Por Edith Michelotti (*)
Los elogios, aunque muchos, a veces suelen ser insuficientes para abarcar de lleno el valor del desempeño de la mujer en nuestra sociedad.
Solo en la intimidad más profunda, se conoce la existencia o no de su sacrificio, dedicación o entrega. El mundo occidental ha dedicado un día para exaltar su género y para ello eligió el 8 de marzo recordando la muerte intencional de más de un centenar de mujeres durante una huelga en la que reclamaban derechos laborales innegables, en la ciudad de Nueva York (1857).
Hoy en pleno siglo XXI, continuamos conmemorando. Ello se debe a que, pese al transcurso del tiempo, lo sigue necesitando. Existe un día en el que la sociedad occidental observa con más profundidad a la mujer madre, esposa, hija, hermana, novia, amiga, suegra, abuela o compañera de trabajo.
Y si bien se la descubre, en general, ocupando cargos cada vez más importantes y numerosos, está muy lejos aún de alcanzar su espacio único e irreemplazable de “persona que pertenece a la humanidad, de género femenino, con igualdad de derechos y deberes”. Ni abajo, ni arriba, ni al costado del hombre. Enumerarlo así, significaría discriminación.
Es persona de género femenino y punto.
Sin embargo, no desconocemos la lucha que debe librar para llegar a gozar de esa igualdad de derechos y deberes. Porque ambos están condicionados por su situación económica, laboral, habitacional, social, educativa, emocional que se suman para cercenarlos o tergiversarlos.
La cosa no es simple.
La situación económica la ha llevado históricamente a límites extremos como el de tener que trabajar con su cuerpo para sobrevivir o pagarse una carrera, abortar un embarazo no deseado aún a riesgo de su propia vida, ver morir hijos desnutridos, drogados o delinquiendo, sin trabajo y rondando por las calles.
Trabajar en lugares inapropiados para su contextura femenina, o acosadas por jefes corruptos. Vivir en espacios carentes de dignidad para ella y los suyos, alimentarse mal con excesos de harinas que sacian su hambre y deforman su abdomen, sufrir golpes físicos, síquicos y violaciones que no tienen respuestas oportunas a sus denuncias, instruirse en escuelas que no alcanzan el nivel apropiado y educarse en hogares mórbidos que pululan en nuestra sociedad enferma.
Sí. Se necesita aún, y hoy quizás más que nunca, un Día Internacional de la Mujer, para que todos recordemos y analicemos esta negra realidad que salpica a muchísimas de ellas, en todas las clases sociales. Para que puedan alcanzar la igualdad de posibilidades para construir junto al hombre la sociedad justa que indudablemente merecen.
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