Por REDACCION
Nota II y última
Por el obispo Luis Fernández. - Sabemos que la evangelización no es cosa nuestra. Esta tarea no consiste en heroísmos o protagonismos personales. Somos conscientes que la obra, ante todo, siempre es de Dios. Jesús es el primero y el más grande evangelizador. El nos primerea (Cfr. EG, 24), dice Francisco, nos llama a colaborar con El y nos da la fuerza del Espíritu. No transmitimos una novedad nuestra. Si así fuese, esto cansaría, hastiaría, como ocurre con tantas novedades que ofrecen las mujeres y hombres de este tiempo. La novedad que nosotros llevamos es la que Dios mismo quiere producir misteriosamente. Ella no es fantasiosa, un simple encandilamiento pasajero, sino que consiste en una vida nueva inspirada por el Espíritu que provoca, orienta y nos da fuerza para caminar, llevándonos a aguas puras y pastos abundantes. La iniciativa es siempre de Dios. El camina como Buen Pastor, a veces va adelante guiando, a veces en el medio, porque es parte del rebaño y también, en otras ocasiones, camina detrás porque sabe que sus ovejas poseen un buen olfato como para intuir dónde están las fuentes de salvación.
Sí, El “nos amó primero” (1 Jn 4,19), es El quien hace crecer (1 Cor 3,7). Esta convicción nos permite conservar la alegría en medio de una tarea exigente y desafiante que toma por entero nuestra vida pidiéndonos todo. Pero, al mismo tiempo, quien nos convoca a semejante misión nos ofrece todo. Por eso, no podemos ser testigos tristes, ni tampoco podemos ir aislados cada uno en la suya, pues es una tarea en común. No creamos que todo depende de nosotros, ni nos enojemos si nuestras ideas, proyectos, o métodos que proponemos no salen como hemos esperado. Tengamos siempre la humildad de Jesús, que siendo grande se hizo pequeño, siendo rico se hizo pobre, y siendo el primero se hizo el último de todos. Como El, confiemos estar siempre en las manos del Padre, sobretodo cuando aparecen las cruces de nuestras enfermedades, debilidades y derrotas que también llevan vida.
Hermanos, lo más grande de Dios, lo que nos tiene que impactar, antes que nada, es su misericordia (Cfr. EG, 37). Me gusta tanto mirar los signos que el Papa enseña con su vida: no son principalmente palabras, sino gestos que hablan tanto o más que las palabras. ¡Cómo admiran al mundo sus gestos de ternura hacia los enfermos, los niños, los ancianos! El Pueblo de Dios sabe reconocer en esos gestos las caricias de un Dios cercano para con su Pueblo.
Hermanos, no dejemos de soñar un futuro lleno de la vida de Dios, un futuro hecho desde la Pascua de Jesús. Que no nos inquieten ni desalienten las guerras violentas y las catástrofes, miremos de frente la pascua de Cristo para que sea esta realidad la que nos anime a caminar como hermanos.
Nos dice Francisco que la Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas, en todas partes. Claro que esta apertura de puertas ha de ser un signo de una apertura mucho más profunda. Me refiero a abrir las puertas de nuestro corazón individual y de nuestras comunidades para que todos puedan participar, pues todos son convocados a integrarlas y enriquecerlas con los dones recibidos del Padre.
La Iglesia no es un espacio para los perfectos, sino un lugar de misericordia, de encuentro. Al respecto nos pide Francisco: “no ser controladores, sino facilitadores... la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (EG, 47).
Sigamos privilegiando, tal como lo hizo Jesús y nos remarca el Papa, a los más pobres y enfermos, a esos que suelen ser descartados de la sociedad, los despreciados y olvidados. Qué hermoso en este sentido el tradicional ya, en nuestra diócesis, gesto solidario de Cuaresma, que cada año nos propone Cáritas diocesana. Vayamos en búsqueda, principalmente, de los que no pueden recompensarnos con nada, de aquellos que son valiosos a los ojos de Dios, los que no son los protagonistas de nuestra sociedad. A ellos especialmente ha de estar destinada esta evangelización de la misericordia.
Junto con el Papa optamos por una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia que enferma por quedarse encerrada y confortablemente aferrada a sus propias seguridades.
No tengamos miedo a equivocarnos -dice Francisco- sino a quedar encerrados en las estructuras que nos dan una falsa contención. Tampoco las normas pueden ser nuestra seguridad, pues podemos volvernos jueces implacables. Ni siquiera pongamos nuestra solidez en las costumbres, pues ellas simplemente nos tranquilizan, mientras afuera hay una multitud hambrienta. Jesús nos repite sin cansarse: “denles ustedes de comer” (Mc. 6,37; Cfr. EG, 49).
Soñemos, hermanos, trabajemos por una sociedad sin excluidos, una sociedad donde no haya ni una familia sin vivienda, donde cada cual pueda ganarse el pan con el sudor de la frente sin vivir de arriba; una sociedad donde los niños puedan tener un plan de salud y un estudio digno; una sociedad donde los ancianos no sean abandonados, ni haya gente en situación de calle; una sociedad donde no exista “la trata”, ni quienes -por la droga- arrebaten la vida de nuestros jóvenes.
