Por Edgardo Peretti
Cuando llega el calor de enero el archivo y la memoria se encaminan , inexorablemente, hacia el acto final de la trágica película que fue la vida de Carlos Monzón.
El 8 de enero de 1995 se apagó la luz terrenal de uno de los deportistas más famosos que ha dado el país y -quizás- el mejor boxeador de toda la historia conocida. Pero eso es apenas una mención antojadiza. La biología no se reemplaza. Leonardo Favio ya no lo dirigiría y Susana andaría por otros brazos. Un monumento de mármol y nostalgia lo recuerda en dos sitios y una modesta tumba resguarda sus restos, entre apellidos patricios de la ciudad de Santa Fe .
Sin embargo, Carlos Monzón siempre da para la noticia. Aún en el tiempo de lo que ya pasó, hay madera para historias de todo tipo, como esta que aparece hoy y que lo liga a un personaje famoso, quizás tanto como él mismo, el “Titán” Martín Karadagian quien habría -el potencial tiene su asidero, como se verá luego- enfrentando a Monzón en un ring, aunque el campeón lo hizo disfrazado como la Momia, temible y amado protagonista de aquellos luchadores cuasi épicos en su nombradía, pero trabajadores comunes en su cotidianeidad.
El hecho que nos ocupa no está confirmado sino en un solo lugar, pero vale la pena buscar en otras fuentes. Hay dos libros que hemos elegido para bucear en los secretos del hombre y del campeón, que hay que decirlo- no fueron lo mismo aunque habitaran el mismo cuerpo.
Apenas llegó a la gloria, Monzón tuvo su libro. De pretendida cita autobiográfica, narraba sus vivencias bajo el título de “Mi verdadera vida”, aunque en el subtítulo tenía la dignidad de aclarar “Tal como (CM) se la contó al periodista Ernesto Cherquis Bialo.
En ese tiempo (principios de los setenta) marcaba la agenda de la vida periodística del país la Editorial Atlántida (“El Gráfico”, “Gente”, “Para Ti”, “Billiken”, etc.); con tanto ahínco que terminaría sospechada de haber sido partícipe necesario, cuanto menos, de la tragedia que sobrevendría. Cherquis ya tenía una dilatada carrera firmando sus artículos como “Robinson” y llegaría con el tiempo a ser director de “El Gráfico”; junto a Horacio Pagani (el mismo histriónico que aparece en la pantalla por estos días), ya eran plumas notorias en el ambiente.
En resumen, en ese libro nada se menciona, quizás porque el hecho que nos ocupa no tenía trascendencia o porque Monzón no lo dijo.
El otro capítulo -el final, aunque no se sabía- se abriría en la madrugada del 14 de febrero de 1988 cuando Alba Alicia Muñiz, entonces mujer de CM fallecía en una trágica jornada. El ahora ex boxeador fue juzgado, condenado por la justicia y ejecutado socialmente. No hubo piedad, aunque tenía responsabilidad absoluta en el hecho.
Aquí tomaremos como referencia el libro “Monzón: secreto de Sumario” (Edit. Vergara 1991), autoría de la periodista e investigadora Marile Staiolo, quien puso énfasis en un discurso defensivo de la mujer y la violencia sobre ellas. Válido por cierto, pero erróneo en su premonición. “Es – decía la autora- solamente para los que quieren saber más acerca de Monzón, su humilde infancia , su meteórico ascenso en el boxeo, su fama internacional, sus anécdotas, su temperamento, sus amores, sus amigos, sus enemigos, su familia. Su triunfo y su caída”.
En ese momento la única caída del campeón había sido en 1977 (30 de julio, en Mónaco) en la segunda pelea ante Rodrigo Valdez, quien lo mandó a la lona, lo marcó y lo cortó. Pero en esa ocasión el árbitro inglés Roland Dakin se apiadó de él y no contó. Pero no fue estéril, el campeón tomó debida nota del caso y se lo dijo al periodista Ricardo Porta cuando este fue a verlo a su habitación y lo encontró con hielo en su rostro y a oscuras: “me pegaron y me tumbaron -dijo- es hora de retirarme”.
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