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Información General Sábado 26 de Octubre de 2013

Experiencia única

MISIONES JESUITICAS Y GUARANIES

Amado Raspo

Por Amado Raspo

San Ignacio de Miní: (Extractado del Libro de Silvina Heguy). El sendero fresco y perfumado todavía termina frente a la fachada de uno de los templos más impresionantes de las reducciones, levantado por la Compañía de Jesús en América. La reducción permaneció devorada por la selva durante más de cien años. Su rescate es una de las tareas más cuidadas.

El espíritu de sus hacedores, los guaraníes, se mantuvo gracias a la terminación cultural que se produjo entre sus descendientes. En 1696 los guaraníes se establecieron a unos sesenta kilómetros de la ciudad de Posadas. En el sector, en el que actualmente se encuentran los restos de la reducción, abiertos al público, fueron declarados "Patrimonio Mundial por la Unesco". Iratí Brizuela, formó parte de esa comunidad "Mbya", Dios creó la tierra y nos creó todos los elementos necesarios para vivir en ella. También nos dio las reglas a seguir para utilizar estas cosas correctamente. Tradicionalmente no utilizábamos estas piedras para construir nuestras casas. Pero nuestros antepasados pidieron permiso al espíritu guardián de las piedras para levantar las misiones. Hoy en día las construcciones de San Ignacio Miní ya no ocupan este lugar, pero el espíritu protector continúa en el sitio. Estas piedras están vivas.

San Ignacio Miní fue una de las reducciones más espléndidas de la región, nada tenían que ver con los anteriores habitantes que guerreaban en la región del Paraná, allá por 1615. La vida diaria en San Ignacio comenzaba temprano, casi al amanecer sonaban los tamboriles para convocar a los chicos a rezar. Los encargados de que ninguno falte, eran guaraníes casados, quienes recorrían las calles cantando. Con este despertar los más chicos iban saliendo de sus casas; marchaban directamente hacia el pórtico de la Iglesia. De un lado los varones y del otro las chicas, rezaban oraciones en voz alta, mientras los sacerdotes lo hacían en silencio. Luego comenzaba la misa, al finalizar la ceremonia un grupo se encargaba de entregarle a cada uno de los asistentes una ración de yerba, que cada guaraní la bebía en su casa, y luego se dedicaban a las tareas que a cada uno correspondía. A la tarde rezaban el rosario y una vez terminado el cura les entregaba una porción de carne.

La economía de la reducción era autosuficiente en materia alimentaria. Hacia 1708, en San Ignacio había 33.000 vacas y 7.356 ovejas, de los talleres salían vajillas de cristal, prendas de algodón, sombreros, instrumentos musicales, etc.; todo fabricado por los guaraníes. En San Ignacio llegaron a vivir casi 6.000 guaraníes, aunque hubo picos de baja densidad, después de tremendas epidemias de sarampión o viruela.

Los guaraníes realizaron soberbias estampas, dibujos, grabados e imágenes, trabajaban la cerámica, y se aprecian ladrillos con huellas de los pies o de las manos de quienes los fabricaron. En fin es un placer leer este libro de "Misiones jesuíticas o guaraníes. Una experiencia única. Lo realmente lamentable fue que un monarca español, allá por 1768, ordenó la expulsión de los jesuitas de toda América. Para tener una idea de lo que habían logrado, es satisfactorio ver las obras dejadas en Alta Gracia; Santa Catalina, próximas a Ascochinga (ambas en la provincia de Córdoba), y desde luego lo que quedó de reducciones de la provincia de Misiones.

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