Por REDACCION
Queridas amigas y amigos, concluyendo los carnavales, nos alegramos que llegue a nosotros el tiempo tan lindo de la Cuaresma, que nos va preparando para vivir lo más grande e importante de cada año: la Resurrección, el gozo de la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo.
La cuaresma viene a fortalecer los corazones y es capaz de renovar nuestra vida, porque es tiempo de gracia. Tenemos que dejarnos “primerear” por quien nos amó primero. ¡Qué bueno un Dios que no mira el partido desde la tribuna, que no es indiferente, que se interesa por cada uno de nosotros! Cada Cuaresma nos hace presente que Dios nos busca, que somos importantes para El, y que viene a compartir nuestra vida, llena de alegrías y esperanzas pero también de angustias, dolores y sufrimientos.
Por eso la Cuaresma nos recuerda que no nos hace felices permanecer en nuestras indiferencias, egoísmos o en el desinterés por los otros cuando optamos por quedarnos sólo en nuestros gustos y olvidamos a los demás.
Qué bueno en este tiempo fuerte de la vida de fe, tener cerquita la Palabra de Dios, recurrir a la lectura de los profetas, escuchar sus “gritos”, que nos ayudan a despertarnos, a iniciar con fuerza pastoral el año en las comunidades.
El inicio de la Cuaresma, cada año nos mete de lleno en la Pascua de Jesús; es la puerta que se abre definitivamente entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. ¡Cuánto nos hace madurar, tener el corazón abierto y, como Iglesia, salir de la autorreferencialidad que nos enferma! La Palabra de Dios, los sacramentos y el testimonio de la fe que actúa por la caridad son la mano abierta de una Iglesia en salida para un mundo que tiende a encerrarse en sí mismo, aislándose en la soberbia; en el querer, una vez más, ocupar el lugar de Dios... en ocasiones hasta el extremo de definir quien vive y quien debe morir.
Cristo en cada Cuaresma nos hace presente que la cerrazón mortal del aislamiento y la indiferencia que campea en la historia humana sólo se vencen con el testimonio de la bondad y la misericordia. La liturgia del jueves santo, con el rito del lavatorio de los pies, nos pondrá ante el Siervo de Dios y de los hombres. Dios no ha venido a ser servido, sino a servir, y este servicio de lavar los pies a los hermanos solo lo puede hacer quien, primero, se ha dejado lavar los pies por Jesús.
Dejarse ayudar por Cristo, y así llegar a ser como Él. Escuchar su Palabra y participar de la eucaristía es la manera más plena de vivir en Él y Él, en nosotros. Así nos sentimos un solo cuerpo donde el dolor del otro se hace mi dolor; del mismo modo que, si alguien se siente feliz, todos nos alegramos con él.
La Cuaresma nos ayuda a recordar que todos estamos llamados a vivir una vida sencilla, humilde, honesta, que aprecia la belleza y gusta de ser amable y sincera; siendo capaces de perdonar y de estar atentos a las fragilidades y necesidades de los que conviven. La santidad no es cosa del otro mundo o de algunos iluminados sino que, en lo cotidiano, Jesús nos ayuda y construye con cada uno de nosotros la vida en comunión y santidad.
En este año se abre un tiempo de asamblea diocesana. Por eso la Cuaresma nos pondrá en clima de Iglesia en comunión que busca discernir la voluntad de Dios para conocer lo que nos quiere regalar; para luego entregarlo y compartirlo con todos (haciéndonos cargo, especialmente, de los más débiles, pobres y pequeños). Ya que en Cuaresma se intensifica la oración, recemos con todo el corazón para estar en la presencia de Dios y que Él nos impulse a compartir con los hermanos. En esta Cuaresma junto a Cáritas, “Elegimos ser solidarios”, por eso nuestro gesto contribuirá a testimoniar una Iglesia que comparte sus bienes con los más necesitados.
La Cuaresma nos irá conduciendo por caminos serenos de alegría, respeto y libertad construyendo la paz y la reconciliación. Así iremos viendo en nuestro prójimo a la hermana y al hermano por quienes Cristo murió y resucitó.
Nos dice el papa Francisco en su mensaje Cuaresmal: “…cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”.
Estamos a veces saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y al mismo tiempo sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. Se pregunta Francisco y nos pregunta: “¿Qué podemos hacer?” Antes que nada, lo que en este tiempo de Cuaresma es central: “rezar”. Por eso nos invita a realizar jornadas de oración en los colegios, en las parroquias y en las comunidades los días 13 y 14 de marzo. En segundo lugar, “ayudar a los más pobres”. Por eso en la diócesis los invito a realizar jornadas de oración y a unirse al gesto solidario.
Amigas y amigos, este tiempo de Cuaresma nos renueva, nos lleva a la conversión. La cercanía de Dios y la proximidad del hermano me recuerdan la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil, por el contrario, es vivir en la firmeza, cerrados al tentador y abiertos a Dios. Un corazón misericordioso se deja invadir y llevar por el Espíritu Santo; nos hace salir de nosotros mismos para ir en búsqueda de los hermanos. Es, en definitiva, un corazón que conoce sus propias pobrezas y es capaz de darlo todo por el otro.
Los invito a recorrer este camino cuaresmal, para llegar en comunión a la Pascua del Señor.
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