Por REDACCION
En el encuentro de reflexión y debate, realizado el sábado último en el Colegio San José de Rafaela, el doctor Rodolfo Zehnder hizo una introducción sobre la exhortación Evangelii Gaudium de Francisco. A continuación se transcriben las partes más importantes:
* El tiempo es superior al espacio. Nos habla el Papa de la tensión que se establece ente la plenitud y el límite. Plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento como expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Vivimos en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía. Esto significa que debemos aprender a trabajar a largo plazo sin obsesionarnos por la obtención de resultados inmediatos. Uno de los pecados de la actividad sociopolítica-económica es privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente; es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. Se trata de privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad, hasta que fructifiquen más adelante. Se trata de “construir pueblo”, más que pretender resultados inmediatos que produzcan rédito político fácil y efímero. La evangelización requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo, sabiendo que con el tiempo se comprenderán las cosas.
Este principio se relaciona con la economía y la política. La economía privilegia el momento y pierde de vista el horizonte: se talan árboles, se desmantelan bosques y selvas, se desertifican suelos, sólo para obtener una ventaja inmediata hipotecando el futuro. Se plantea aquí el problema del desarrollo sustentable, aquel que no hipoteca el futuro. Se recurre al asistencialismo, como respuesta inmediata, pero se lo prolonga indefinidamente y se lo convierte en un fin en sí mismo, quizá pensando en un rédito electoral. Se pierde de vista el horizonte: crear fuentes de trabajo genuinas, duraderas, estables, dignas. Se echa mano a recursos inmediatos, buscando lograr objetivos en forma inmediata, pero se carece de la mirada hacia el horizonte, hacia un modelo de país al que es lícito pretender llegar. Así, el árbol tapa el bosque; lo urgente prevalece sobre lo necesario.
Vivimos en una época de vigencia del economicismo, o sobrevaloración de lo económico, con su secuela de sofocación de los ideales superiores, embotamiento para percibir las carencias de los necesitados, abuso de la libertad, uso irracional de la naturaleza, inequidad en la distribución de los bienes, abuso de poder, desigualdades y desequilibrios crecientes (Juan Pablo II). El homo economicus se ha montado sobre el homo sapiens; lo económico es el único o final criterio de discernimiento, incluso en las opciones políticas.
* La unidad prevalece sobre el conflicto. El conflicto no puede ser ignorado, sino que debe ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad. Existen dos frecuentes actitudes frente al conflicto: seguir adelante como si nada pasara o entrar de tal manera en él que quedamos prisioneros; cuando lo más correcto es sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso.
Hay que desarrollar una comunión en las diferencias, asumirlas pero encontrarnos en una síntesis superadora. La solidaridad implica que los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida.
Cristo unificó todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad. La señal de esta unidad y reconciliación es la paz. Cristo es nuestra paz, una paz posible porque el Señor ha vencido a la conflictividad permanente del mundo, reconciliando al hombre con los demás, con Dios, con la naturaleza y consigo mismo. No se trata de una paz “negociada”, sino que la unidad del espíritu armoniza todas las diversidades, supera cualquier conflicto en una nueva síntesis. La diversidad es bella cuando acepta la reconciliación.
Esto se relaciona directamente con la historia y la psicología. ¿Somos una unidad como argentinos? ¿La economía y la política son funcionales a esta unidad, o en realidad profundizan las diferencias económico-sociales? ¿Nos sentimos nación? ¿Somos una “diversidad reconciliada” con nuestro pasado, con nuestro presente?
No podemos dejar de recordar el espíritu cristiano de nuestra cultura, por más que se la quiera ahogar con medidas laicistas y secularizantes, a partir de ideologías liberales y materialistas. No podemos tampoco ocultar las divisiones maniqueas que sesgaron nuestro pasado y también y todavía advertimos hoy, en una incomprensible división entre justos y réprobos que desafía el sentido común y el espíritu de diálogo, y atenta contra la legítima pretensión de una síntesis de unidad que -sin convertirnos en discípulos de Hegel- supera las tesis y antítesis porque se orienta a un norte común a manera de síntesis: la construcción de un país con mayores esferas de justicia y plena vigencia de todos los derechos humanos, partiendo del principal y casi absoluto derecho a la vida digna.
Nación es una comunidad de personas vinculadas por elementos culturales comunes, reunidos por una similar concepción del mundo y escala o núcleo de valores, que se traducen en actitudes, costumbres e instituciones comunes. Ello no implica una identidad uniforme. La cultura de un pueblo está condicionada por la evolución histórica, lo cual torna imposible pensar la identidad nacional como algo estático: por ser histórica, la cultura es una realidad dinámica susceptible de transformaciones.
Recordemos que somos una unidad psico-física de materia y espíritu. Ni ángeles ni animales, como ya enseñara Aristóteles. La psicología: ¿tiene en cuenta esa unidad, la dimensión espiritual, o reduce al hombre a un psicologismo confundiendo la salud del alma con el bienestar emotivo? El Derecho, la política, la economía y nuestra práctica cotidiana: ¿respetan los fundamentos de la dignidad de la persona?
