Por Fiorella Martina
El Festival de Teatro de Rafaela tiene en cada jornada propuestas diversas y para todos los gustos. Es por eso que se vuele divertido (al menos hoy, para mí) intentar hacer un cruce de ideas que ilustre lo vivido.
A las 19:00, en el Centro Recreativo Metropolitano La Estación, se llevó a cabo Hacemos santitos, producto del Laboratorio de Dramaturgia, dirigido por Santiago Loza. Al entrar a la sala había una mesa larga, con dos tribunas enfrentadas en donde el público se sentó para ver, pero mejor, para escuchar. Alrededor de la mesa se armó un “fogón” resistente al frío, al invierno, con un calor que se resguardó durante la hora y algunos minutos que esta puesta tuvo de duración.
Digo puesta, pero también podría ser muestra. Así lo mencionó su director, quien pidió a su vez no aplaudir, un pedido difícil pero que se concretó sin problemas. No había que aplaudir, había que respetar los silencios, las pausas, aquello que sucedía en la mesa y solo en la mesa. Una mesa llena de textos, de recuerdos y de tesoros, reliquias. Los artistas locales Agustina Crespin, Alejandra Raccuia, Antonela Imhoff, Elisabet Gareis, Erica Martino, Estefanía Lazarte, Josefina Pecile, Lucia Ana Morra, María Beatriz Acosta, María Eugenia Marzioni, Maria Eugenia Meyer, Santiago Alassia, Santiago Sequeira y Silvina Ambrogi expusieron sus historias, aquellos recuerdos olvidados y recuperados, la odisea de poner en palabras a personas, animales, a sus muertos. La escritura acá evoca al recuerdo para conformar uno colectivo, uno más grande, uno con el que más de uno se identificó, o llegó a esbozar una sonrisa. El gesto de intentar colarse en rituales ajenos, buscar aquella parte ínfima que puede trasladarnos al pasado, a una imagen. Abuelos, bisabuelos, mascotas, padres, madres aparecían figurados, simbólicos, en escenas, en textos breves pero contundentes. Había quienes usaban el humor, el sarcasmo, otros que dibujaban también su historia reconstruida a partir de aquellos que ya no están, o que sí, ahí, otra vez, en la mesa. Para terminar, se tiró sal al fuego, en un ritual de cierre que conmovió y que fue también apertura y regreso.
Ya a la noche, La casa de Bernarda Alba reunió a muchos en La Fenice, la mítica sala de la Sociedad Italiana, allí donde comenzó todo. Escrita en 1936, por Federico García Lorca, sigue vigente esta vez de la mano de Marcelo Allasino, quien entendió siempre, todo. Acá estamos en la casa de Bernarda, vivimos rodeados de esas miles de puertas que llevan a los mismos lugares. El público es capaz de sentir el encierro, de escuchar ese “afuera” que no es, y ese interior agobiante, asfixiante. Somos parte de esa casa habitada por mujeres vestidas de negro, que sostienen el ritual del luto exigido, de los rezos y los pensamientos malos reprimidos. Rosana Bertoldi es Bernarda, esa mujer autoritaria que asocia su maternidad con la autoridad y la violencia. Rosana hace un papel exigente, pero cumple el desafío con una fuerza voraz, que sale desde lo profundo y busca pegarse a las paredes de aquella escena intimidante.
Marcela Bailetti es Poncia, y destaca por su mirada al detalle, por esa lengua venenosa que solo sabe decir verdades, con una actuación destacada y monólogos brillantes. Las hijas son quienes hacen que la casa se desordene por completo, con sus deseos a flor de piel, sus ganas de ser, de vivir, de experimentar y salir. La abuela, con una decisión drástica y muy bien ejecutada de ser interpretada por Marcelo Gieco, muestra la locura, la de todas, la de ella que vive el encierro del encierro. La tragedia, en este marco, vibra desde el principio, se ve venir.
Lo que en principio eran dos propuestas muy diferentes entre sí terminó deviniendo en repensar los rituales. ¿De qué están hechos? Si en Lorca el rito del luto ordena, disciplina y asfixia, en los textos del laboratorio el acto de recordar funciona como una ceremonia íntima que devuelve, aunque sea por un instante y en modo de santos, la presencia de quienes ya no están. Motivaciones distintas, sensaciones únicas y un festival que es ritual, que es pregunta, que abre capas de universos e invita a abrirse, por qué no, a aquello que quizás, en un futuro, se vuelva tradición.