Soñemos con una vida que se puede compartir en la austeridad y la sencillez, donde no se idolatra el dinero ni el consumo es el ideal, donde se valora el esfuerzo y el sacrificio, donde todos puedan acceder a una vida digna, y la posibilidad de progresar no sea para unos pocos. Una vida en la cual se valore la sabiduría de los ancianos, se respete la vida desde la concepción y en todas sus etapas, y se conceda más protagonismo a los jóvenes. Soñemos con un mundo -y trabajemos por ello- donde se pueda acceder a la verdad en la información, sin competencias y enfrentamientos desleales que terminan desvirtuando la misma realidad.
Hermanos, estamos llamados a acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe en la cultura de nuestros pueblos: tanto riquezas de la fe, como riquezas humanas, naturales y materiales. Ellas siguen siendo motivo de asombro, y encuentran su expresión agradecida en la piedad popular, manifestada en múltiples celebraciones religiosas. Estas celebraciones, centradas en Cristo Crucificado y en la devoción por la Virgen María (tal como se da entre nosotros con el particular amor por la Guadalupana, patrona de la Diócesis), así como en la de los santos y beatos al estilo del Cura Brochero, son un regocijo para nuestros corazones.
Estamos llamados a vivir como pueblo de Dios, por eso superamos en nuestras comunidades, guerras, envidias, celos, luchas de poder, prestigios que dejan de lado a los demás o nos hacen sentir más que los otros. Queremos vivir una pertenencia cordial a la Iglesia, para eliminar todo espíritu de internas. La diversidad nos enriquece, y lo diferente -cuando es mirado desde Dios- nos llama a no quedarnos en nuestros egoísmos.
Francisco, al poco tiempo de asumir como pontífice, nos pedía a los argentinos saber cuidarnos entre nosotros, no sacarnos el cuero; por el contrario, ser testigos de la comunión fraterna. Que los demás se puedan admirar, de cómo nos queremos, cómo nos damos aliento unos a otros, cómo nos acompañamos (cfr. Jn. 13,35).
Los laicos, que son la mayoría del pueblo de Dios, sepan que los ministros ordenados estamos al servicio de ustedes para que puedan crecer en el compromiso de la caridad, de la catequesis y participando activamente en las celebraciones de la fe; para que puedan estar presentes en las realidades temporales, en especial en la vocación primera y fundamental de la vida familiar, en los ambientes del trabajo, en el barrio y en toda actividad social y cultural para hacer un mundo más justo, gozoso, y así puedan llevar con alegría la responsabilidad laical nacida en el bautismo.
Roguemos al Buen Pastor para que muchos jóvenes sigan encontrando en el seguimiento de Jesús, el regalo más grande de sus vidas, y puedan así responder con prontitud y generosidad a su llamado. En este sentido llevo todavía grabado en mi corazón la hermosa experiencia que he vivido junto a muchos jóvenes, en el retiro espiritual de cuaresma, organizado por la pastoral juvenil.
Todos sin distinción y desde el bautismo somos, y no por un rato o para alguna misión, sino siempre: discípulos misioneros. En cada uno actúa la fuerza santificadora del Espíritu que nos impulsa a evangelizar.
Nos dice el Papa: “Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su participación en la Iglesia, y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado, pensar en un esquema de evangelización, llevado adelante sólo por actores calificados, donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús (…) Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41)”. ( Cfr. EG, 120).
Siempre animados por la fuerza del Espíritu, hoy en el 2014, queremos seguir caminando como pueblo de Dios.
El año pasado se trabajó en las comunidades mirando la realidad y ustedes, en comunión (parroquias, decanatos, pastorales diocesanas, Deplai), fueron enumerando las principales realidades que vive la gente, y que se transforman para la diócesis en desafíos pastorales. Ahora continuamos este camino dando un paso importante que es iluminar los hechos más significativos de ese marco de la realidad.
El rico aporte que nos viene regalando Francisco con sus gestos elocuentes, su palabra orientadora en la exhortación apostólica «La alegría del evangelio», el Documento de Aparecida, y el presente mensaje, tienen como finalidad dar ese marco doctrinal, sumándose al trabajo iniciado por ustedes.
Hoy, en el comienzo de las actividades parroquiales y continuando el estado de asamblea que se viene viviendo en la diócesis, las comunidades, movimientos, colegios y grupos, recibirán un nuevo material (dos folletos) que desde el Consejo Diocesano de Pastoral les vamos a ir acercando en los próximos meses, para que ustedes -luego de reflexionarlos y trabajarlos parroquial y decanalmente- nos los puedan remitir, para elaborar el diagnostico pastoral como comunidad diocesana. Así, Dios mediante, en 2015, en este clima de asamblea, delinear juntos el camino pastoral del próximo tiempo diocesano a recorrer, siempre en comunión con toda la Iglesia.
Queridos hermanos todos en el Señor resucitado, el estado de asamblea es un proceso largo y tiene lo maravilloso de ser participado por todo el pueblo de Dios; es a éste, «su pueblo», que Dios habla como siempre lo hizo a lo largo de la historia. ¡Ojalá escuchemos hoy la voz de Dios! (Cfr Sal 94), para ir en búsqueda de muchos hermanos que esperan que alguien les tienda una mano, que les anuncie que la vida tiene sentido, que vale la pena vivir.
Vayamos y anunciemos que haber conocido a Jesús, “es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida” (Aparecida, 32). Vamos de la mano de nuestra madre, la Virgen de Guadalupe y al estilo del beato “Cura Brochero”, gastando la vida para que todos, tengan vida plena. Felices pascuas.
Nota: mensaje al pueblo de Dios que peregrina en la diócesis de Rafaela.
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