Por REDACCION
Con el objetivo de abrir un espacio de transmisión de la práctica analítica, el próximo viernes a partir de las 15 en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) Sede Rafaela se realizará un curso de actualización que estará a cargo de las psicoanalistas María Jorgelina De Azcuénaga e Ileana Rivarosa. "El dispositivo analítico, cómo pensamos la clínica" es el título de esta propuesta destinada principalmente para profesionales, egresados y estudiantes de la carrera de Psicología, y para la cual se pueden solicitar informes o inscribirse en UCES Centro (Bv. Santa Fe 462) o al teléfono 03492-502208.
Desde un inicio el psicoanálisis se diferencia radicalmente de otras terapéuticas que, apoyadas en el discurso científico, se limitan a describir, observar, clasificar, experimentar y concluir estadísticamente, para todos igual. Desde esta perspectiva no se toma en cuenta la particularidad para hacer emerger al sujeto mortificado por su síntoma.
El malestar de un sujeto y la clínica nos llevan a plantearnos siempre al síntoma en el centro de toda nuestra práctica, concebiéndolo como lo más propio del sujeto. La pregunta es: ¿Cómo operar sobre la realidad psíquica para producir un cambio?.
El psicoanálisis ubica el movimiento del psiquismo en el inconsciente. El analista, atento al discurso, toma en cuenta las formaciones del inconsciente, los lapsus, los equívocos, los sueños, esas manifestaciones extraordinarias del inconsciente que hay que saber atrapar.
Si frente al sufrimiento de un paciente quien lo escucha postula: "yo sé lo que tienes, sé lo que te falta, sé lo que necesitas", entonces se cierra la puerta al análisis, en cambio, si se rechaza esta postura, se abre la dimensión propiamente analítica del discurso. El analista se posiciona desde un lugar de no saber y por eso el sujeto debe hablar. No prejuzga lo que le hace falta al paciente. Es la vía por la que el sujeto debe transitar para encontrar el deseo que lo causa de manera singular.
No se trata de adaptar al sujeto a una realidad que no es más que su manera de acomodarse en la vida, ni de restituir en el paciente un modo de disfrutar y regular la vida porque nadie guarda los secretos de La Felicidad; pretenderlo sería una farsa. El analista no es tampoco el representante del principio de realidad; está allí para que la realidad psíquica -que es la que cuenta cuando se trata de la subjetividad- se presente y se represente.
El analista no tiene una respuesta previa y no puede estar tomado por prejuicios, ser agente de algún discurso establecido, ni estar al servicio de otra finalidad diferente a la operación analítica.
Si bien el psicoanálisis comparte con algunas psicoterapias el uso de la palabra como instrumento en la cura, la diferencia no reside en la duración del tratamiento, en el uso del diván o de la asociación libre, el tiempo de la sesión, o en los diplomas de estudio de cursos en psicoanálisis. Lo que marca la separación con otras terapias de la palabra es la dirección de la cura, es decir, la manera como el analista dirige, no al paciente, sino el tratamiento, especialmente en relación a la transferencia, la interpretación y el deseo del psicoanalista.
La medicina y la psiquiatría consideran al síntoma como una anomalía que hay que eliminar. ¿Cuál es la política del psicoanálisis?
El psicoanálisis antes que erradicar el síntoma, busca esclarecer su función. Toma en consideración al síntoma como una respuesta que el sujeto ha encontrado para hacer frente a lo real de la vida. Deviene singular para él, radicalmente único y es algo que habla, a descifrar. Por ello la dirección de la cura implica el caso por caso, la singularidad de cada sujeto.
Eso que el paciente relata como algo fuera de lugar y que provoca sufrimiento, pasa de ser considerado una enfermedad a ser una buena oportunidad para que el sujeto advierta y pueda lograr lo que Lacan definió como un “saber hacer con el”.
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