Por Edith Michelotti (*)
En el año 2005 las empecé a conocer. Venían causando estragos desde muchos, muchos años atrás. Las llamaban “Hepatitis Virales Crónicas”.
Por entonces creí, como la mayoría de las personas, que tener hepatitis era ponerse amarillo, hacer pipí oscuro y popó casi blanca. Cuarenta días de té, caldo, reposo y finalizaba la historia.
¡Pero no! Esa era la hepatitis A, que no sólo tenía vacunas sino que ¡la mayoría de las veces se curaba sola!
Poco a poco fui comprendiendo que existían las otras, las malvadas, las que cuando no se curan, con el correr de los años llevan a la cirrosis, al cáncer, al transplante de hígado o a la despedida insoslayable.
Y lo hacían calladitas, calladitas, casi sin dar síntomas. ¿Bien perversas no?
Los profesionales que luchaban contra ellas les habían puesto nombres. Eran hepatitis B, C, D, E, con apodos agregados para distinguir los virus.
Y me pregunté: ¿Por qué nunca oí hablar de ellas? ¿Soy tan ignorante?
Lo mejor de algunas preguntas es encontrarles respuestas. Aunque no nos guste.
¡No sabía de qué se trataban las Hepatitis Virales Crónicas!
Y no me alegré, pero sí comprobé que aparte de los médicos, casi nadie conocía su existencia. Me interrogué: ¿por qué eran así las cosas? ¿quiénes eran responsables de tanto silencio? ¿por qué la población hablaba de enfermedades, de vacunas y no mencionaba las hepatitis?
Fue amargo comprender desde adentro del tratamiento para la hepatitis C, que existían dos silencios que potenciaban su perversidad.
Dos silencios, dos.
Uno, era el de la propia enfermedad, que cuando va a la cronicidad evoluciona casi sin dar síntomas. Esos preciados síntomas por los que siempre concurrimos a la consulta, buscando la cura.
Dos, era el silencio gubernamental por falta de verdaderas políticas de salud en materia de hepatitis. ¡No sólo en Argentina, no claro que no, en el mundo!
¡Por ello no eran populares las hepatitis!
Me comuniqué con Pinamar en la Provincia de Buenos Aires, con España, con Brasil, con Uruguay, con Canadá, y con gente linda de Rosario. Todos relacionados de una u otra manera con este flagelo y atónitos ante tanto silencio cómplice.
Habían iniciando una lucha para solucionarlo. Formaban Grupos de Ayuda, Fundaciones, Alianzas y ONGs elevando su clamor como podían. Me sumé.
En el año 2007, finalizado mi tratamiento, creamos en nuestra ciudad el grupo Hepatitis Rosario, bajo las indicaciones de HCV Sin Fronteras de Pinamar y con el invalorable apoyo del Profesor Dr. Hugo Enrique Tanno.
Sería cargoso enumerar todo lo que desde entonces venimos haciendo. Sólo les cuento que nuestro principal objetivo fue que la población se informara. Para prevenirse de las hepatitis, para vacunarse, o para tratarse antes de que fuera demasiado tarde.
Venimos venciendo uno de los dos silencios, el que podemos, claro.
Los argentinos presentamos un proyecto de Ley al Senado de la Nación, golpeamos sus puertas hasta el agotamiento. ¡Y nos respondieron! ¿Saben por qué? Porque de tanto insistir en el mundo, la 63ª Asamblea Mundial de la Salud, colocó las hepatitis por primera vez en su agenda en el año 2010. Desde allí impartieron órdenes a todos los gobiernos del mundo para que incluyeran a las Hepatitis Virales Crónicas en sus políticas de Salud.
¡Por fin! Las Hepatitis existían..
Dejó de ser silenciada la “mayor epidemia de la historia de la humanidad”.
¡550 millones de personas infectadas en el mundo y sólo el 2% lo sabe!
¡Una de cada 12 personas, tiene hepatitis B o C!
Después de recorrer un arduo camino en Argentina sólo logramos el Programa Nacional de Hepatitis, junto con el Sida y las ITS.
Es un comienzo.
Falta la Ley Nacional que sostenga un accionar imprescindible, que comience donde corresponde.
Los grupos de ayuda nos multiplicamos. En Argentina somos quince los que trabajamos activamente. No sólo sin fines de lucro, sino con el esfuerzo humano y económico de cada uno de sus integrantes.
¡También al Papa le pedimos en Brasil, que ore por los 550 millones de personas infectadas!
Mientras la Ley no se deroga, la población argentina debe concurrir masivamente a vacunarse, a informarse, a consultar, a exigirle a su médico la detección de la hepatitis silenciosa y malvada. Lograr su correcto diagnóstico y su posterior tratamiento si lo necesita. No sólo con las drogas conocidas sino también con las que se descubren permanentemente. Sino ¿a quiénes están destinados los avances científicos?
¡Y el Fibroscam, ese maravilloso aparato que no daña y que reemplaza la biopsia de hígado, debe estar en los efectores públicos! ¿No les parece?
Los grupos hacemos lo que podemos, pero no podemos estar en la piel de cada argentino.
Conocemos las hepatitis, las tenemos acorraladas, sólo resta que cada uno se anime a exigir sus derechos.
(*) Grupo Hepatitis Rosario.
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