Por Edgardo Peretti
Las cosas suceden. El tiempo pasa; inexorable, variado de ánimos y de espejismos que devuelven imágenes que terminan convirtiéndose en figuras difusas de un ciclo que acepta muchos matices, pero que –vaya novedad- siempre será inolvidable: la niñez.
En ese avatar de derrapes por las colinas de las cosas lejanas andaba mi alma cuando descubro por las noticias que en estos días cumplía medio siglo de vida el pegamento conocido como “Voligoma”. Uno, que es anterior, inclusive, a la no menos mítica “Plasticola”, recuerda que esos objetivos – por aquellos tiempos de los sesenta- estaban reservado a un elemento llamado “pasta”. Este cumplía, no sin esfuerzo, el mismo objetivo, aunque terminaba siendo un producto que se ponía duro antes de usarlo, no pegaba un comino - por si esto fuese poco- terminaba manchando el guardapolvo.
No será necesario (para nuestra generación) traer a colación las consecuencias de esta situación en la vida familiar. Todos tuvimos madres que estaban adelantadas a los tiempo: el sopapo correctivo era de manual y el “coscorrón” activo elemento disuasivo, siempre acompañado por la convicente “chancleta”; si esto no funcionaba, papá apelaba al discurso educativo por excelencia con un par de acciones: el inolvidable cinto. Se trabajaba mucho en la prevención, hay que decirlo.
Por estas y otras razones, los niños apelábamos al siempre leal engrudo, que no era otra cosa que harina mezclada y aplicada en estado de humedad sobre los papeles que queríamos unir. Esto ya se había probado con creces en la confección de barriletes, donde el papel de diario era el mejor, el más accesible (gratis) y maleable material básico, el otro era la caña.
¿A qué viene esto? Cuando el suscripto cursaba el Primer grado Superior, turno tarde, “B” de la escuela Manuel Belgrano, la maestra de manualidades aportó como labor armar las casitas del barrio a partir de una hoja simple impresa en el viejo mimeógrafo a base de “Cola de pescado” (si tenés menos de 50, ni preguntes, no vas a entender), que serviría – una vez aplicada a un cartón, y recortada- como el troquelado base para armar una casita, cuya chimenea era la ranura de acceso a la alcancía.
En esa época (ignoro la actualidad) el tema del año escolar era el barrio, como en el año anterior había sido la familia y en segundo (luego 3ero.), la ciudad, etc.
Como no podía ser de otra manera, la tarea de pegar fue una aventura sin rumbo: la pasta era una porquería. Pero las maestras (a quienes se escuchaba, incluso los padres) propusieron trabajar con engrudo, siendo el papá de Tato Perna (que era panadero) quien aportó la harina.
La pegatina fue una fiesta. Alguien dijo que su casa era más grande porque tenía pieza y cocina y allí solo había una pieza (hoy diríamos “monoambiente”); otro preguntó por el excusado (sin respuesta docente, de eso no se hablaba) y el más pícaro de la clase advirtió que para poder meter las monedas por la chimenea habría que usar las de 5 pesos (las del barquito!!), porque las de 1 peso (gordas y grandotas) no entraban. Tuvo razón, pero la portera Pepa solucionó la cuestión monetaria con un certero tajo, apenas sutil, en el techo. La muestra (que exhibe el documento gráfico original) se hacía en una mesa cubierta de arena, aunque no recuerdo si la compartíamos con los del turno mañana o había una para cada uno.
¡Cuánta alegría! Como la fiesta era completa (y todos éramos hijos de laburantes) por eso la directora convocó al fotógrafo, un señor que tenía “Foto Aldo”, con estudio en calle Pueyrredón. Peinados, etiquetados y advertidos con la mirada dulce de Coca Fruttero, más la presencia de la señora de Colombo (vicedirectora) y la señora Zulma Ponce.
Como advierto que los tiempos de cierto tipo de nostalgia deben tener un fin y estoy cerrando un capítulo propio, apelé a mi memoria para evocar a mis compañeritos de entonces, hoy adultos, con la mención de sus nombres: es mi homenaje a quienes crecieron conmigo (perdón si hay errores u olvidos):
Arriba (en el banco de la cocina prestado al efecto): Raúl Sterren, Viviana Beltramino, Norma Osterttag, Silvia Enrico, Mónica Figueroa, Analía Schereter, Lidia Fercodini, Carlos Bainotti, Luis Coria, Raúl Novara, Aníbal Moruzze y Horacio Boidi.
Abajo (paraditos y (algunos) serios): Amílcar Mugna, Rosa Werlen, Mirta Molina, Belkys Tilatti, Susana Alí, Beatriz Ravetto, Norma Arguello, EDP, Flavio (perdón hermanito por no recordar tu apellido, tengo más de 61), Roberto Lanzetti, Raúl Hoyos, Raúl Cejas, Roberto Perna, Susana Burgos, Jorge Baroni, Silvia Pollini, Graciela Coletti y Adriana Aversa.
Gracias, queridos amigos. Hoy el barrio de las casitas de engrudo vuelve a evocarse; con el mismo cartón pintado, con el mismo corazón y alma. Faltan algunos, pero desde algún lugar se divierten con este recuerdo; y muchos ya no tendrán a mamá que los rete por ensuciar el guardapolvo o al viejo con el cinto dispuesto. El tiempo se ha llevado muchas cosas.
¿Alguien habrá guardado la casita?
(A la querida memoria de Jorge “Tati” Baroni)
edgardodanielperetti@gmail.com
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