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Información General Lunes 26 de Diciembre de 2016

El Victoria (Hotel, Bar, Restaurante)

AQUELLA RAFAELA

Oscar Pautasso

Por Oscar Pautasso

Cómo lo recordarán aquellos que, como yo, peinan algunas “canas”.

Era la década del ‘50 o ‘60, cuando este bar estaba en pleno apogeo. Hotel - Bar y Restaurante, decía con grandes letras doradas en ambas vidrieras. Se ubicaba entre la vieja Farmacia “Roulet” y la Optica Lencioni, frente a Totem, donde en esos tiempos estaban los “famosos” billares de “Denegri”. Templo de toda la “vagancia”, ahí estaban “casi” todos los jugadores de fútbol, de basquet, ciclistas, pero sobre todo “tuercas”, allí se daban cita los más destacados del deporte motor, motociclistas, automovilistas, era el punto obligado de reunión, tomaban su café, discutían, había apuestas, timbas, de todo. Yo, con mis escasos 14 años, los miraba desde afuera, era menor y los menores no podían entrar hasta los 18...

Como dice el tango “La ñata contra el vidrio”... allí conocí a los “grandes” de aquella época, “El Tacherito” Gilli, con su monito en su hombro y en su remera la marca de la moto que tantos triunfos le brindó, “Ducati” ¿se acuerdan? Los hermanos Romitelli, Ternengo, Fanto, Almeida, Nocete, Abate Daga, el “Petiso” Catera, Epifanio Sánchez, el “Loco” Albani, el “Petiso” Avalis, Kuriger, “El Alemán”, Sen y Duilio Biganzoli y tantos, tantos otros. El “Loco” Pater, el “Tuerto”, Qairolo, Fassi, Orgnero, Pedro Sánchez, aquel “gran” guardavallas de Atlético que una vez atajó un penal y fue a buscar la gorra dentro del arco. ¡Qué tiempos!, había otros que no eran deportistas pero la hacían “trapo” en las mesitas de paño verde. Era como mi viejo me decía “En el Victoria está lo más ‘granado’ de la muchachada de Rafaela”.

Raro caso donde todos, aunque en distintas “disciplinas”, se reunían diariamente, acumulando, con el correr del tiempo, “jugosas” anécdotas. Trataré de rescatar algunas que recuerdo.

Los dueños del negocio eran unos señores de apellido Santi y el otro socio Delbino, aquel recordado dirigente del Club 9 de Julio, durante tantos años. El Sr. Delbino era muy serio pero cuando estaba de turno Santi, ahí empezaba “la joda”. Era un tipo simpático, gordito, petiso, tenía por costumbre, cuando le pedían una botella de vino, de gritarle al empleado, el Negro Cairolo, “marche una de San Felipe, blanco”, y con una mano llevaba la bandeja con las copas y, con la otra, lanzaba la botella por el aire, para volver a tomarla; era un verdadero malabarista, habilidad que le habían dado sus años en el oficio.

Hasta que una noche el “Loco” Pater le apagó la luz del salón; trató inútilmente de agarrarla, pero fue imposible, se hizo añicos contra el suelo. O cuando, si recuerdan aquel famoso aperitivo Fernet-Branca, tenía como propaganda una enorme botella, réplica de la original, que se colocaba donde se acomodaban las bebidas, detrás del mostrador; cómo hicieron no sé, pero colocaron agua dentro de la misma, con el tiempo el cartón se aflojó y una noche explotó, derramando agua por todos lados; el gordito y el empleado hechos “patos”, eran bromas medio “pesadas”.

Allí cenaban y luego dormían los grupos de radioteatro de la época, luego de sus funciones: Norberto Blessio, Alfonso Amigo, Jaime Kloner, Federico Fábregas, entre otros. “Palanganas” de lágrimas derramaban nuestras viejas junto al receptor. Actuaban, por lo general, en pueblos vecinos y una vez terminadas sus actuaciones, “aterrizaban” en el Victoria. Creo que una vez, Alfonso Amigo daba “El Lobizón, el 7º hijo varón”, la actriz que interpretaba el papel de bruja, profería un grito desgarrador en la obra. Una noche, todo el elenco se encontraba, cuando de pronto se escuchó el grito de la bruja, igual, igual, como ella lo hacía, era el “Tolo” Miretti, que detrás de una cortina la imitó a la perfección. La mujer, entre risas, comentaba, “lo hace mejor que yo”.

En otra oportunidad, la compañía de Norberto Blessio se encontraba actuando en San Vicente con la obra “Honrarás a tu madre” ¡casi nada! El “Tolo” Miretti escuchó por radio y sin pensarlo dos veces le habló a Santi, desde el teléfono que estaba ubicado al lado de Totem”. Colocó un pañuelo sobre el auricular simulando que hablaba desde larga distancia, discó, atendió el “gordito” y le dijo: “Hola” ¿con el bar Victoria?, “Sí”, dijo Santi; “le habla Norberto Blessio desde San Vicente”, imitando la voz recia del actor, “vamos a andar por Rafaela alrededor de la 1 de la mañana, prepáreme 30 milanesas con puré” y cortó. Eran las 3 de la mañana y el “viejo” Santi, con la rejilla sobre el hombro, caminaba frente al bar, mientras repetía solo, “nunca me fallaron, nunca...”. Cuentan que durante dos semanas, vos pedías un aperitivo y “¡zas!”, te traía un plato de milanesas de “prepo”, había que terminarlas...

