Por Edgardo Peretti
1.- El “Negro” Bergara no era negro. Era Bergara; lo del apodo solo fue una manera barrial de definirlo, aunque en su infancia era, simplemente, “Chueco”, habida cuenta de la curvatura (rodillas afuera) de sus piernas. Esto daba lugar a algunos chistes baratos, absolutamente faltos de ingenio, como – por ejemplo- adjudicarlo a que su cuna era chica o que lo pararon fresco (SIC).
De todos modos, la incipiente llegada de la televisión (blanco y negro) , le dio la posibilidad cierta de hacerse de otra referencia: alguien se lo dijo, y le quedó. Ya era “Jim West”.
2.- Los chicos del barrio amaban ese invento que llegaba a sus vidas con forma de caja lumínica y que se llamaba televisión. Sin embargo, no todas las familias accedían al mismo. Pero el sindicato que agrupaba a los empleados del rubro de la carne concretó una campaña para proveer a los hogares de este nuevo integrante. En poco tiempo, otros gremios hicieron lo propio, lo cual consistía un pago en cómodas cuotas del aparato, la instalación y una antena de 6 metros; desde ese día, el intruso se convirtió en juez y parte de la casa.
3. “Jim West” Bergara (ya lo llamaremos así) trabajaba en uno de los frigoríficos. Era común verlo salir o llegar de su casa con su indumentaria blanca, con sus dos cuchillos y la pertinente chaira en la posterioridad de su cintura (tal como lo hacían todos), aunque en la medida que fue creciendo su admiración por el personaje que interpretaba Robert Conrad, ya cargaba los fierros sobre su pierna derecha, un tanto caída y atada al muslo con una piolita, se había conseguido un sombrero de ala media (que le regaló el viejo Mattier, que era domador pero estaba retirado) y seguía caminando chueco, aunque sin temor a las chanzas que habían a la curiosidad, al desprecio o a la lástima, según quien las emitiera. El personaje ya se había deglutido al obrero.
4.- Los chicos del barrio que no teníamos TV, con el apoyo de nuestras madres (que también irían) nos juntábamos al atardecer para ver la tele y, de paso se comía algo. Ese “algo” suponía, mortadela, chorizo, jamón (crudo y cocido), bondiola, morcilla, queso de chancho, patitas de idem en escabeche y toda otro derivado de la carne, aunque el preferido de todos era el choripán de salamín hervido. Pobres, pero con comida de millonarios.
La programación de esa época provenía exclusivamente del Canal 13 de Santa Fe. El medio abría la transmisión con “Notitrece”, que conducía el inolvidable profesor Enrique Muttis, y en el atardecer aparecían las series de los chicos. Lunes: “Combate”, martes: “El hombre del rifle”, miércoles: “Aventuras en el paraíso”, jueves: El detective millonario” y viernes: “Jim West”.
Luego de ello, se podía compartir “Odol pregunta”, “La familia Falcón” o “Mis hijos y yo”; más tarde los más pequeños eran enviados a joder a otra parte porque comenzaba “La caldera del diablo”, lo que – según los viejos- contenían cosas que no podíamos ver. Pasado medio siglo, no termino de entender que era tan grave. En fin.
5.- Absolutamente identificado con su personaje, Bergara, había tomado el hábito de subir a su bicicleta (rodado 28, manubrio palomita, etc.) al estilo de los vaqueros, esto es, corriendo al lado y saltar sobre el asiento en forma enérgica y sin detenerse. Una acróbata del oeste del sector, sin dudas.
6.- En mi barrio había muchos ejemplares de un árbol al que llamábamos “brachachito” (¿¿¿???). Esta especie tenía un tronco redondo, eran altos y generaban un fruto que era verde en su origen y luego se volvía negro. Tenía forma de botecito o barquito y se convertía en juguete llenándolo con masilla o plastilina, aunque para ello había que sacar antes una multitud de bolitas con espinas muy chicas y terriblemente agresivas, que habían hecho llorar a muchos, pues una vez que se metían en la piel no había manera de removerlas.
7. La señora esposa de “Jim West” (adviértase que ya era una marca propia en la zona que se había deglutido el apellido Bergara) era una mujer hacendosa, respetuosa y buena madre. Salía solo con su marido, cocinaba, lavaba y planchaba y soportaba sin hesitar los malos tratos de su conjugue; en público, verbales, pero en privado – a decir de doña Delia que tenía lo que luego se llamaría agencia de noticias- se hablaba de otra cosa. Más graves, impropias e intolerantes para cualquier ser humano. Alguno se lo mencionó a la mujer, pero ella callaba.
8. Las señoras del barrio solían juntarse en alguno de los comercios para ponerse al día de cosas que ya sabían, pero era su escape, su modo de vida. Aquella mañana el encuentro se concretaba en el almacén de los Pugliese, allí estaban cuando irrumpió “Jim”, quizás azuzado por algunos ajenjos cargados en el bar de Sánchez y se fue de boca, requiriendo a su esposa los motivos de la ausencia del hogar, la falta de comida en la mesa y de la pertinente acusación (de su parte) para estar allí. Todo en muy malos términos.
El hecho sorprendió y asustó a todos, pero la mujer no dijo nada y se encaminó a su casa.
9. Durante varios días no se tuvo noticias de los Bergara. Nadie los vio por una semana, y cuando reaparecieron en la kermesse de la parroquia, el marido atendía a su dama con una dedicación que sorprendía. “Cosas de parejas”, decían las viejas, aunque algunos advirtieron que “West” caminaba un poco más chueco que antes.
Y como todo se sabe en el barrio, se supo. Alguien dijo haber visto a la señora juntar varios frutos del árbol precitado en una tarde muy gris. “Jim” tenía el hábito de levantarse en la madrugada para ir a trabajar y vestirse a oscuras. Se había hecho entallar los pantalones blancos del laburo y usaba calzoncillos “Nat” para parecerse a su héroe; de allí saltaba a la bicicleta con el ímpetu de siempre y pedaleaba firme y veloz hasta el frigorífico.
Dicen que a las dos cuadras sintió algo picando por allí abajo. También dicen que ese día no trabajó. Que estuvo en la enfermería tratando que le saquen las espinas, con sus intimidades a la vista y expuesto a las pullas y bromas pesadas de todos.
Fue duro y un justo castigo. La mujer fue felicitada y – aseguran – imitada, aunque no hay constancia de ello.
El tipo recibió su condena social, que no fue tan grave, ya que el sentir popular no lo desmereció y hasta fue piadoso. Siguió siendo Jim West Bergara, aunque ahora le habían agregado un recordatorio de la condena. Ya era Jim West Bergara, el “remachado”.
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