga algo, quiso que su alivio interior sirviera para adentrarlo en lo que venía. “Me morí. ¿No me diga que para entrar al cielo tengo que tener un celular, la APP, el QR o ser socio de Estudiantes?”

“No señor”, dijo atento el empleado. “Con su credencial digital será suficiente”.

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