Por Ricardo M. Fessia
I - Existe gente que no se sabe quedar quieta. Si bien parecen paradas en el presente, afincadas sobre sus pies, suele ser una situación ficticia, en verdad están siempre un paso más adelante, impulsada a la acción por una mente inquieta a la que el cuerpo no tiene más que seguir.
A esa reducida clase de sujeto no le son suficientes las habituales formas de exteriorizar; tantas son las ideas que la marea de su creatividad deposita en la orilla de su entendimiento. La testera es una usina constante. El abanico de posibilidades para concretar ese frenesí es amplio y casi inacabado.
En un país donde la realidad nos devuelve la imagen en donde sus habitantes, con afanosa furia, se dedican a destruir lo poco que queda de esa nación que construyeron los mayores que, con denuedo, trabajaban por un proyecto de entidad nacional que determinaba los valores y contenidos de una identidad compartida, recibir una obra del costumbrismo creador, en motivo de celebración.
Edgardo Daniel Peretti, por él estamos sentados ante el teclado, observa y escribe. Algo de ello, solo casi que a cuentagotas, entrega a la minerva para que ella perpetúe en el papel. La última, “La oscura existencia del Bayo
Pellegrini” (Buenos Aires, Dunken, 2018, 100 págs).
II - La cotidianeidad hace que las cosas discurran casi imperceptibles ante los ojos de quién, ocupado en lo propio, no repare en la fina trama de los sucesos que se filtran en ese aciago devenir. Pero ahí están estos hombres; los que se internan en la urdimbre, la reconvierten y la presentan con su versión más entrañable. Como Quijotes van divulgando hasta que otras voces aportan a esa policromía y toman formas de mito urbano.
Precisamente, este cronista de lo consuetudinario, observa, a veces a hurtadillas, maniobra y relaciona, comenta y escucha, trama y registra, para concluir en un relato. Arrebujado de sus propias conclusiones, en oportunidades ingeniosas, nos sacan de lo perecedero y nos devuelve los mejores momentos.
III - Como del autor ya hablamos, por si haría falta, cuando la recensión del desopilante “Arco de la Esperanza”, agregamos que su relación con las letras le viene de los primeros años. Apenas pudo ingresó a “La Opinión” con el
rango de meritorio, es decir, como “che pibe” en la sección deportes. Para ello había que ocurrir a las canchas y prenderse de tejido, subir a un tambor de 200 litros o alguna otra peripecia y apuntar en una libretita lo que se podía.
Pero ese estadio lo abandonó pronto, si bien la empresa por esos días era una sumatoria de voluntades. Se ganó el respeto de los maestros, como llama a algunos de ellos y, sobretodo, el cariño. Llegó a ser Prosecretario del diario.
Un hecho inusitado hace que cambie su vida profesional con otro destino laboral, pero cuya mudanza es “al lado”, literalmente. Otro mundo lo esperaba pared de por medio.
La pluma no descansó, por el contrario. Comenzaron a emerger esas breves historias citadinas que, a esta altura, lo tienen como un privilegiado cancerbero.
IV - Este libro tiene el tamaño justo; 100 páginas. Las necesarias para traernos a la memoria aquellos hechos.
En una suerte de confesión, y después del prólogo que encargo a Roberto Actis, que alguna vez fuera responsable del área deportes del diario e histórico “Secretario de redacción”, sostiene que “era tiempo de rejuntar”.
Tomando ese formato clásico, seleccionó cuidadosamente los artículos que publicó en variados espacios –principalmente en las ediciones de “La Opinión”- y luego de un tiempo de maceración, agavilló en este tomito que ofrece como testimonio y canto a la vida.
V - No es casual que el título del libro sea el de uno de los artículos. Peretti no es un recopilador citadino, es barrial. Se advierte alguna porfía interior, pero triunfa esa obstinada pertenencia a ese “mundo perettiano”; el “9 de Julio”, por supuesto; los túneles, que según su imaginación serpenteaban las entrañas de la tierra vinculando furtivamente centros de poder; la masonería o logias de sociedades secretas que en oscuros salones definían el curso de los acontecimientos.
