Por Edgardo Peretti
A mediados de los sesenta, cuando la televisión apareció en la vida de los rafaelinos desde el joven canal 13 santafesino, los más chicos teníamos una referencia para irnos a dormir. A las 9 de la noche en invierno o a las 10 en verano, aparecía en pantalla la familia Telerín, un dibujo animado de origen español que mostraba a seis hermanitos, en pijama y en fila derechito a la cama cantando el pegadizo tema que decía “Vamos a la cama,/ que hay que descansar;/ vamos a la cama para que mañana podamos madrugar...”.
El material respondía a la autoría de los españoles Santiago y José Luis Moro, se expresaba en un tono castizo y, de hecho, tampoco era infalible; de todos modos, mamá siempre tenía un recurso de chancleta disuasiva (y contundente) a mano para el caso.
En esa época, no había espacio para niños, dibujo o revista que no llevara la imagen de los seis hermanitos: Clero, Teté, Maripí, Pelusín, Colitas y Cuquín, los cuales competían en popularidad con un ratón italiano muy orejón y simpático: el Topo Gigio.
A principios de 1968, las jóvenes maestras Elsa Modenessi de Corró (23 años) y Norma Rivero (18), instalan el Jardín de Infantes “La familia Telerín” en el club 9 de Julio, que funcionaría durante ese año en uno de los balcones del salón social, sobre calle Bolívar, donde Lidel Caccia tomó la fotografía que ilustra esta evocación.
Norma Rivero falleció hace poco tiempo, pero al igual que Elsa son parte indivisible de esta historia. Esta última, que vivió a dos casas de su compañera, nos recibe en su living y se afloja frente a la foto, aunque deja en claro algo que nos acompaña desde el mismo momento que comenzamos esta búsqueda: no hay documentos, sólo imágenes (impecables, eso sí) en blanco y negro, y diecisiete caritas que miran la cámara en el festejo del cumpleaños comunitario, con torta, gorrito y decorado: “Norma era muy habilidosa”, comienza diciendo. Después desgrana el origen: “Yo me había recibido en 1963 y me fui a trabajar a Bauer y Sigel, donde mi marido (José Corró) era el director. Nos habíamos conocido en la Escuela Normal y cuando nos casamos fuimos a trabajar juntos. Después llegaron algunos reemplazos hasta que con Norma se nos ocurrió la idea del jardín.
“El tema- continúa- es que no teníamos un lugar. Era algo nuevo, para el barrio y nosotras. Mi hermano nos sugirió ir al club 9 de Julio, donde al principio fueron un tanto reticentes, ya que el único lugar disponible entonces era uno de los balcones del salón y se llegaba con escaleras. Los chicos tenían 3 y 4 años, no era un acceso fácil. Pero lo hicimos, trabajamos y salimos adelante.
“Lo más notorio es que aplicamos los métodos de Aurora Borda Fredes había instrumentado en su jardín “Frutita Verde”; los chicos tenían actividad física coordinada, trabajos en el parque, juegos didácticos y alternativas que eran de vanguardia para la época”.
Buscando y encontrando…poco
La tarea de buscar más datos fue poco productiva, aunque insumió un par de meses hasta que decidimos que había que publicar con lo que teníamos, con lo que es un hecho que luego vendrán todos los datos que faltan. Invariable ley del periodismo.
De los 17 alumnos, hemos podido identificar a 12, y ello luego de variadas e interminables consultas, correcciones y desmentidas: María “Tati” Albrecht, Carlos Alberto Maina, Claudia Castro, Marcelo Basano, Marcelo Andretich, Diego Andretich, Viviana Heit, Daniel Vetorelli, Gerardo Gunzel, Carlos Mancinelli, Enrique Peretti y (...) Beltramino.
Por error de menciones u omisiones, el autor se hace responsable y pide disculpas. Más no conseguimos.
La vida de este Jardín (el primero en la historia del club) tuvo continuidad durante el año escolar y al siguiente sus “egresados” iniciaron la escolaridad primaria, los mayores, o el preescolar los más chicos que comenzaría en la Escuela Manuel Belgrano.
Conociendo la historia juliense y la devoción casi religiosa de la dirigencia de esa época por las reuniones bailables, no quedan dudas que las maestras debían acarrear lunes y viernes todos sus elementos para dar lugar a la reunión danzante sabatina; aunque, de hecho, los chicos utilizaban las sillas y mesas del baile, convenientemente adecuadas.
Algunos evocan que los delantales eran de un cuadrillé verde, aunque con tonos varios y que lucían una corbata con sus nombres. Alguna vecina, ya mayor, se acordaba que a la hora de salida las docentes llevaban a varios de los chicos a sus casas, porque las madres estaban trabajando y quedaban al cuidado de hermanos o primos mayores.
De hecho, hay muchas otras fotografías, que no se pudieron incluir aquí por obvias razones de espacio, donde aparecen otros chicos a la hora de los juegos, que no eran alumnos, pero que acudían al club y se mezclaban con los “jardineros”.
Cosas y recuerdos de chicos que hoy son adultos. Historias grandes. La hermosa vida, que le dicen. Aunque las precisiones sean escasas, los corazones no suelen en esos detalles mínimos.
(Nota del autor: dedicado, en el nombre de los 17 chicos, a Norma y Elsa, maestras.)
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