Por Hugo Borgna
Cuando éramos niños nos encantaba la oración con que comienza “Platero y yo”: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”, y nos provocaba ternura la posibilidad de que un burro pudiera estar compuesto de ese elemento tan impensado en su naturaleza, como el algodón; y así nacía, sin que nos diéramos cuenta, el enamoramiento con la prosa poética de Juan Ramón Jiménez; tan fresca, dulce y entrañable hoy como en el año 1917, fecha de la primera publicación.
“Mira como el sol (en este prado tierno) (...) le alumbra la honda belleza verdeoro (...) Son escaleras de terciopelo, bajando en repetidos laberintos; grutas mágicas con todos los aspectos ideales...”
No fue escrito “Platero y yo” para los niños, pero es tanta su belleza formal y la capacidad para sugerir en el lector la mejor estética en el uso del lenguaje, que se adoptó como texto escolar y se lo direccionó para un público infantil: era (y sigue siendo) el libro ideal para sentir profundamente los valores de la vida y la integración entre el hombre y el medio. El autor dice en la edición infantil publicada en 1914: “Este libro estaba escrito para... ¡qué sé yo para quién escribimos los poetas líricos! Ahora que va para los niños, no le quito ni le pongo una coma” (Queda aclarado que el criterio para conformar la edición “infantil” fue el de quitar las elegías que contienen una mayor complejidad poética, que requiere más conocimiento y, es por eso más apreciable por el lector adulto que por el niño).
Platero es la excusa literaria para despertar en nosotros el amor a la vida natural apreciando el color de flores y paisajes y la música latente. Platero es un viaje por los mejores sentimientos de conexión con el medio y con los demás humanos: una integración sensitiva y perfecta, que hace sonreír y emocionar. Cuando aparece la imagen de la muerte, es para señalar la contraposición necesaria que compensa y grafica esa síntesis agridulce que puede llegar a ser la vida.
Innumerables frases y giros de exquisita concepción le dan brillo al modo de escritura que es la prosa poética. Juan Ramón Jiménez la ha consagrado para siempre, y se constituye en un referente obligado.
“Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos”, “Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes (...) Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos...¿Qué haré yo con tantas rosas?”, “¡Cómo está la mañana!(...) Parece que estuviéramos en un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida”
Juan Ramón Jiménez bebió del modernismo y le dio belleza, intimidad, calidez. La palabra no es ya principalmente sonora, sino también compañera y tierna. Como la imagen de Platero, transformado en criatura dulce y amiga, a partir de algo que siempre se ha visto únicamente como un útil elemento para transportar cargas y hombres. Platero y yo es, metafóricamente, la superación del hombre a través de la actitud sensible.
Jiménez nació en Moguer (Huelva) en 1881 y murió en San Juan (Puerto Rico) en mayo de 1958, dos años después de haber obtenido el premio Nobel de Literatura, por el conjunto de su obra que, si bien es abundante, especialmente en poesía, encuentra en la prosa poética, poblada de sensaciones musicales, el punto ideal de comunicación con la belleza, la gracia y la vida, que no es otra cosa que el componente esencial de que está hecho “Platero y yo”: la prosa poética en su alto y feliz esplendor.
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