Por Adrián Volpato
Rojizos amaneceres, mares de dunas, espesas junglas, y animales salvajes.
África es un continente mítico, y hasta idealizado por el cine y la literatura. Sin embargo, África es real, auténtica, y se lo hace sentir a quien la descubre…
Suelen preguntarme -¿Qué es lo que más te impactó en África? Y esa pregunta carece de respuesta.
Como en un caleidoscopio, las imágenes se suceden…
Todo es salvaje y virgen en los desiertos, sabanas, selvas y ríos furiosos que hilvanan este territorio. La experiencia de ver, oír y oler África supera lo imaginado en una geografía generosa, donde limitarse a la contemplación es casi un sacrilegio; para conocerla hay que poner el cuerpo.
Inmersión al reino de lo salvaje
Sudáfrica me recibe con su particular relieve y cultura exótica. A lo largo de la historia, a su cóctel original de nueve tribus negras –los zulúes son los mayoritarios- se agregaron otros colores, otros credos, otras costumbres.
En el inmenso espacio natural del Parque Kruger comienza un contacto realmente íntimo con la naturaleza. Un grupo de cebras, como una aparición mitológica, galopa entre acacias con gigantescas espinas. Jirafas y sus crías se alejan en cámara lenta. Los kudus –antílopes de gran tamaño- pastan.
Y aquí están los “cinco grandes”, sin predadores naturales; elefantes, rinocerontes, leones, leopardos y búfalos.
Algunos encuentros son muy esquivos, en particular con los felinos.
Un león gira y descubre su cara envuelta en una impresionante melena. Tengo una certeza, allí, en esa escena mínima pero intensa, está uno de los rostros más poderosos de África.
Acostumbro mi mente a conducir por la izquierda.
Por la esplendorosa Ruta Jardín, una franja que se extiende entre la selvática montaña Lounge y el Índico, llego al Cabo de las Agujas, el punto más austral del continente, el lugar exacto que eligieron los dos océanos –Atlántico e Índico- para su cita eterna de todos los días.
El azul intenso del Atlántico se recorta en bahías de todos los tamaños salpicadas de villas de arquitectura victoriana y arribo a otro cabo, el de Buena Esperanza; y se entiende por que su primer nombre fue Cabo de las Tormentas. El viento sopla con fuerza inusitada. Al frente, un mar infinito y el mismo paisaje virgen que vieron los primeros conquistadores.
Después, aparece la solemne figura de la Table Mountain, un macizo de piedra de mil metros de altura que por efecto de la erosión es chato como una mesa. Suele estar cubierto por un manto de nubes, al que denominan “mantel de la mesa”.
La vista desde su cima es imperdible y desgrana un verdadero oasis de colores, distinguiéndose la tristemente célebre isla Robben, donde Mandela estuvo 18 años preso durante el régimen del apartheid.
A sus pies descansa Ciudad del Cabo, la bella, la urbe madre de Sudáfrica donde se establecieron los colonos holandeses.
Rumbo a Namibia, “namaqualand”, es una árida región del suroeste africano. La mayor parte del año el paisaje es desértico y las escasas precipitaciones ocurren una o dos veces al año; sin embargo en primavera –desde agosto hasta fines de octubre- después de la primera lluvia, como un milagro, un brillante manto multicolor cubre los valles.
El poderoso Orange river, línea de vida que corre hasta los bordes del desierto del Kalahari, marca la frontera entre Sudáfrica y Namibia.
El calor intenso y la ausencia casi total de lluvias son marca registrada en el país, y uno se pregunta si será el motivo por el que está en su mayor parte deshabitado.
Nada en África es parecido a esto. Esculpido durante miles de años, el cañón del río Fish es una de las cicatrices más largas del planeta.
En la meseta árida y plana, la única compañía son algunos aloes dichotoma con sus ramas dentadas cubiertas por una fina capa blanca que refleja el sol. Albergan enormes nidos comunales de tejedores; aquí sus crías están a salvo de serpientes y chacales.
Proa al norte, es difícil definir que se siente al trepar las dunas de Sossusvlei, un salar en el desierto del Namib. Son las más altas del globo y alcanzan los 400 metros. Las siluetas gigantescas se repiten hasta el infinito, creando dibujos inauditos.
