Por Blanca M. Stoffel
La Dra. Luisa Villar fue designada como delegada de la Dirección de geología y Minas de la Argentina, para brindar su colaboración al Dr Cassidy, facilitándole todos los antecedentes que se pudieran reunir en relación con el Meteorito del Chaco.
Visitó la Dra. Villar los hoyos de Campo del Cielo, comunicándole al Dr. Cassidy de regreso de su viaje que duró 20 días, que creía firmemente que estos hoyos eran cráteres, producto de una gran lluvia meteórica. El informe de la Dra. Villar fue presentado a la National Science Foundation (USA) la que proveyó los fondos, desde entonces, para el completo estudio de la zona.
Así se realizó en 1962 la primera campaña de dos meses en Campo del Cielo con la participación y ayuda de varias instituciones norteamericanas. El Dr. Daniel Milton, geólogo de US Geological Survey, Menlo Park, California, el Dr. Truman Khoman profesor de química de la Universidad de Ptisburg y Supervisor del Instituo Carnegie de Tecnología de la misma casa de estudios, el Dr. Theodore Bunch en el Departamento de Tierras y Ciencias Planetarias de la misma Universidad.
En el año 1964, con la Dra. Villar decidimos efectuar un reconocimiento por una zona montuosa, hasta el momento totalmente desconocida. Iniciamos la travesía en dirección noroeste desde el Cráter Carmen Sosa ubicado en la Colonia Zuberbhuler. Nos acompañaba un baqueano muy conocedor de la zona llamado Escobar. Nuestros implementos eran brújula, machetes, cantimploras con agua, algunos pocos alimentos y el espíritu predispuesto a cualquier contingencia.
El monte era cerrado con árboles espinosos que rasgaban nuestras ropas, plantas de Carguatay 1 que cubrían grandes extensiones y que atravesábamos con grandes dificultades a pesar de nuestras botas.tengo noción de que caminamos muchas horas dentro del monde donde no soplaba la más ligera brisa y siempre ante nosotros el mismo paisaje de quimilis 2 gigantescos, de ásperos arbustos leñosos, apretada maraña de árboles espinosos y el calor que empezaba a resultar intolerable pues estábamos cerca del mediodía. De pronto sentimos una leve ráfaga de aire fresco, lo que indicaba la existencia de una pampa abierta. Pocos metros más allá salimos efectivamente a una " ralea"3 , bastante amplia por la cual caminamos un kilómetro y medio, llegando a un puesto donde nos dieron agua y las informaciones sobre cuál era el camino más adecuado para seguir.
Estas referencias, que creíamos correctas al continuar el viaje, al transcurrir dos horas de camino, comenzó a preocuparnos. Más y más nos internábamos y lejos de aliviarse nuestra marcha, volvíase más y más difícil y más intrincado el monte. A las cinco de la tarde, decidimos que el baqueano subiera a un quebracho alto para tratar de descubrir un abra en cualquier dirección. Sus informes fueron desalentadores. Además nos habíamos quedado sin agua y nuestros víveres para un día de marcha estaban casi terminados.
En el Chaco la necesidad de agua es imperiosa por cuanto las temperaturas, aún en los meses invernales, es muy alta. Súmese a esto el cansancio de la marcha y el calor que siempre dentro del monte es más intenso y podrá explicarse fácilmente el consumo de agua que se hace en estas circunstancias.
Resolvimos pues, retroceder, tratando en lo posible de alcanzar el último punto de partida, es decir, el puesto donde se nos había aprovisionado de agua, teniendo en cuenta que muy pronto (era el mes de agosto) no habría más luz solar. Volvimos sobre nuestros pasos, observando las huellas dejadas al pasar. Pocos minutos de marcha y la necesidad de usar nuestra linterna nos demostró que la misma se había extraviado al caer de la mochila. Generalmente, en el monte, hay que caminar agachado y a veces en cuatro pies para poder atravesar algunos lugares de monte cerrado.
El desaliento y la preocupación se apoderaron de nosotros. Ni pájaros ni ruido alguno que perturbara el silencio del monte, ni la más leve brisa que agitara las ramas y en el silencio total nuestra soledad y desamparo. Hicimos y desandamos camino. Se habían ido anotando los rumbos, pero no los rodeos, vueltas y revueltas de las picadas. Calculábamos haber hecho 6 leguas de camino. Las botas nos pesaban, nos dolían los pies y las manos con los rasguños de las espinas. La sed nos atormentaba, sin embargo era necesario seguir adelante y no detenerse. El peligro de las alimañas del monte y de la noche, estimulaban nuestra voluntad y seguíamos caminando. ¿Hacia dónde? El baqueano confesó que no sabía qué dirección tomar para salir del laberinto de ramas y senderos inexistentes, ya que la oscuridad confunde todos los signos y señales que puedan haber quedado de nuestro paso. De pronto aparecen huellas de un perro, que posiblemente marche hacia una casa o un rancho. Son las 21, la Luna se esconde a ratos detrás de espesas nubes tormentosas, ilumina de vez en cuando el sendero y deja pasar un rayo de luz. Describir nuestra angustia y zozobra es imposible. De pronto, nos detenemos, lejos, muy, muy lejos hemos oído aullar un perro. El baqueano dice que puede estar a 1 km. o kilómetro y medio de distancia.
Renacen nuestras fuerzas y cobramos nuevo aliento. Dos o tres veces más escuchamos los ladridos más cerca. Eso significa que en alguna parte hay gente y habiéndola, el precioso elemento ¡agua! Nuestra boca está seca y pastosa. Creo que en estos momentos todos daríamos años de nuestra vida por un vaso de agua. Pronto llegamos a una pampa. Vemos un rancho. Golpeamos las manos una y otra vez, pero nadie nos responde ¿Qué podemos hacer? A unos 200 metros de la casa el baqueano descubre un pozo de agua pero abandonado. Sacamos agua: es salada y tiene olor fétido, pero lo sentimos después. Ninguno de nosotros piensa en las posibles consecuencias que nos puede acarrear tomar esta agua contaminada, llena de gérmenes, estancada y pútrida. La bebemos con ansiedad hasta saciar nuestra sed.
Decidimos luego, pues nuestro cansancio no permite otra cosa, pasar la noche en el monte. Imposible es determinar en estos momentos cuál es la dirección más adecuada para volver a la civilización. Encendemos fuego. Nos envolvemos en nuestras ropas y nos entregamos a un profundo sueño ya que el cansancio ahoga todo temor.
Con el amanecer reemprendemos la marcha y damos con un puestero. El nos facilita caballos en los que montamos la Dra. Villar y yo rumbo a la estancia más cercana. Allí arribamos más allá del mediodía, cuando ya la familia había finalizado el almuerzo, pero enterados de nuestras dificultades, de inmediato nos sirvieron comida en una mesa de tablones rústicos en una galería de piso de ladrillos, con techo de paja y adobe, vasos con agua fresca del pozo que bebimos insaciablemente. Después de almorzar hicieron atar los caballos a un carro que nos llevó de regreso al campamento adonde llegamos a las 4 y media de la tarde, cuando ya había cundido total intranquilidad por nuestro paradero.
Dejamos pues atrás el monte silencioso, ahora sin extraños queriendo interrumpir su sueño milenario y volvemos al campamento.
1 Es una especie de agave o pita característica del Paraguay, pero muy extendida en el monte chaqueño.
2 Los lugareños denominan así a un cactus bastante corpulento que se cubre de flores amarillas en el invierno.
3 Nombre con el que designan un espacio abierto generalmente cubierto de buen pasto, en medio del monte cerrado.
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