Por momentos entretiene al lector con cuestiones pasajeras -“El arquero que nunca volvió”, o recuerdos sentidos- el infausto 20 de junio que le llevó al “Petiso” Heidegger, y hasta vuelos de argumentos fantásticos -como “La Pepona”-, solo para referirme a estos que cobija su última entrega.
Pero a esa obsesión tunelera ahora le entrega un giro impensado: el tal Michael, guardián de las excavaciones, lo invita confundiéndolo con otro personaje que alguna vez apareció y hace de cicerone en una visita casi propia del realismo mágico. Más resulta que el túnel no es más que una herramienta argumentativa para recorrer su barrio. Pasan todos los personajes; jugadores de fútbol, de bochas, el doctor Borlle, el farmacéutico Rossi -padre de Silvia, mi condiscípula de la Facultad- y otros tantos.
Como el crítico debe tener libertad, tomando de ella, repararé que cuando llegó a la heladería de Monroig -heladería San Martín-, siempre sottoterra, hizo poner el carrito de helados tirado a caballo. El autor perdió la gran oportunidad de poner, en privilegiado lugar de ese museo imaginario, el célebre “Ford T”, celeste y blanco, especialmente acondicionado, que durante todo el verano se estacionaba en la vereda este de la plaza, donde nace boulevard Santa Fe.
Siempre con el sayo de crítico, no puedo dejar de echar un párrafo respecto a “Las naranjas del Club Bolivar”. Cuenta algunos pasajes de tradiciones urbanas que refieren a un club de futbol casi a metros del “9”, de vida efímera, en relación a las otras instituciones, y en el predio que actualmente ocupa la “escuela Belgrano”. Menciona algunos jugadores de ese Club Bolívar y hasta la casaca, cuyo registro conserva “Óptica Lencioni”. Mi referencia es adicional una y de enmienda la otra. Respecto a la primera, entre los deportistas nombra a Juancito Villar; y es muy posible que sea así ya que recuerdo haberlo escuchado del mismo actor en algunos de las tantas reuniones gastronómicas que compartimos. Es más, con seguridad quien jugaba también era José, el hermano mayor, del que puedo asegurar que vistió la camiseta del “9” no solo en balompié sino que en básquet; si, tal cual se lo puede leer. Otras tantas veces el propio José, sin que la iteración sea fastidiosa, me contó de sus días de basquebolista. No hace falta la adición de
recordad su baja, a muy baja, estatura física. Lo que integró un reducido grupo de hombres que fueron patinando a Santa Fe, es rigurosamente cierto.
Atento, por esos días la ruta era de bloque de cemento, que se unían al siguiente bloque con una junta de brea, que siempre sobresalía, de manera que la superficie estaba lejos de ser lisa.
La enmienda, y esta no se la dejo pasar, es una confusión importante de personajes. “Juancito” Villar es el titular del puesto de verduras en el mercado, tanto el viejo como el nuevo. José, el mayor de los Villar que había nacido en Brasil, es el de la tienda que también estaba en el viejo marcado y cuando cerró, para dar lugar a la Terminal de Colectivos, edificó uno nuevo sobre calle San Martín 148 -entre Stricker y a Galería-, hoy un concurridísimo comercio (“Casa Villar”) bajo la responsabilidad de Inola, la esposa del recordado “Pochi” Trossero, junto al hijo de ambos.
Extenderme en esto, que muy bien podría, sería competir con Peretti, y eso ya encierra cierto vértigo, por lo menos.
VI - Nobleza obliga. No podría concluir estas pocas líneas sin corresponder por “Chau, Firulete”, tomado de algunas de esas charlas distendidas y de cosas nuestras que tuvimos en ajenos y distantes lugares por donde la vida, que siempre la desquite, nos llevó a compartir.
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