El Namib se prolonga hacia la Costa de los Esqueletos, una de las zonas más estériles e inhóspitas de la Tierra. La niebla flota en el aire otorgándole un aspecto fantasmagórico.
Rodar en moto por aquí es una odisea. Inmerso en la más absoluta desolación, tengo que liberarla a pulso de la trampa arenosa en varias ocasiones.
Antiguamente los marineros que naufragaban y la corriente arrastraba a la costa no contaban con la posibilidad de sobrevivir, y de ello deriva su macabro nombre.
Sigue Botswana, el mayor productor mundial de diamantes.
El gran desierto del Kalahari divide al país en dos regiones, y en el norte está la cuenca pantanosa del río Okavango. El mismo penetra en el desierto formando una inverosímil red de afluentes y dédalos. Cuando baja el nivel, toda el área se llena de cebras, elefantes, leones.
Desde la carpa plantada a orillas del río escucho el resoplido de los hipopótamos.
Una gran extensión de sabanas marca la transición hacia los bosques del norte.
Ahora la senda atraviesa el Parque Chobe, y unos policías me advierten; -Tenga cuidado con los leones, les gusta la carne blanca y son más rápidos que su moto. En África, el humor tiene matices algo peculiares.
Pero aquí los reyes indiscutidos son los elefantes, concentrando una de las mayores comunidades de esta especie. Cuando deciden avanzar, es menester detenerse a prudencial distancia. El jefe de la manada otea el paisaje, y un elefante enojado es realmente de temer.
Y también están los baobabs o árboles botella. Algunos se ahuecan en la madurez –se habla de ejemplares que alcanzan los 4.000 años- y se convierten en grandes depósitos de agua.
El agua tibia de mi cantimplora es oro, y la situación ayuda a ponerse en la piel de los botswanianos que sufren la carencia de la misma.
El valor del agua es para ellos inigualable. Tanto, que la moneda local se llama pula, que significa agua potable.
El África negra
Poco a poco, el amarillo deja paso al verde explosivo. Es la entrada real a África, donde surgen las aldeas con aromas picantes y niños descalzos que saludan. Es el África desmesurada y profundamente negra.
El río Zambezi, que nace en Zambia, es punto de encuentro natural entre cuatro naciones; Namibia, Botswana, Zimbabwe y Zambia. Cerca de allí, forma la caída de agua más grande del mundo, las monumentales Cataratas Victoria. Sin duda, el viajero halla aquí uno de los escenarios más conmovedores de una travesía que no ahorra emociones. Descubiertas en 1855 por David Livingstone, recibieron su nombre en honor a la reina de Inglaterra.
Zimbabwe es un país fértil, verdísimo, surcado por caudalosos ríos y salpicado de altas montañas.
La antigua Rodesia tuvo la mayor renta per cápita del África. Pero llegó Mugabe y todo se fue al infierno. Nada funciona en Zimbabwe. La inflación desbocada y los ataques a las granjas sumieron a la república en el caos, el hambre y el desgobierno.
La moneda propia desapareció, sustituida por el rand sudafricano o el dólar americano, y la pobreza sobrevenida obliga a la prostitución.
Una anciana blanca atraviesa la calle. Su vestido gaseoso y el sombrerito de paja son vestigios irreales de otro tiempo.
En Zambia, el horizonte es una zarza espinosa y espesa que brota por doquier. Lo llaman the bush.
Kilómetros y kilómetros del mismo paisaje bajo un cielo uniforme. Cada cierto tiempo aparece un poblado de chozas.
No hay nada más. Tampoco gasolineras en más de seiscientos kilómetros.
Desde Zambia hasta el norte de Sudán, son áreas de transmisión de malaria. Ropas largas, repelente, y la buena providencia son necesarias.
Estoy a mucha distancia de cualquier cosa que se parezca a un hospital. Y recuerdo las palabras de mi médico de cabecera, poco antes de partir, -Vas a necesitar dos asentaderas y varios meses para absorber los químicos que la profilaxis aconseja; si no puedo disuadirte, ve, y que el Todopoderoso te proteja…
Observo la proyección de mi sombra, y la brújula señala burlonamente el norte de la única vía practicable.
Las tierras fértiles de Malawi, son célebres por sus campos de tabaco e infinito colorido. Su gente alegre y divertida, ama el futbol. Messi, es poco menos que Dios, y ser su coterráneo es suficiente pasaporte para casi todo.