* La realidad es mas importante que la idea. Mientras que la realidad es, la idea es una elaboración o elucubración mental que trata de describirla y/o de explicarla, con el sesgo propio de cada uno o de determinada ideología. Y en esa elucubración mental puede correrse el riesgo de apartarse de la realidad y terminar construyendo un castillo de naipes sobre bases inexistentes. Como dice Francisco, es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma al estilo de esta escuela de la antigua Grecia. Existen diversas formas de ocultar la realidad, que habría que tratar de evitar: los purismos evangélicos; los totalitarismos de lo relativo; los nominalismos declaracionistas; los proyectos más formales que reales; los fundamentalismos a-históricos; los eticismos sin bondad; los intelectualismos sin sabiduría. Los idealismos y nominalismos clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por la razón y por la fe. De otro modo se manipula la verdad. A veces se reduce la política a la retórica, a las declaraciones vacías de contenido, como un maquillaje de cosmética. Y a veces se importa desde afuera una racionalidad ajena a la cultura propia, en aras de un universalismo uniformante.
La realidad es superior a la idea y de esto los cristianos deberíamos poder dar testimonio, en tanto la Palabra se ha encarnado y puesto en práctica. Y no llevar a la práctica la Palabra es edificar sobre arena y conduce a un intimismo religioso que suele no dar fruto.
Hay sistemas político-económicos descolgados de la realidad, ideologías ajenas a la realidad cultural de determinado pueblo. Hay tensiones sociales in crescendo, entre los que tienen y los más desposeídos, entre los gobernantes y gobernados, entre operadores judiciales y justiciables, entre valores y disvalores, entre moral individual, del consenso y objetiva. Hay posturas pseudo “progresistas”, absolutización de la voluntad individual, relativismo secularista y secularizante.
* El todo es superior a la parte. El Papa plantea aquí la tensión entre globalización y localización, lo que se ha dado en llamar “glocalización”. Se trata de prestar atención a lo global para no caer en mezquindades cotidianas, pero no perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Se trata de no caer en los extremos. Por un lado, vivir un universalismo abstracto; por el otro, convertirnos en ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y el distante y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de nuestros propios estrechos límites.
El todo es más que la mera suma de las partes. No hay que obsesionarse por cuestiones limitadas y particulares, sino ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos: el bien común, nacional e internacional. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Trabajar en lo pequeño, lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Conservar nuestra peculiaridad pero integrar una comunidad, lo cual no nos anulará sino que recibiremos nuevos estímulos para nuestro propio desarrollo. Lo particular y familiar, sí; pero también la ciudad, la región, la nación. “Ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza”.
Esto remite a la totalidad e integralidad del Evangelio, cuya riqueza incorpora a todos. La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus hijos. Alegría del Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y luz que brilla en lo alto iluminando todos los pueblos. El Evangelio no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunde y sane todas las dimensiones del hombre. En esta tierra de inmigrantes: ¿estamos preparados para ver al otro, al distinto, al migrante, como sujeto de derechos y poseedor también de una riqueza que nos puede enriquecer? ¿O lo visualizamos como un adversario que nos disputa espacios? Con qué dolor asistimos a expresiones y conductas discriminatorias, renegadora de nuestros orígenes y fomentadoras de la conflictividad social.
Al hablar de un todo no lo hacemos en el sentido marxista o fascista colectivista, con un súper-Estado que ahoga a la persona. Pero tampoco reivindicamos un individualismo acérrimo que no tiene en cuenta el conjunto, ni el bien común, ni las diferencias de oportunidades, y en donde la libertad para los más desposeídos es una ficción, cuando no una causa de las desigualdades inicuas.
Si el todo es superior a la parte, debemos reflexionar sobre el bien común, razón de ser de la comunidad política y deber que incumbe a todos. Decimos con Maritain que el criterio para definirlo es la persona misma, su propia realización integral, porque no apunta al bien de la sociedad en sí en cuanto tal, del todo social, sino el de cada uno de sus miembros. No es la mera existencia de bienes exteriores y objetivos, sino la posibilidad de tener acceso a dichos bienes, por lo que implica un elemento organizativo, un ordenamiento de la sociedad que permita efectivamente el disfrute de dichos bienes por parte de todos. Es la medida de la eticidad de toda forma política, de toda ley. Tiene un eminente carácter histórico y dinámico; por lo que necesita ser reformulado por la comunidad, sobre todo en cuanto implica una escala de valores a la que los miembros de la comunidad nacional aspiran y se comprometen a realizar en común. ¿Estamos trabajando para el bien común?
Valga una referencia a la empresa, agente importante para el bien común, que también se justifica en tanto y en cuanto propende a ese bien común, en tanto y en cuanto vuelca a la sociedad, de la cual se nutre, el fruto de su esfuerzo. La empresa es un conjunto organizado de hombres y de medios económicos, por lo que es de naturaleza mixta, conformando una dualidad compleja, pero se trata sobre todo de una creación humana. El hombre es el origen, el principio de su dinamismo, y su fin. Es una obra del hombre para el hombre. Por lo tanto, participa de los caracteres esenciales de la persona: debe ser racional, inteligente, libre y moral; con sus distintas dimensiones: humana, económica, social, técnica, organizativa y ética.
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