Por Emilio Grande (h.)
Durante gran parte del mes de febrero último estuvimos en familia disfrutando de unos días de vacaciones en la península itálica, con la que nos unen muchos lazos culturales, sanguíneos, costumbres, inclusive la experiencia de fe religiosa, transmitidos por nuestros antepasados inmigrantes.
Del encuentro que tuvimos con Francisco en la audiencia general del miércoles 5 de febrero ya fue narrado en la crónica publicada en LA OPINION del 7 de febrero pasado. Pero sobre lo que inspira entre los italianos creyentes y no creyentes tener un Papa venido del "fin del mundo" me ocuparé en nota a publicar el 13 de marzo -primer aniversario- dada su importancia que amerita en el contexto de esta coyuntura de crisis de líderes mundiales.
En esta oportunidad, me voy a detener a contar algunas diferencias sustanciales existentes entre la Argentina e Italia, no con el ánimo de copiar lo vivido y experimentado porque puede ser una gran tentación querer transpolar ese estilo de vida, del que también se pueden hacer algunas críticas.
En primer lugar, son muy amables y respetuosos en la manera de comunicarse, ya sea gente que uno conoce como desconocidos, explicando con detalles las consultas efectuadas por distintas circunstancias.
Uno de los grandes contrastes es la organización en materia de comunicaciones -también favorece al turismo- tanto en ciudades como a lo largo de la geografía italiana, funcionando como un reloj -casi a la perfección- los horarios de los trenes, con algunas particularidades: por ejemplo, el tren veloz de Venecia a Roma marcha a 250 kilómetros por hora y no exagero porque hay pantallas en cada "carroza" (vagón) que indican los datos del viaje como en los aviones, con una duración aproximada de 3,45 horas para recorrer casi 600 km. Otro dato no menor es la puntualidad, en una ocasión llegamos 3 minutos tarde a la estación de Milán y perdimos el tren, con lo cual tuvimos que tomar el siguiente.
Al mismo tiempo, todo el territorio italiano está unido por autopistas de dos o más carriles según la importancia de las ciudades, teniendo una velocidad máxima de 130 km porque si se excede hay multas a través de los controles de las videocámaras. En forma paralela están las tradicionales rutas que unen ciudades y pueblos ("paesi") con rotondas en las entradas para disminuir la velocidad.
Al interior de las grandes ciudades (Roma, Milán, Torino, Napoli, entre otras) cuentan con excelentes servicios de colectivos urbanos, tranvías, metros (subterráneos), con la particularidad que con el mismo "biglietto" (boleto) se pueden hacer combinaciones para ir a distintos lugares en un mismo día.
Otro de los elementos diferenciales es la economía, ciertamente regida por una moneda fuerte como es el euro que circula en la mayoría de los países de la Comunidad Europea -una de las excepciones es Inglaterra-, pero la inflación anual es muy baja de entre el 1 y 2%. Hablando con varios "tanos" me dijeron que su país se encuentra en una crisis económica respecto a la época de la lira italiana que estuvo vigente hasta el 2002, recordando que tenían mayor capacidad de ahorro.
Algunos lugareños -especialmente en las grandes ciudades- sugirieron tener cuidado con posibles robos, pero a decir verdad estuvimos en diversos sitios de día y de noche tanto en el norte como en el sur de Italia sin haber visto ni escuchado corridas o gritos por la aparición o presencia de ladrones en la vía pública, aclarando que eso no quiere decir que haya cero seguridad. Se observa la presencia de agentes de los diferentes organismos de seguridad, patrullando permanentemente los espacios públicos y privados.
Frente a estos ejemplos tomados al azar comprobables por cualquier visitante, uno reflexiona en voz alta: qué lejos estamos del primer mundo marcado por el respeto hacia el otro, la convivencia pacífica, la puntualidad en los horarios, la organización de los servicios públicos en muy buenas condiciones.
Uno no puede esquivar la actual coyuntura institucional de la Argentina, en la que la Presidenta pareciera vivir en el primer mundo porque en el discurso de apertura del 132° período de sesiones ordinarias del Congreso omitió -lo viene haciendo desde hace tiempo- dos problemas acuciantes de la gente: la inflación (aumentó un 25% la carne en febrero en Rafaela) y la inseguridad (robos, asesinatos y muertes en rutas), que afectan a todos por igual, especialmente los más pobres.
No todo es una panacea en Italia porque también tienen sus problemas políticos, sociales, hechos de corrupción y "burocrazia". Uno de los aspectos que más llamó la atención es el materialismo, ya que tienen dos autos, todo tipo de aparatos en las casas, que generan "ciertas" seguridades mundanas, pero queda poco espacio para otros valores humanos, morales y cristianos.
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