La nshima, elaborada con harina de maíz y acompañada con verduras, carne o pescado constituye el alimento básico. Nada de utensilios, las manos bastan.
Las playas y las aguas claras del lago Malawi son una tentación constante e irresistible; claro está, hay que cuidarse de los cocodrilos. Y Livingstonia, ubicado en la montaña a unos 800 metros sobre el nivel del lago, regala una de las mejores postales en África.
Ingreso a Tanzania. La vegetación se vuelve exuberante, imponentes cerros tapizados de árboles, correntosos ríos marrones, tierra colorada.
Las aldeas del tiempo con sus peces deshidratados a sol y sal, ven pasar a un motociclista blanco que arrastra el polvo del camino.
Pero las pistas africanas no son algo para tomar a la ligera.
Baches, polvo, y vehículos humeantes que sólo respetan una ley; la del más grande. Hay gente por todas partes. A pie, en bicicleta, en matatus –microbuses-, en coches, en camionetas, en patinetas, en todo aquello que pueda moverse sin importar lo viejo, contaminante o peligroso que sea. Conducir en África supone un slalom continuo para evitar peatones, animales, y agujeros profundos como piscinas.
Otra barrera es la idiomática. Y aquí, además de muchos dialectos, se habla el swahili.
Surgen las primeras mezquitas –lugar de culto para los seguidores de la fe islámica-. Los musulmanes las llaman por su nombre arábigo, masyid.
La ruta hacia el Índico atraviesa el Parque de Mikumi. Jirafas, elefantes, babuinos, y búfalos cruzan libremente la carretera, mirando con escéptica resignación al intruso motorizado.
Dar es Salaam –Remanso de Paz-, la antigua capital del país e importante puerto comercial, es la vía de acceso a Zanzíbar.
El ferry, me traslada a Zanzíbar o isla de las Especias o de los Sultanes, con el marco de los dhow, los barcos árabes de media vela.
Zanzíbar, es un paraíso de palmeras, playas de arena blanca y aguas turquesas. Stone Town, su principal ciudad, con estilo árabe y aroma de especias exóticas, poco ha cambiado en los últimos doscientos años.
Retorno al continente, y Tanzania reserva más belleza. Con destino norte, el monte Kilimanjaro –Kibo, para los locales- con sus 5.892 metros representa el techo de África, aunque es difícil ver su cumbre nevada generalmente cubierta por nubes.
Luego continúan zonas naturales con variada vida silvestre, hasta inclusive un viejo volcán colapsado cuyas altas paredes contienen un ecosistema de lagos, bosques y animales. Pero nada se compara, al colosal Serengueti, una inmersión total a lo salvaje en la infinita sabana, famoso por las migraciones anuales de miles de ñus o wildebeests -bestia salvaje en lengua afrikáans-, una especie de antílope
Un leopardo, soberano, observa con paciencia a un grupo de impalas, desde la copa de un árbol. Y la vehemencia y crudeza de África, una vez más, me ofrenda un instante profundo, difícil de olvidar.
Después de conciliar económicamente con las autoridades, pues no tengo el famoso “Carnet de Passages” –Libreta de paso por aduana-, cruzo otra frontera.
Kenia es un crisol de más de cuarenta tribus. La mayor es la Kikuyu, a la que odian casi todas las demás.
Aunque sin duda, la más famosa es la Masai, los señores de la sabana. El Dios que todo lo creó les concedió la propiedad de todos los rebaños. O al menos, eso sostienen.
Viven en bomas, casas hechas de ramas, arcilla y excremento de vaca. Las mujeres visten atuendos coloridos, lucen llamativos collares, y los hombres portan un gran bastón que reemplaza a la tradicional lanza –ahora prohibida-.
Dos jóvenes esbeltos se acercan curiosos y me convidan con un extraño brebaje a base de leche y sangre, típico en su alimentación.
Nairobi, la capital, es la gran ciudad de África del Este, aunque la apoden Nairobbery por sus robos; paso obligado para los aventureros que recorren el continente.
Aquí, por fin, se consiguen algunos repuestos mecánicos, aunque no demasiados; y aquí está una de las pocas embajadas argentinas en África. Tardo en localizarla, pero lo justifica.
Un emotivo encuentro con compatriotas, que quedan absortos ante mi presencia. Charlas, sonrisas, el añorado sabor de unos mates, y las cartas de recomendación necesarias para gestionar los visados de Etiopía y Sudán.
