Por Edgardo Peretti
Cada uno tiene su nono. O su nona. Y el que no lo tiene, lo pide prestado. Así decía mi querida Chocha Battaglino, cuando me ponía a compartir la leche y el pan mojado que le daba a su anciana madre, muy impedida, que comía al ritmo y en la cantidad de un bebé.
Como la vida sigue, un día se fue la nona y después la querida Chocha. La rueda de la biología es tan inexorable como, a veces, cruel.
Me puse a pensar en estos recuerdos una mañana de sábado cuando entré a una venta de pastas en el barrio Antártida, y en un lugar destacado estaba la fotografía de un hombre mayor que – de movida- me pareció conocido: “Es mi abuelo”, me dijo el joven dueño. “El nono Doménico”.
Y allí lo ubiqué al nono, con su sombrero y su mirada de cien batallas ante la vida; ganadas y perdidas, como debe ser. El hombre era Domingo Possetto, para muchos en el barrio Don Possetto, así, a secas. El hombre que siempre andaba con una pala, con voluntad y su sombrero en uso, para que el duro sol del verano no se llevara sus ganas. Los lentes de grueso marco, el bigote blanco.
Siempre que había una duda, estaba don Possetto. El plantaba, cortaba y aconsejaba. Una cierta mañana de los ochenta golpeó el llamador en mi casa de la cortada Alberdi y me propuso plantar un árbol frente a mi casa. Dudé un instante, ya que la calzada era estrecha y había otros, pero me convenció y al día siguiente se apareció con un retoño de roble, el cual se encargó de cuidar y guiar durante mucho tiempo hasta que el árbol se hizo grande.
Siempre se lo agradecí. Y ahora, que lo veo, allí, en un recuerdo familiar de alto consumo en cariño, se me ocurrió recurrir a mi memoria para recordar a todos los nonos.
Es muy probable – muy- que ellos no estuviesen lejos de la edad que yo mismo expongo ahora, pero tampoco se puede obviar que eran unos viejitos tan laburadores como dedicados a honrar la vida. ¿Cómo? Viviendo.
Me imagino el cuidado que este hombre tenía para con sus herramientas. Que deben haber sido pocas, pero serviciales. Porque esos nonos hacían de todo: quinta, carpintería artesanal, electricidad, pintura, albañilería; en muchos casos partiendo de una mezcla de necesidad y audacia.
A mi abuelo Andrés Radyk (polaco y porfiado) se le podía caer la pared pero jamás se aflojaba el clavo de tanta precaución que tomaba.
El tío José Battaglino tenía en el fondo de su casa (Ayacucho 670, setenta metros de fondo, santuario de mi infancia), dos gallineros, plantas de limón, naranjas, toronja (o sea, naranja amarga), mandarinas, níspero, pomelo y bergamotas, agregado a almácigos de lechuga, achicoria, zanahorias y todo lo que la estación demandaba.
A un costado, se semi-enterraban botellas de litro con saldos de vino carlón, con especies, que luego de hervir dos veranos y congelarse otros tantos inviernos, se convertía en un vinagre amigo.
Espeso, eso sí.
En el ejercicio de la memoria, me reclama la curiosidad que despertaba en mis ojos jóvenes la cantidad de frascos de vidrio que el otro nono Andrés (Bartolo) Juan Peretti desplegaba en su galponcito, templo y santuario del hombre de la casa donde la nona acudía con mates, con voto, pero sin voz, aunque el tiempo demostró que la que mandaba era la señora, aunque en silencio y en privado.
Volviendo a los frascos, allí se podía encontrar clavos torcidos (en algún momento enderezados en una paciente labor de bigornia (o riel) y masa, herraduras (algunas se colgaban en el ingreso al sitio como augurio de buena suerte), tornillos, tuercas, arandelas y cosas por el estilo. Había todo; nunca supe para qué, porque cuando el “pare” (N. del autor: padre grande o abuelo, en piemontés) partía, habitualmente, todo se tiraba a la…al desecho, por decirlo con corrección.
Igual, no puedo quejarme. Pude rescatar catorce (sí, 14!!!) pinzas “pico de loro”, de las cuales diez estaban zafadas, tres oxidadas y una no servía. Fue una herencia, al fin y al cabo.
Seguramente, y esto no falla, cuando esta evocación vea la luz, muchos tendrán sus historias para contar . Y serán válidas. ¿Quién no ha tenido un nono, aunque sea prestado?
Todos estos tipos fueron robles de la vida. Crecieron, dejaron huella y un día se fueron. Como Don Possetto, a quien me hubiese gustado despedir. Pude hacerlo ahora, con su foto como evocación, cuando el roble que le plantó en la puerta de mi casa ya no está, pero sigue presente en ese bisnieto que me sonríe mientras acaricia la panza de su mamá que atesora un nuevo retoño.
Sí. La vida sigue en cada instante que respiramos. Afortunadamente.
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