Por Edgardo Peretti
Ricardo Stampanone tiene 66 años. Cuando a los 15 ingresó como cadete a la Librería “El Saber”, allá a mediados de la década del sesenta, seguramente que jamás imaginaría que pasaría su vida entre libros y que una experiencia juvenil como un equipo de barrio, inspiraría al autor de esta nota para escribir un cuento, medio siglo después, ambientado y modelado en el ámbito del fútbol, el campito y el barrio.
El equipo se llamaba Juventus, aunque en lugar de la casaca a rayas verticales negra y blanca de la “Vecchia Signora”, utilizaba una con bastones verticales más finos negros y azules, la del Inter de Milán. Nadie reparó en el detalle en ese momento, la información no era mucha y el club era italiano. Punto.
Las camisetas (de riguroso piqué, moda de la época) fueron adquiridas con esfuerzo –y a crédito, obviamente- al inolvidable René Giussani, en su “Casa del deportista” de calle Alem al cien y portaban el número blanco.
El campito era el ámbito deportivo, la cancha, el field (SIC). Supo ser escenario de las correrías futboleras de quien esto escribe y de varias generaciones (antes y después), se ubicaba sobre calle José Hernández al 600, con salida por Almafuerte, y con entradas directas desde las casas de calle Ayacucho, que contaban con lotes de setenta metros; allí se accedía desde las casas de los Battaglino, los Gutiérrez, los Rubiolo, los Marconetti y los Pater. Lo que se dice, un camino de la casa a la diversión. Ese predio, símbolo de muchos tenía una particularidad: jamás tuvo arcos; de ningún material o tamaño. Las metas se armaban a criterio (y cantidad) de los participantes con ladrillos, latas, algún pulóver o bosta de caballo (seca, se aclara).
El equipo de todos
El equipo en sí salía al campo con Eloy Minuet; Oscar Gutiérrez, Luis Minuet , Ricardo Stmpanone y Miguel Rubiolo, Jorge Maina, Arduino Pagliaroli y Mainda; Elvio Meyer, Jorge Gaggi y Julio Funes. Alternaban en el conjunto Carlitos Coria, Raúl Gutiérrez, Gino Pagliaroli y Hugo Baravalle, este último injustamente al margen de la documentación histórica ya que sacaba las fotos. Hacemos justicia de aquí a su esfuerzo.
El ayudante era Roberto Carignano y la mascota Oscar Cabana y su existencia se ubica temporalmente entre 1965 y 1969, dejando huella en sus actuaciones, sobre las cuales no hay estadísticas ciertas, aunque se sabe que, ante la falta de cancha adecuada hacía de local en las de Deportivo Cristal (Av. Brasil y Gral. Paz), de la empresa Grossi, en Villa Dominga y en Peñarol, aunque aquí los domingos a la mañana.
Nuestra fuente confirma el sello distintivo de la agrupación que fueron sus presentaciones fuera de la ciudad, sea en zonas rurales como Colonia San Miguel (cerca de la capilla San Chiafredo) o viajes a Mariano Saavedra, donde se transportaban en el tren “Estrella del Norte”.
A las letras
El cuento/relato “Después de la típica, antes de Los Iracundos” fue escrito en 2009 (se puede acceder al mismo en www.edgardoperettirafaela.blogspot.es) y cuenta la historia de un amor entre Tito y Rosita, quienes se conocieron en los bailes del “9” en un intervalo entre una actuación y otra (de ahí el título), aunque se encandilaron (bueno, algo así) en un partido disputado ante el equipo de Grossi (donde militaba Tito) y otro que bien podría haber sido la Juventus, aunque el autor no lo confirma nunca.
La ficción literaria de la obra, aunque en el barrio dicen que fue real y hasta tiene nombres y apellidos (estas cosas nunca prescriben), destaca la actuación en el equipo local (que ahora vemos que nunca jugaba oficialmente en sus dominios) del arquero Juan Carlos Elsener, “Patita”, que aquí no aparece en los créditos. “Patita” era admirador del “Tano” Antonio Roma, hincha de Boca y locutor de los bailes del Boca local. Se fue muy joven.
Fin de época
Los testimonios de quienes fueron sus protagonistas dan cuenta de la existencia de este equipo que no fue otra cosa que un emprendimiento de pasión juvenil a partir del fútbol que era una de las alternativas que exponía una época que no estaba contaminada por tecnologías esclavizantes, sino lirismos propios de un tiempo donde el fútbol era la vida y a nadie le importaba dejar de palo de arco un montón de bosta de caballo (seca).
Mientras tanto, de la historia de Tito y Rosita se seguirá hablando. Quizás ya sean abuelos o hayan partido, ¿quién sabe? Alguien me dijo que una vez ella leyó el cuento, que se lo acercaron, pero que no hizo comentarios, que se reservó opinión, aunque dejó lágrima. Dicen. En ese transcurrir, la vieja camiseta número “5” del Juventus prestará su imagen al paso de la nostalgia, de las letras o de la vieja y querida vida que aún tenemos.
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