El África negra, no comulga mucho son sus hermanos musulmanes del norte, y recíprocamente.
Bordeo el monte Kenia, la segunda montaña más alta del continente tras el Kilimanjaro. Alrededor de la línea ecuatorial; el horizonte es selvático y la tierra intensamente roja, ruge. Las plantaciones de té espolvorean de esmeralda las colinas. En Nanyuki, los indígenas se apostan en la señal del Ecuador a la espera de turistas a los que hacer el numerito del sumidero de agua que gira al revés.
Pasando Isiolo se abre la puerta al norte de Kenia, vasta extensión de desiertos, montañas, matorrales,… y bandidos.
Hay que cubrir más de quinientos kilómetros hacia la frontera con Etiopía. En aquella tierra de nadie me “asocio” con Ulrich y Jeremie, dos franceses montados en idénticas Jialing 125 cm3. Buena compañía para compartir la aventura y sortear contingencias.
Sendas ásperas, soledad, arenales, pinchaduras y algún desperfecto mecánico; el polen del peligro flota en el aire.
La marcha es dura y prima el espíritu de solidaridad, la “ley del desierto”. Consiste en que por habernos adentrado juntos, asumimos que seríamos un grupo compacto y que colaboraríamos. No es un engorro, ni una pamplinería romántica, es la herramienta que otorga ánimo y seguridad para vencer adversidades.
La marca del Islam
El macizo etíope se eleva entre 1.800 y 3.000 m.s.n.m. Etiopía, es el único país africano jamás colonizado.
Después de mucho andar, vuelta a conducir por la derecha.
El valle Rift tiene una belleza hipnótica; con una sucesión de lagos, sus aves, y la más impresionante vista de cocodrilos tomando sol.
Algo no funciona bien en “La Princesa”. Mis amigos franceses comienzan a llamarme “Presidente”, pues como medida precautoria uno de ellos abre la marcha y el otro la cierra, al mejor estilo escolta.
Las humildes aldeas vitorean nuestro paso haciéndonos sentir corredores del Dakar, pero por si acaso los niños siempre sostienen alguna piedra en sus manos.
Al fin, en Kulito, lo temido acontece. La moto se detiene y ya no hay manera de arrancarla.
Esto saca del letargo al lugar. En un minuto dos curiosos se acercan, en cinco hay diez moradores, y al final el villorrio completo me rodea.
Todos varones; aquí como en otras regiones africanas rige la “ley del león”. Las mujeres trabajan, procuran el alimento, crían los niños; los hombres procrean y protegen, es decir ven pasar el tiempo.
Sobreviene la despedida. Ulrich y Jeremie deben continuar. Un viaje, también es una cadena de encuentros y adioses.
Tras muchas penurias, y algunos desbordes de ríos por torrenciales lluvias logro trasladar la motocicleta a Addis Ababa, la capital, para intentar su reparación.
La ciudad tiene ambiente de villa. Sus calles carecen de nombres y numeración; y el ininteligible idioma amárico no colabora.
Reparar un CDI –cerebro electrónico o caja negra- en Etiopía es tan probable como hallar una aguja en un pajar. Luego de veinte días de peregrinar, la providencia arroja la persona indicada, y el milagro se produce.
Fortalecido por esto y por una copiosa enjera –harina fermentada de teff , un cereal local- emprendo otra vez la ruta.
El lago Tana revela sus islas con antiguos monasterios –cristianismo primitivo- aún habitados por monjes que siguen una vida apartada y monástica; y es el origen del Nilo Azul que en Jartum la capital sudanesa se une al Nilo Blanco procedente de Uganda, para formar el Nilo.
Y falta Lalibela. Remoto centro de culto con sus increíbles iglesias talladas en la roca.
El ventilador de techo hace vanos intentos para derrotar el calor en la oficina de inmigraciones de Sudan. Tras una larga y paciente espera, el funcionario decide sellar el pasaporte.
Esto es África, y los tiempos no son los occidentales.
Tierra musulmana. Los pocos carteles están en árabe, y es de valor al menos conocer los números –distancias y billetes-.
A la vera del camino, y por toda compañía unos camellos; nobles animales capaces de ingerir 180 litros de agua en una sola vez y avanzar sin tomar de nuevo durante más de 10 días.
