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Información General Domingo 15 de Marzo de 2015

Final del juego

Finalizó ayer el IV Festival Internacional de Poesía de Córdoba. En la última jornada, en una mesa coordinada por Bernardo Schiavetta, se llevó a cabo un homenaje a los 15 años de la revista "Hablar de poesía".

Santiago Allassia

Por Santiago Allassia

La lluvia y la ausencia de Hugo Padeletti, quien por motivos de salud no pudo culminar con su lectura y el cierre programado, no empañaron la intensidad con que finalizó el IV Festival Internacional de Poesía de Córdoba. Ya en la última jornada, en una mesa coordinada por Bernardo Schiavetta, se llevó a cabo un homenaje a los 15 años de la revista Hablar de Poesía, “la más importante del país en la actualidad, por calidad y persistencia”, según señaló el coordinador. Schiavetta enmarcó el programa de la publicación dentro de un realismo estético, y hasta se animó a insinuar un debate entre poéticas (más que necesario) al rechazar aquella sentencia, “la lírica está muerta”, que se viene blandiendo en ciertos cenáculos hegemónicos de la poesía argentina. Precisamente, quizás un apunte a tomar para futuras ediciones sea la posibilidad de programar instancias de diálogo que propicien el cruce entre escrituras, como un modo de potenciar la gran diversidad de voces que reúne el festival. En suma, apuntalar la discusión para profundizar y visibilizar líneas de pensamiento y regímenes de sensibilidad que, muchas veces de un modo inconsciente o subterráneo, permanecen callados en el subsuelo de una obra.


LA PALABRA COSA

Reynaldo Jiménez (Lima, 1959) es poeta, traductor y editor. Ha pasado buena parte de su vida fluctuando entre Perú, donde nació, y Argentina, donde vive. Fundó la revista y el sello editorial Tsé-Tsé, de gran relevancia en la difusión de autores latinoamericanos cuyas obras no circulaban en nuestro país, como la ineludible “El libro de unos sonidos. 37 poetas peruanos”. También llevó a cabo un valioso trabajo de rescate y edición de textos de Néstor Perlongher en “Papeles insumisos”, libro que editó junto a Adrián Cangi. Luego de su lectura danzada en la trasnoche del festival, Reynaldo expresó su mirada sobre la escritura poética, su materialidad y su resonancia musical.

-Es notoria en su lectura la presencia del cuerpo. No hay distancia entre el texto escrito y la carne. ¿Puede hablarse de cierta filiación con lo chamánico?

-No sé. Me interesa la palabra poética como una posibilidad de lo curativo, en tanto que pueda restituir áreas de la percepción que están adormecidas, o incluso aniquiladas. Convocar otras dimensiones que tienen que ver con el misterio de la experiencia, de la palabra como un enigma o como una danza misteriosa. Porque la palabra implica una materialidad. A mí me interesa trabajar esas posibilidades entre las cuales se encuentra la resonancia, la capacidad de suscitar a partir del sonido. Cosas que son como armónicas en el lenguaje musical, es decir, palabras que van armando algo que no está dicho, como determinadas notas o acordes que van propiciando otras capas del sentido. Que la palabra pueda tener una utilidad pero en el sentido espiritual, de apoyatura para determinadas emociones. Recuperar ese borde, que no sea una poesía que hable, que diga cosas, sino que vaya hacia el canto, que es de donde viene.

-Pero esta concepción de la poesía está como desplazada por una especie de prosaísmo del lenguaje. ¿Coincidís?

-Es que hay nuevas normalidades en la poesía, como la convocatoria de nuevos fetiches. Palabras como porro, merca, pija, que aluden a la droga o a determinado imaginario que se supone transgresivo, pero que instalan una especie de comodidad absoluta del sentido donde no se cuestiona nada. Se termina jugando con el poder gramatical o semántico. Y es que estamos en esa paradoja cultural donde lo transgresivo está legitimado, y termina retroalimentando los discursos del poder. Por eso me interesa aquella poesía que no parte de lo discursivo, sino que propicia algo donde la palabra no es funcional a un discurso sino que es materia, como el color en la pintura o el sonido en la música. En ese sentido creo que puede encontrar la poesía una voluntad micropolítica, también, en cuanto a que puede propiciar la polidimensión. Nuestra experiencia no puede estar limitada solamente a lo económico, a la socialidad, a los discursos donde todos nos apoyamos y hablamos de lo mismo y nos reímos al mismo tiempo de los mismos chistes. Esto termina generando una cuestión reaccionaria porque tiende a ser habituadora, y deja todas las singularidades afuera. Se supone que todo cabe ahí donde todos nos entendemos. Y me parece que la poesía justamente no, porque es ese espacio que puede trabajar aquello en lo que no entendemos nada. Hacerle un lugar a la incógnita, o al misterio de ser, donde hay experiencias sociales externas pero también una singularidad personal, intransferible. Claro que esto nos arrimaría a cierta arbitrariedad de la poesía en el sentido de que nadie “entiende” aquello que un poeta está diciendo, pero bueno, hay que dar tiempo. La lectura es un trabajo de escucha, y la escucha implica una paciencia y una decantación. Yo me acuerdo cuando era muy joven y encontré en una librería la obra completa de José Lezama Lima: dije ¿qué es esto? Y fue como una alucinación. Y cada tanto lo abría y lo miraba. Tardé diez años en leerlo, pero yo sabía que allí me esperaba algo que me desafiaba. Esa distancia, esa diferencia, creo que es la gran posibilidad de la poesía con respecto al lenguaje habituador. Es una variación de lo serial con respecto a la unidimensionalidad de pretender que la realidad está establecida en lo que sale en el diario. ¿Y lo que no tiene marco?

-Entonces, ¿cuál es el lugar del poeta?

-Me parece que no se puede ser complaciente. No tiene sentido, es como forzar la risa. Si justo en la poesía vamos a traicionar esa voluntad indómita… Tiene que ver con la imagen del bufón. En definitiva, yo no me resigno a aceptar ese lugar del poeta como el bufón de la corte. Ese lugar donde las personas sienten que al aplaudir se aplauden a sí mismas. A veces es mejor no aplaudir para que permanezca la resonancia del poema. Claro que si el entusiasmo es espontáneo, está buenísimo. Ahora, si todos nos reímos en el mismo lugar y a la misma hora por el mismo canal, entonces hay algo raro. Pero es algo que viene sucediendo hace tiempo, y en toda Latinoamérica, no sólo en Argentina. Es un fenómeno generacional desde los 90 para acá, donde hubo ciertas movidas de la crítica que legitimaron visiones. Sé que esto suena a una conspiración, pero es más bien un proceso para tratar de forzar la inserción social de la poesía, para lo cual parece que hay que bajar el nivel. Y se recurre permanentemente al enmarcamiento temático. Si yo voy a una lectura y me presento diciendo “este libro habla de los derechos humanos”, ya está: todo el mundo va a estar de acuerdo y ya gané el 50 por ciento, casi que no hace falta escuchar el poema. Ahora, si yo puedo partir de cualquier realidad sin enunciarla ni enmarcar lo que digo, y derivar hacia una nueva experiencia que genere una escucha no necesariamente depositaria de un sentido previo, a priori, entonces sí creo que la poesía puede apuntar hacia un lugar nuevo. Si uno piensa en Rimbaud, o en San Juan de la Cruz, aunque fuese un poeta enmarcado en una institucionalidad de los símbolos, aquello que persiste en ellos es algo que se renueva constantemente, como un lenguaje que sigue en movimiento. Tal vez la poesía siempre estuvo ahí.

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