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Información General Miércoles 3 de Diciembre de 2014

Grises de la profesión

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Edith Michelotti (*)

Por Edith Michelotti (*)

Al retirarse el último paciente, el médico desplegó sus brazos, entrecruzó sus manos en alto, giró su cabeza en círculos. Un bostezo prolongado antecedió a una inspiración profunda. Con la espiración logró relajarse un poco. Como siempre, esas jornadas lo abatían. Los pacientes acudían a él en búsqueda del equilibrio perdido o quizás nunca alcanzado. Vivir no era sencillo para nadie. Las conductas errantes de los seres humanos, la convivencia, complicaban la realidad hasta el punto de no poder solventarlas en soledad. El médico escuchaba con atención, dirigía, creaba situaciones para el esclarecimiento conductor. No era fácil. 

Cerró la computadora, ordenó unos papeles y cuando se disponía a apagar las luces, un jovencito mal vestido, con pantalones de tiro largo, un poco sucios y una gorrita que pretendía esconder miserias, entró a su consultorio seguido de la secretaria.

-Disculpe doctor -dijo la joven-, este muchacho no tiene turno, insistió en hablar con usted, entró sin permiso…

-Está bien Estela, yo me encargo -respondió, optando por lo más sencillo. Y sin sentarse, se volvió al chico y le preguntó qué necesitaba-.

-Mire don, solo quiero una receta de Rivotril. Y nada má.

-Pero, ¿cómo? No te puedo recetar así porque sí un Rivotril. ¿Para qué lo querés?

-¿Y para qué lo voy a querer? Para drogarme. Nosotro con lo muchacho ahora que oscureció nos juntamos en la plaza, compramo cerveza, le ponemo el Rivotril adentro y nos drogamo. Y ahora resulta que se nos terminó. Así que hágame la receta y ya está.

-¿Cómo que ya está? Escuchame bien pibe -respondió haciendo gala de mucha paciencia-, no puedo recetarte una medicación para que te drogues. Lo que hacen no es bueno para vos ni para tus amigos. Les hace mal a sus cabezas. Yo no te voy a dar algo para que ustedes se destruyan.

-¡Qué lástima, don! -contestó el joven, atribulado-, si usted no me da la receta la cosa es para peor. Es peor porque vamos a tener que ir a robar para conseguir la droga. ¡Vamo! Deme la receta. ¡Hágala fácil!

-Parece que no me comprendés. Mirá no puedo ayudarte a que tomes droga. Ni vos ni tus amigos. Entendeme bien. La droga hace daño al cerebro, te lo va enfermando de a poco y termina por enfermarte el resto del cuerpo también.

-Sí, eso dicen todos, pero mientras tanto nosotro nos divertimo como locos. La pasamo genial con los muchachos…Y quédese tranquilo que no molestamo a nadie, sólo nos divertimo como locos. ¡Vamo! Hágame la receta, me voy y lo dejo tranqui.

-No entendés. No puedo, ni debo.

-¿Eh? No la complique, che. Mire que si no me da la receta, uste don, va a ser cómplice de un robo. Porque nosotros la droga la vamo a comprá pero en el búnker es más cara que la que uste receta y no nos alcanza la plata. ¿Me entendió? Uste me hace la receta y evita el robo. Uste no me la hace y no me deja otra que salí a robá porque esta noche me toca a mí conseguir la droga. Yo no quiero robar. Usté tampoco quiere que robe, ¿verdad?

El médico experimentó una sensación desagradable. Reponiéndose, contestó:

-No quiero que robes y tampoco quiero que te drogues.

-Nosotro vamo a tomar la cerveza con droga, como hacemo todos los días. Déjese de joder y haga la receta. Si no, el robo va a ser por culpa suya. ¿Se da cuenta o no? ¿Para qué estudió tanto? Es tan fácil… ¿Qué le pasa?

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