En Gedaref pretendo fotografiar una mezquita. Resultado, un grupo enardecido de árabes me rodea intentando romper la cámara y lincharme. Es una cultura cerrada, muy religiosa, y con cierto resentimiento hacia lo occidental.
Mujeres cubiertas de pies a cabeza de negro, con guantes negros y apenas una rendija en los ojos que les permite ver, hombres con túnicas –galabeia- y turbante fumando el tabaco aromatizado de una shisha –pipa refrigerada con agua-. La ceremonia del café, o del té –el de jengibre es exquisito-; y nada de alcohol.
Más adelante, se corporiza Jartum, la capital. Aquí, ambos Nilos –el Azul y el Blanco- se enlazan para formar el Nilo, que corre 6.700 kilómetros hasta su desembocadura en el mar Mediterráneo.El espíritu árabe empapa el colorido mercado de camellos, y la variada oferta del souq –mercado a cielo abierto-.
Desde las torres de las mezquitas se llama cinco veces al día a rezar, y en la ciudad se mezclan el sonido de las bocinas con miles de voces entonando esa letanía que puede ponerle a uno la piel de gallina y que dice en árabe “Alá es grande” y otras alabanzas. Y entonces en esos cinco momentos del día, en cualquier sitio, donde sea que el llamado al rezo encuentre a los fieles, se ve a hombres, mujeres y niños arrodillarse y pegar la frente en el piso, en dirección a La Meca.
No son menores estas cuestiones religiosas. La población las toma muy en serio y cumple con todos los preceptos.
La obediencia religiosa reduce drásticamente el delito. Los fieles no delinquen; aunque claro está, nunca falta algún infiel.
La brecha idiomática me obliga en los suministros a diferenciar la gasolina con el olfato. Suena cómico, hasta ridículo: pero es real y concreto.
Baja barroso y duro, verde en las orillas y amarillo en su corriente. El Nilo… El padre de los ríos… El inmutable. Todos los nombres para una magnificencia inmemorial.
Sigo su curso, adentrándome en el norte de Sudan, caracterizado por el abrazador calor del desierto.
Este es el Sahara, el fatal e interminable océano amarillo, plagado de dunas, castigado por la ardiente araña de oro. Tal vez una parcela del infierno, en el mundo de los hombres.
La realidad de fuego todo lo devora y la voluntad parece licuarse, envenenada por ese aire casi irrespirable.
Sólo algún humilde asentamiento, o estrechas pirámides emergiendo de la arena, restos de anteriores civilizaciones. Letales escorpiones, y el fantasma del chergui, la feroz tormenta arenosa.
Este es el desierto. Cuna y tumba de los beduinos errantes, los hijos de la nada. Hombres de granito, roca y sal.
Alcanzo Wadi Halfa, su atmósfera me hace sentir, que el tiempo no existe y que las prisas son males de otra sociedad. Aquí aguardo el ferry semanal, que me llevará a tierras egipcias.
En realidad, son dos ferries. Uno transporta cargas y vehículos, y el otro pasajeros.
Deposito la moto en un casco semiderruido, y ruego que llegue a destino.
En la noche, parte la otra nave. Reina el silencio, el calor es mitigado por el viento y la fría reverberación de las aguas.
Al amanecer, casi me arrojan al río por interponerme involuntariamente en cubierta entre unos oradores y el sol.
Luego de 16 horas desembarcamos en Aswan.
Egipto es el país más burocrático del mundo. Los formularios están en árabe y se requiere los servicios de un “pasador”. Todo es obligatorio; visa, seguro, carnet de passages, placas egipcias, y… un largo etcétera.
Aswan, la ciudad más meridional de Egipto, en la margen oriental del Nilo, parece pegada a otro tiempo, rodeada de palmas e islas. El río es un espejo cortado por blancas falucas –veleros egipcios- y la construcción de la represa obligó al traslado de antiguas obras, como Abu Simbel, la construcción más impresionante del faraón más grande de la historia egipcia, Ramsés II.
El barco que transportaba la moto rompió los dos motores y por ventura llega a puerto cinco días después de lo establecido. Entre gritos, descargan “La Princesa” a pulso, y sólo por obra de Alá no termina en el fondo del lago Nasser.
Arena. Muchísima. Casi todo es arena en Egipto, el 95 por ciento del territorio es desierto.
