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Información General Domingo 5 de Enero de 2014

"Hay que tocarle el trigémino” (tango)

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Pepe Marquínez (Sunchales)

Por Pepe Marquínez (Sunchales)

Fernando Asuero, médico vasco de San Sebastián capital de la provincia española de Guipúzcoa, en el norte de la península, arribó a Buenos Aires en abril de 1930 poco antes de que el golpe militar de Uriburu, derrocara al gobierno de don Hipólito Yrigoyen.

Previamente a que pisara estas tierras el mencionado Asuero, estuvo hacia 1929 un noble alemán de apellido Keyserling, filósofo, quien trazó un diagnóstico lapidario sobre los argentinos, llegando a la conclusión que éramos "tristes y pesimistas".

Trascartón, ni bien se fue Keyserling, llegó a nuestro país Le Courbusier (1887-1965) destacado arquitecto y urbanista francés quien fue el primero en hacer un uso estudiado de hormigón a la vista. A su regreso dejó esta impresión: “Buenos Aires es una ciudad sin esperanza”. Así nomás, de una.

Estas sentencias acerca de la idiosincrasia de nuestro pueblo, corrieron como reguero de pólvora por la Europa meridional. Entonces aparecieron los “salvadores” que venían a remediar esta epidemia que afectaba el espíritu y nuestra forma de ser.

Es así como llegó en abril de 1930 este vasco de apellido Asuero, quien afirmaba tener la solución para estos males. Su método terapéutico consistía en un simple toque del trigémino. Según el diccionario es el quinto par nervioso craneal, que se divide en tres ramas: oftálmica, maxilar superior y maxilar inferior. Según Ignacio Xurxo, autor de un viejo artículo periodístico sobre el tema, que dio pie a la presente nota, se trata de “el quinto y mayor de los nervios craneanos, con un ganglio multipropósito escondido en el centro mismo de la calavera”.

Asuero al llegar a nuestro país, trajo una recomendación del Rey Alfonso XIII para el entonces presidente Yrigoyen. De paso digamos que nuestro presidente tenía una marcada inclinación a las cuestiones esotéricas y al curanderismo y eso facilitó un tanto la tarea de tan ilustre visitante.

Lo cierto es que a partir de su actuación en el medio, Buenos Aires entró en ebullición: por un lado estaban los que lo apoyaban y por el otro quienes abiertamente lo denostaban. Vía nasal, con un sutil toque del trigémino el paciente recuperaba su buen humor; esta terapia se comportaba como un verdadero antidepresivo.

El vasco en cuestión había instalado su consultorio en la Avenida de Mayo, entre Lima y Salta y su accionar profesional lo realizaba con un estilete y un calentador. Atendía a mucha gente a diario y se veía a ciudadanos haciendo cola frente a su consultorio a fin de que sus narices… ¡sean violadas!.

Asuero dio conferencias para explicar las bondades de su método, pero también argumentaba que necesitaba el apoyo psicológico por parte del paciente.

El revuelo que causó este personaje fue tal que la población de Buenos Aires quedó dividida. Como referencia digamos que a un tango se lo tituló “Hay que tocarle el trigémino” y Carlos Di Sarli a su vez fue el autor de un jocoso pasodoble que lo llamó “¡Ay Asuero por favor!”. Florencio Parravicini (1876-1941) actor y autor dramático argentino, lo representó en una sátira teatral.

Esta situación dio lugar a muchas chanzas, algunas con doble intención sobre todo cuando al pasar circunstancialmente alguna mujer por la calle se le consultaba “si no le apetecía que se le tocara el trigémino”.

El final de esta historia fue totalmente previsible y como diría mi abuela todo terminó “para el lado de los tomates”. Un funcionario y médico personal de Yrigoyen lo denunció por ejercicio ilegal de la medicina. Gayola, indagatoria, fianza y deportación. Se volvió el vasco a su tierra. El día del embarque el muelle del puerto de Buenos Aires estaba atestado de gilastrunes que despedían a este original timador, agradecidos todos por haberles devuelto la tan ansiada y perdida autoestima y alegría de vivir.

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