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Información General Sábado 14 de Marzo de 2015

La máquina de las realidades

El cordobés Alejandro Schmidt no cultiva la mesura: dice que leyó unos treinta mil libros, y a juzgar por las referencias con que matiza la charla uno piensa que tal vez se quede corto. Afirma que escribió cinco mil poemas.

Santiago Allassia

Por Santiago Allassia

La voz levemente dolida de la cordobesa Elisa Gagliano. La lectura de Martín Maigua, ese arrastrar en cánticos la curvatura de ciertas vocales que hacen doblarse al poema, como quien se agacha para tocar la tierra caliente. La entraña guaraní desde una lente agrisada en los videopoemas de Ramiro Gómez. Lecko Zamora y sus textos de piel sensible, capaces de tocar eso que nombran. Palabras, música y performances que el IV Festival Internacional de Poesía de Córdoba continúa esparciendo como un reguero de espejismos para mejor mirarse y rodar hacia las cosas de siempre, pero con un brillito nuevo en los ojos.

Uno de los momentos de mayor intensidad estuvo en el recital del músico y escritor uruguayo Leo Masliah. Conocido es el gusto de Masliah por corretear entre los pasadizos de sus poemas y cancionetas susurradas desde su entrecano bigote uruguayo y carambulesco. Que corretee así por esos rincones “bobos” de la poesía, buscando como un obsesivo esos puchos que junta para armar sus disparates, quiere decir precisamente que maneja una sapiencia experta en el derrape, que termina siempre en carcajada. Es decir, que sabe de qué se trata eso de practicar el disparate.

El humor de Masliah no es inocente: por momentos logra sumergir al público en las chiclosas aguas de la estupidez que parecería colmar las tres cuartas partes de la vasija un poco rota que es la mente humana. Se diría que funciona como la mueca ridícula de un anciano un poco decrépito que se separa del malón de transeúntes en plena peatonal para ir a mostrarle el calzoncillo a la estatua de un prócer.

Allí está su genial texto “Poeta neurasténico” para mostrar cómo funciona el humor cuando supera la simple parodia, como si de pronto, a medio camino del remate de la frase, brotara la mano sucia de un demente y lo agarrara de las solapas para ir a enchastrarse en el barro del chiste que perturba y deja todo temblequeando de una risa espasmódica, mezcla de horror y de placer: “Tus ojos son tres puertas que conducen cada una al fuego eterno del aliento de un dragón encadenado a una pata de la cama en el bulín de un diplomático corrupto. Tu rostro es el espejo inabarcable que sosiega y distribuye con tranquila paridad todas las luces refractadas en los callos que se forman en las costras agrietadas de tu piel por culpa de ese maquillaje tan berreta con que te pintarrajeás.”


UNA TOPADORA

Alejandro Schmidt (Villa María, 1954) no cultiva la mesura. Dice que leyó unos treinta mil libros, y a juzgar por las referencias con que matiza la charla uno piensa que tal vez se quede corto. Dice que escribió cinco mil poemas: allí están los más de cuarenta libros que lleva publicados en casi cincuenta años de escritura. Un poeta voraz, siempre fiel a esa máxima de tirarse entero al corazón de las experiencias que lo hacen vibrar.

Leer y escribir, sí, pero también amar, beber y comer, o conversar. No entiende a los que surfean sobre la ola light ni a los que miran el pasado. De cada cosa hizo mucho, muchísimo, y sigue para adelante porque no está preparado para que la muerte llegue mañana y se lo lleve. Que es la mejor forma de estar preparado.

Hijo de un doctor en filosofía que además era sacerdote luterano, pasó su infancia en un seminario donde, entre otras cosas, también aprendió a llenarse de silencio y a crear una membrana interior que lo separa del mundo cada vez que necesita incubar un texto. Cosa que puede pasar varias veces al día. Alejandro Schmidt es una especie de topadora.

-Un verso tuyo dice “quien se alimente de enigmas, vivirá”. Creo que ahí está cifrado el sentido trascendente de la poesía, que vos rescatás.

-Claro. En esta época parece que todo debe servir para algo. Y yo digo irónicamente que la poesía no sirve para nada, pero me estoy refiriendo a que no tiene un sentido material, terrestre, porque no es útil. El único sentido que tiene la poesía es trascendente. Algo que viene del más allá de lo humano y que se dirige al más allá de lo humano. La poesía es la madre del lenguaje, genera realidad. Es lo primero. Está antes que la narrativa, que el ensayo. La poesía es la danza. Yo leo de todo, continuamente, tengo una biblioteca de veinte mil libros. Pero poesía no se puede leer continuamente.

-¿Por qué?

-Porque se necesita entrar en un estado especial. La poesía exige una concentración intelectual y sensible que no se puede mantener durante diez horas. Yo puedo entrar un rato en la poesía y después tengo que dejar la lectura porque es un estado de tensión de la forma, de la materia de las palabras, de los silencios. Porque están los aspectos rítmicos de la lengua, como están en cualquier texto e incluso en esta conversación, pero también hay otros.

-Y con respecto a la escritura, ¿también necesitás construir un espacio y un tiempo especial?

-No, yo escribo continuamente. Ahora estoy escribiendo un libro que es una máquina, un artefacto de lenguaje que ya lleva mil doscientas páginas. Publiqué cuarenta libros. Pero yo escribo adentro, por eso puedo escribir a cada rato, en todas partes, en cualquier circunstancia. Porque tuve una vida de mucha marginalidad, de mucho trabajo y me acostumbré desde muy chico a escribir siendo peón de albañil, cadete, vendiendo artesanías. No necesito un espacio ni una luz especial, ni un silencio. En cualquier lado que esté, sé ir para adentro. Entonces va, eso sale. Observar, tomar. A veces memorizo mucho y después me siento y lo escribo. Yo tomo todo. Tomo de la televisión, del cine, de la música, de lecturas, de cosas oídas al pasar, de diálogos. Tomo expresiones, momentos. No soy ordenado para escribir, voy escribiendo lo que va saliendo. A la hora de publicar trato de ordenar algún tema, algún tono. Yo no escribo libros, escribo poemas. Y al final, por supuesto, descarto y ordeno.

-¿Qué lecturas te marcaron?

-Muchas. A lo largo de cuarenta años son tantos los autores que me han marcado… De la poesía argentina me gustan Molinari, Mastronardi, Juanele, Gelman. En otro orden, me gusta Shakespeare, Vallejo, Huidobro, cuando era más joven leí mucho Rimbaud, el romanticismo alemán. Pero lo que cuenta al final son los textos a los que uno vuelve. Yo, por ejemplo, vuelvo siempre a la poesía de la biblia. No voy ni creo en las iglesias, pero vuelvo siempre a la biblia, a la lectura de los profetas, del apocalipsis. Es algo que está en mí. O sea, si vos leés doscientas veces “El extranjero”, de Camus, por ejemplo, ya no leés una novela sino que te estás leyendo a vos mismo en ese texto. Uno entra en una interpretación de una interpretación de una interpretación. Para mí la biblia ya es algo íntimo, la leo cotidianamente desde hace más de cincuenta años. Tengo un libro que se llama “Casa en la arena” que está construido sobre fragmentos bíblicos. Entonces, leer la biblia es como una respiración, otra, mía también, es un lenguaje, una mirada que opera hoy, constantemente, sobre cualquier cosa. Al margen de la fe.

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