El río más largo del mundo es la arteria del país y todo lo importante se agrupa a lo largo de sus bancos, única tierra fértil, como ha sido por miles de años.
La concentración de monumentos es extraordinaria. El Templo de Horus, de Hatshepsut, de Luxor –en el corazón de la antigua Tebas-, de Karnak, y otros más en el valle de los Reyes, y de las Reinas; consagrados a distintas divinidades, donde faraones, reinas y súbditos trataban de trascender a la muerte.
Abandono momentáneamente el curso del Nilo y copio la costa del mar Rojo con destino a El Cairo. Villas pesqueras, blancas playas e inimaginable belleza submarina. En las áridas montañas, con sobrevista al golfo de Suez, persisten remotos y aislados monasterios cristianos que datan del siglo IV.
El desierto implacable continúa aquí, ajeno a las tragedias pequeñas de los hombres.
Cuando sale el sol, la arena adquiere un tono dorado intenso, atrayente. Uno puede sentirse pequeño o gigante, llorar o reír, pero no puede permanecer indiferente.
El Cairo es Egipto. A orillas del Nilo, la mayor urbe del mundo árabe y de África –aproximadamente 22 millones de habitantes-. Hirviente, caótica, una mezcla de casas de adobe y rascacielos, automóviles y carros tirados por animales. En ese desorden, el apego a la bocina es como un ritual compartido por todos; más que una herramienta de manejo, un medio de opinión.
Olor a incienso, a hierbas exóticas, a menta, a tabaco aromatizado. Vendedores voceando sus productos en árabe, en francés, en inglés o en la lengua que se sospecha habla el posible comprador según su aspecto. Sobre las mesas en la calle, en los locales, un amasijo de coloridas cosas. Viejas y nuevas. Buenas y de las otras. Miles de alfombras, necesarias para separar los pies de la arena. Y absolutamente todo se regatea. Regatear, es un arte.
El pulso de una ciudad que deslumbra con sus contrastes, de cara a la meseta de Giza. Allí, en medio de una bruma que parece la del tiempo, las tres pirámides; Keops, Kefrén y Micerino.
Es difícil sacarles los ojos de encima. Uno sabe que están ahí, altivas, misteriosas, desde hace 4.600 años.
La mayor, la Gran Pirámide de Keops, tenía una altura de 146 metros, que la erosión redujo hasta ahora a 137.
E impresionan otros números que la definen; la base es de 230 metros por lado, construida con 2.700.000 piedras, algunas de las cuales pesan 20 toneladas, encajadas unas sobre otras sin ninguna clase de cemento. Tiene ocho cámaras funerarias, una de ellas, a sesenta metros de profundidad, y dos huecos que fueron entradas pero que hoy son pasillos truncos.
Es la más antigua de las “Siete Maravillas del Mundo” y la única que aún perdura.
En su paso por Egipto, Napoleón le rompió la nariz a la Esfinge –representación de un león con rostro humano- que está en frente de las tres pirámides. Y los ingleses, le cortaron la barbilla, para llevarla al museo Británico.
Quiero retener la imagen de las pirámides, construidas como parte de un sueño imposible; ganarle al tiempo, alcanzar la eternidad.
Me embarga una sensación de pequeñez e insignificancia personal. La convicción de que todo, siempre, se convertirá en arena.
Hace unos años un grupo fundamentalista islámico asesinó a visitantes extranjeros, y ahora se respira un aire enrarecido. A punto de cumplirse un año del mandato de Mohamed Morsi, parece aproximarse un golpe de estado.
Hago malabares para conseguir un poco de combustible –las estaciones no expenden por temor a la fabricación de bombas incendiarias-, y me alejo de El Cairo.
Al norte, donde termina África, está la resplandeciente costa mediterránea. Su foco principal, la encantadora ciudad de Alejandría, fundada por Alejandro Magno en el 332 a C. Más al oriente, Port Said, a orillas del canal de Suez que divide África de Asia, con su horda de barcos.
Una revolución a punto de estallar; Libia, tierra tumultuosa luego de la muerte de Kadafi; y Siria la otra boca de entrada a Europa, en guerra. Ingresar a Egipto no fue fácil y salir se muestra más complejo aún. Pero esa, es otra historia…
No eres dueño de nada,… excepto de tus sueños.
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