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Información General Miércoles 26 de Agosto de 2026

Flit, puloil y creolina, tres clásicos nuestros

La historia de la cotidianeidad nacional se nutre de productos que superaron la denominación comercial de origen para convertirse en sinónimos populares que no necesitan de una segunda explicación.

Agrandar imagen Puloil, una imagen que recorría todas las revistas y diarios de la Argentina.
Puloil, una imagen que recorría todas las revistas y diarios de la Argentina. Crédito: ARCHIVO

Por Edgardo Peretti

La joven inmensidad de la historia de nuestra Patria suele nutrirse de fenómenos que van más allá de la historiografía clásica o de los esquemas tradicionales; no necesitan explicaciones o agregados, son parte de nuestra comunidad con nombres propios que han construido a partir de productos que, de tan cotidianos, pasaron a ser clásicos.

 

¿Insecticida? No, Flit

Infaltable en cualquier hogar, escuela, cárcel o carnicería, el “Flit”, esa es su marca original de venta comercial, formaba parte de todos los argentinos de buena voluntad que quisieran combatir moscar o mosquitos. Eso, de arranque, ya que luego aportaría otros usos, según veremos.

Nacido de la inventiva del Dr. Franklin Nelson en 1923 en New Jersey (EUA), este producto se ofrecía para combatir (¿eliminar?) moscas y mosquitos. Fabricado en base a aceite mineral, contaba con un 5% de insecticida DDT y fue comercializado y fabricado en cantidad por la Standard Oil company, devenida luego en Exxon Mobil o Exxon, conocida en estos pagos como “Esso”.

En 1928 se agregó la tecnología y en cada hogar apareció la “flit-gun”, la pistola o bomba de rocío manual conocida por su sencillo nombre de “máquina de flit”. Un clásico insuperable, convertido luego en una especie de pistola (obvio) para pintar la bicicleta, triciclos, y/o afines.

Usos nuestros: combatir moscas, mosquitos, grillos, cucarachas, babosas (aquí, también puede apelarse a la sal fina), hormigas, malos olores (de baño, for example), olores antipáticos e inoportunos (de baño cuando hay visita), arañas y todo bicho que vuele, camine o se arrastre. Se desaconseja ingerir mezclado con fernet, Amargo Obrero o similares como hacía el tío Benedicto, hoy finado por esa causa.

 

Solo brilla con Puloil

Este polvo limpiador considerado el primer abrasivo de limpieza se comenzó a producir a gran escala en el país en 1940, en una planta ubicada en el barrio de Parque Leloir en Ituzaingó (Bs. As.) y su lata amarilla no podía faltar en ninguna cocina que se precie de limpia.

Fue la semilla de todos los polvos parientes, parecidos o amigos. No importaba que la denominación comercial cambie, siempre fue (y será) puloil; incluso cuando la absorbió la empresa Colgate-Palmolive a través de su marca más notable, “Odex” allá por 1990.

Según consta en algunos sitios de consulta, la producción se discontinuó en 2014, sutil manera de decir que ya no se fabricaría.

Usos nuestros: platos y ollas, sartenes, rejillas, hornos, cuchillos (excepto el querido Tramontina, que no necesita), inodoros, bidets, tina de baño, bebederos y pisos de mosaicos. Alguien mencionó aplicar en muelas molestas, pero su eficiencia aún no está científicamente probada.

 

Lo que no mata, engorda

Si había algo que desinfectar, limpiar, desodorizar o desengrasar, estaba (está, en realidad) la vieja y querida creolina. Este potente producto elimina todo, desde bacterias, hasta olores, todo con aroma ferólico y su contundencia.

Su envase metálico (lata) triangular es aún hoy el clásico más famoso de los que se conocen. Dicen que lo inventó un tal Guglielmo Pearsón en Génova, en 1880 y que llegó a estas tierras en 1900 de la mano de la firma Feit y Olivari, la cual sigue en producción.

Usos nuestros: para baños públicos, excusados, meaderos de perros y gatos (SIC), hormigas, roedores, cloacas rebeldes, cañerías tapadas y afines. Destacan algunos el uso humano, no recomendable, para aflojar uñas y callos rebeldes, siempre diluido en agua o similar. Tratar de no ingerir en ningún caso.

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