En los corsos de Rafaela, ¡El “Victoria”, presente! Su carroza no era muy artística que digamos, una chata y, arriba de ella, la gran parrilla, en tanto le daban a las costillas, chorizos y el vino tinto, mientras el “Loco” Podio los llevaba con su tractor a pasear por toda la avenida. Jamás sacaron premio, pero los muchachos daban la nota. Los “remos” con vainillas, las “jardineras”, los billares en el café Denegri, todo aquello tan tradicional, que llenaba con tan poca cosa nuestra juventud que ya asomaba en sus albores. Hubo tantas anécdotas, pero sería imposible, el tiempo a veces un poco tirano, nos hace olvidar de todas esas preciosas vivencias. Pero todavía recuerdo una más. En muchas oportunidades llegaban de los pueblos vecinos parejas de recién casados, con su valija de cartón, atada con un cinto. La chica esperaba afuera, cansada, nerviosa, mientras el novio, bien peinado, a la “gomina”, preguntaba en el mostrador, “¿tiene una pieza para esta noche? Mañana nos despierta temprano, nos vamos a Paraná”. El gordito Santi, “zorro viejo”, lo miraba y enseguida se daba cuenta que estaban de Viaje de Bodas y gritaba, “preparen la 16”; pobres, la 16 tenía puerta con agujeritos, así que los muchachos se preparaban para el “Espinel”. Cosas de la época, bromas a veces “bravas”, pero era así, la gente trabajaba pero se divertía, con poca cosa a veces, pero se divertía.

Pasó el tiempo, me fui de Rafaela, volvía periódicamente, pero “el Victoria” había cerrado... uno de sus dueños había fallecido y el otro resolvió venderlo, pero su gente no se insertó más en otro lugar. Raro misterio, que un grupo de gente tan grande y unida no encontró otro lugar para sus reuniones. Como una obra de teatro, telón... Fin y chau. Hace un tiempo, me preguntaron: “Che, el Victoria cerró ¿no? Qué lástima, qué manga de buenos vagos que iban allí”, me dijo con nostalgia.

Una noche, hace poco, concurrí a esos corsos que ahora realizan, donde la gente va porque es gratis... pero nada más y rememorando los de antaño, acerté pasar por donde estaba “El Victoria”. Había un bar, pero era otra cosa, el nombre estaba escrito en inglés, con letras difusas. Ante el pedido de mis sobrinos entré, lo habían transformado, ya no estaban esas lustrosas mesas de madera, con sillas butacas, donde a lo mejor estuvieron alguna vez sentados Don Mario Vecchioli y Francisco Tosco, enredados en una partida de dominó. O a lo mejor, Don Remo Pignoni, con el “Chichín” Cetta, tomando un “cafecito” mientras soñaban con algún tango nuevo... No, eran otras sillas, otras mesas, otra gente, mientras una señora, en un pequeño mostrador, me preguntaba qué quería, “1 porrón y 3 gaseosas” le contesto, mientras pedí permiso para pasar al baño. “Sí, pase por la cortina roja, ahí atrás está, no lo arreglamos total no se ve”, se disculpó, la miré y le dije “ya lo conozco”, traspuse la cortina roja y ahí me pareció ver al “Tolo” con sus gritos imitando a la bruja de la obra, o verlo a Abate Daga, volviendo triunfador de Paraná o a Pater o a Antonio Pesce. Era como si se hubiera detenido el tiempo, las paredes amarillas, las puertas marrones, todo estaba igual, un pedazo de historia de Rafaela, detrás de esa cortina, historia sin ruido, como el Boliche de Chiavassa o el de la “Vieja” Barsotti o el de los “Rafaelinos”, con su piso de madera y el olor inconfundible del ajenjo.

Levanté la mirada hacia el techo, me pareció ver al taxista Grenón, el del Chevrolet 31, que siempre nos decía estas glosas: “Como estaba fea la noche, Grenón se vino en coche” o la otra, “Qué Evita ni qué Perón, aquí hay un varón que se llama Juan Grenón” y para rematar aquella “Y aprovechando la ocasión Grenón se toma un porrón”. Creo que ni fui al baño, pasé por el mostrador, retiré mi pedido y antes de salir, pasé mi última mirada por el salón, ya nadie de los nuestros estaba... Apreté el paso y en la salida, mi sobrino “El Colorado” me increpó “cómo tardaste tanto...”, “había mucha gente”, le contesté. Nos marchamos. Entre la gente caminaba casi sin escuchar, casi ni me di cuenta que una nena me tiraba espuma en la camisa.

Este emocionado homenaje se lo brindo de todo corazón... a vos “Bar Victoria” y a toda la Barra del ayer...

Escrito en noviembre de 2002


 

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