Por REDACCION
Por Ana Davicino. - Insistimos en que esta digitalización es una cuestión novedosa. Durante toda su historia la imagen requirió un soporte físico, material que la sustente: piedra, papel, cuero, tela. El lugar que ocupaba una imagen era único, dos imágenes no podían utilizar el mismo soporte sin que una borre a la otra o la interfiera, como sucede con los animales pintados en las cavernas a través de los años o los textos de los palimpsestos.
En cambio, la imagen digital puede ser vista en una pantalla de una computadora, cerrarse, reemplazarse por otra y nuevamente volver a ver la imagen original o imprimirla y pasarla a un formato físico o transmitirla a distancia o verla en múltiples terminales a la vez. La imagen digital supera la idea de espacio con su ubicuidad.
También, se puede editar, cambiar, recortar, separar, está constantemente en construcción. Así, incorpora, en su universo la noción de tiempo, no como movimiento (cine), sino como visualización y metamorfosis. La imagen digital es efímera, está en transformación permanente. Existe el tiempo que está en la pantalla, el tiempo en que no la modificamos.
La cuestión de la reproductibilidad de la obra que ha tenido un lugar importante a lo largo de la historia alcanza nuevas perspectivas. En “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica”, Walter Benjamin nos acercaba a algunas de estas cuestiones. Con él podemos pensar la relación entre al arte, la técnica y las categorías estéticas mediante las cuales se legitiman las obras y, fundamentalmente, como las nuevas formas de producción de imágenes que se consolidaban en su momento (fotografía y cine), cambiaron la configuración del lenguaje y la difusión de las obras.
Hoy, la tecnología digital permite la multiplicación de las imágenes y convivimos con objetos reproducidos de una manera impensable en los tiempos de Benjamin. La singularidad de la imagen, incluyendo la producción artística es algo de otro tiempo.
La existencia de las posibilidades de reproducción que dan los medios digitales ha agudizado la crisis de la ruptura aurática de la que hablaba Benjamin. Cuando hablamos de imagen digital, y me estoy limitando a la imagen digital fija para limitar y enfocar un poco el análisis en un tema amplio y complejo, la idea de obra singular desaparece. No es esto una situación nueva, sucede con los grabados desde tiempos antiguos y con la fotografía desde el siglo XIX. Lo que adquiere este fenómeno es una dimensión sin precedentes: la reproducción de un grabado o una fotografía tradicional o química tiene límites físicos que no parecen afectar a la imagen digital.
Nos enfrentamos a este terreno, aún amenazante, del fin de la singularidad, a esos límites oscuros, intentando crear barreras que nos mantengan en territorio conocido, limitar la tirada, mantener el culto por el original, es decir, utilizamos la tecnología en los procesos de producción, pero no la aceptamos en los de distribución y recepción, el museo, la galería, la feria sigue conteniendo arte y todo lo demás queda en un campo extra-artístico.
Esa postura teórica parte de una fragmentación, una ruptura, que tiene más que ver con nuestro temor ante el fenómeno en sí que con el fenómeno. Enfrentarnos a los monstruos asusta, las antiguas respuestas ya no bastan.
Aquí, tal vez, habría que reconocer que ese mundo de las imágenes, portadoras de sentido y significado cultural que tiene un desarrollo y una complejidad cada vez mayor, y del que, las imágenes artísticas forman parte, debe ser pensado desde perspectivas nuevas, integrando categorías existentes con otras en formación y sobre todo con la integración de múltiples áreas del saber y del pensamiento y que permitan dar cuenta de la fusión entre distintas disciplinas: dibujo, grabado, fotografía, música, literatura, integradas a través de las actuales tecnologías.
Sin querer profundizar en la cuestión ontológica, no podemos ignorar que la reproductibilidad digital, no es sólo la repetición de la obra, sino que produce una transformación del objeto que requiere de categorías o conceptos nuevos para comprenderlo.
En este complejo contexto, y los contextos siempre lo son, los marcos disciplinares que organizaron el estudio de las producciones artísticas en tiempos pasados, son difíciles de mantener. No se trata de ver hasta dónde llega el dibujo, el grabado, el arte digital o lo que queda sin disciplina. No se trata de abandonar todo el bagaje crítico y teórico. No es una revancha, ni una cuestión administrativa. Se trata de poner en juego todas las herramientas, todos los conocimientos, todas las metodologías, en este nuevo espacio que se está gestando en los bordes, en los intersticios. Espacio de enigma o de monstruos, como han sido siempre los espacios nuevos.
Nos enfrentamos con cartografías de imágenes de mundos rizomáticos que escapan a las categorías previas, a las grillas, a la tranquilidad de lo conocido, pero que se constituyen en un desafío, aventura o proyecto.
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