Por REDACCION
Vamos a ponerlo en un serio apuro, lector: defínanos en pocas palabras qué es la felicidad. ¿Vio que al principio, así enunciado, parece fácil?
Entender y practicar el concepto felicidad es ingresar a un ámbito complejo ¿Qué es? ¿Está a nuestro alcance? ¿Dónde termina el ámbito individual de su determinación y en qué instancia comienza su materia propia, separada del interés de los humanos?
En algún lugar de nuestro interior está flotando, sin intención de naufragar, la palabra. Reclamamos ser felices y llegamos incluso a decir que tenemos el derecho natural de serlo.
Tal vez sea equivocado pensar que –simple y fácilmente- está en el aire y que no debemos hacer ningún esfuerzo para que nos llene de satisfacción su presencia. Como se presenta esquiva, se percibe la diferencia de matices de los verbos ser y estar.
Como no se nota siempre su presencia -no es un objeto- decimos muchas veces “soy” feliz cuando en realidad estamos gozando de un estado de ánimo momentáneo, y es cuando deberíamos decir “estoy feliz”. Ninguna sensación interior es continua y omnipresente.
¿Cuál será el camino? ¿El de “tener”, que incluye principalmente bienes materiales? ¿El de “ser”, que es bastante parecido al de “sentirse”? ¿Dónde está la felicidad? ¿Afuera o en nuestro interior?
Para buena parte de la gente, reside en un extremo de la ambición, y felicidad es conseguir cuánto pretendan, sin límites: son los que siempre quieren lo que no pueden tener. Otros dicen que está en todas partes y es de fácil acceso: hay que sentirse satisfecho y feliz con lo que se tiene y no buscar en lo que está lejos, porque nunca se llegará al horizonte; para resumirlo de alguna manera, María Elena Walsh dice en “Sábana y mantel” que “se puede tener mucho, pero no tener con quién”.
Estamos transcurriendo a mitad de camino entre la ambición y la conformidad, dentro de un enorme signo de pregunta que no sabemos -o a veces no queremos- cerrar con una respuesta propia. A nadie le gusta “renunciar” a un derecho fundamental que le permita gozar cabalmente de la vida.
Parece ser nuestro destino buscar siempre la felicidad completa, llena solo de detalles placenteros, la que excluye las circunstancias que obstaculizan la suma de la dicha, esa que nos llena de luz los ojos. En esa búsqueda conoceremos muchos instantes felices, intercalados sabiamente por la vida. Caminaremos por un suelo de distintas contexturas, porque nunca tendremos la sensación de seguridad total.
Hasta que finalmente llegue ese momento, previsto desde siempre y nunca deseado.
Allí y entonces, solamente entonces, cuando mirando hacia adelante y a los costados, solo se vean puertas y ventanas cerradas y llaves que se irán convirtiendo en nada a medida que estiremos los brazos para alcanzarlas; allí, en ese último minuto presentido, silencioso y callado, indiferente, neutro, en ese minuto deshabitado de posibilidades; entonces y allí, sin más panorama que la contemplación de un vacío seco, posiblemente nos abarque una paz inaudita que será, sin puntos ni comas ni espacios, una quietud confortable, la configuración de una sensación de paz, un aceptado -y tal vez querido- definitivo modo de felicidad.
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