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Información General Martes 24 de Diciembre de 2019

La singular Nochebuena de Monte Paraíso

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Agrandar imagen ORLY// PAPA NOEL//Con una alforja sin juguetes apareció en un pueblo sin niños.
ORLY// PAPA NOEL//Con una alforja sin juguetes apareció en un pueblo sin niños.
Orlando Pérez Manassero

Por Orlando Pérez Manassero

Poca gente va quedando en Monte Paraíso. Ayer se fueron a vivir a Rafaela los Campos, el padre la madre y sus cinco hijos. Ahora no quedan niños en el pueblo. La escuelita está vacía, la maestra espera que le ordenen tomarse las vacaciones, el cura no tiene a quien enseñarle el catecismo, el librero no sabe qué hacer con su stock de lápices, gomas y cuadernos, y Juanito Crossoti, el que corta el pasto de lo que llaman plaza, ya no lo hace y se pasa largas horas sentado en el único banco del lugar, aburrido, porque no tiene a quién correr. A don Batallino, el bolichero, le quedan cinco clientes, Peretto y Colassi por la mañana (vermuth con maní desde las 11:00 hasta las 12:00), y el “Negro” Galíndez, Crossoti y el “Rengo” Balestra por la tarde (cuatro porrones y truco por porotos de 18:30 a 20:00). Antes y después de esos horarios bien podría cerrar porque hasta el viejo Tullini (que no tenía horarios fijos para tomarse unos vinos) dejó de concurrir después que el médico le dijo que eligiera entre el alcohol o morir… y eligió morir. Los demás servicios los prestan vendedores ambulantes que vienen de Rafaela. Ellos pasan y se van por lo que a la Pensión y Hospedaje “El amanecer” le llegó la noche; la viuda Groseli, la dueña, hace como tres meses que no ve un cliente. Le presta una habitación al viejo Peretto a cambio de que le corte los yuyos, le cuide la huerta y las gallinas que le sirven de alimento (los yuyos no). Alrededor de los cinco paraísos y las dos altas palmeras que conforman la utópica plaza quedan viviendo, de derecha a izquierda, en la capilla el padre Gervasio, luego don Pezzeti el librero y su señora, Camila Leti (la maestra, una veterana soltera), la viuda Groseli, el presidente de la comuna don Trento (en realidad vive en Rafaela), don Batallino y, al lado de la Escuela, el Comisario Sixto Laguna. El comisario tiene un milico ayudante que no contamos porque lo envían desde la Unidad Regional Nº5 solo de lunes a viernes (duerme en el calabozo). Peretto, Colassi, Galíndez, Crossoti y Balestra viven con sus esposas en los suburbios, es decir a media cuadra de la susodicha plaza.

Así están las cosas en Monte Paraíso, población al borde de pasar a ser recuerdo en uno o dos años más, donde todos los que quedan viven de sus jubilaciones menos el comisario, la maestra y Don Trento que cobra por ser presidente de comuna y por sembrar soja en campo alquilado. El Padre Gervasio subsiste gracias a la quintita, los árboles frutales que tiene detrás de la capilla y a las gallinas y huevos que le arriman sus feligreses. Justamente el fuerte del pueblo - casi que diríamos su principal industria - son los grandes y poblados gallineros que todos los monteparaisinos tienen en los fondos de sus casas. Cada salida de sol y cada ocaso es saludado sonoramente por el concierto que brindan una verdadera multitud de gallos que parecen competir en cuál es el que produce el más sonoro y largo kikiriki.

Así, con penas y sin glorias, Monte Paraíso va llegando a esta Navidad.

La Nochebuena transcurre tranquila; el único incidente sucedió más temprano cuando Crossoti disparó una cañita voladora que le había dado un nieto el año pasado, acto que motivó la presencia del comisario Laguna para labrarle un acta por infringir la ordenanza de pirotecnia cero. Ahora, a las once de la noche, el pueblo visto desde la comisaría parece pronto a entrar en el reino de los sueños. En la capilla se ve luz; en la puerta está el padre Gervasio esperando si por casualidad algunos fieles deciden concurrir a la misa de gallo que había anunciado a la mañana. En el boliche, por suerte para Batallino, están haciendo horas extras los clientes de siempre y se los oye cantar “Quel mazzolin di fiori” a toda voz. El comisario, mateando en la vereda, considera si dejarlos una rato más o intervenir haciendo un desparramo sable en mano. Pero piensa que es Nochebuena y dentro de un rato será Navidad, por lo que opta generosamente por lo primero. Se levanta por tercera vez para recalentar el agua de la pava y cambiar la yerba pero se frena en seco porque una sombra aparece frente a él. Manotea la pistola más la había dejado colgada adentro, en la percha, así que, retrocediendo, le grita al aparecido:

─ ¡Quien anda allí, carajo!

─ ¡Soy yo comisario, el “Rengo” Balestra! ─ se identifica la sombra.

Aliviado y envalentonado Laguna lo apura ─ Y que andás haciendo al oscuro, acercate… o querés que te busque y te traiga a los sablazos.

─ No comisario, ahí voy ─ dijo el “Rengo” y se acercó cojeando hasta

quedar iluminado por el foco de la comisaría ─ es que vengo medio asustado porque vi algo raro…

─ A ver… desembuchá, que estás frente a la autoridad que va a decidir

lo que es raro y lo que no…

El “Rengo” le cuenta entonces al comisario que hace un rato nomás, cuando caminaba con la mente puesta en la catrera, se encontró de golpe con Papá Noel. Vestido de rojo y con una bolsa al hombro saltaba del tapial de los Pezzeti a la calle. A pesar de la oscuridad estaba seguro que era él por la cofia que llevaba en la cabeza y la bolsa. El comisario Laguna duda… no puede ser que Papá Noel no se haya enterado que en Monte Paraíso ya no hay más niños y pierda tiempo en su reparto buscándolos de casa en casa por el pueblo. No lo piensa dos veces; decide ir a su encuentro y avisarle.

─ Vos “Rengo” cuidame la comisaría ─ le dice mientras se calza el sable a la cintura y agarra la linterna ─ Yo me voy a rastrear al viejo barbudo para informarle de la situación. ─ Pegó media vuelta y a los dos pasos la oscuridad era tanta que se tragó su figura y hasta la luz de la linterna.

Hace media hora que ha comenzado el día de Navidad y frente a la comisaría se han juntado los ahora ex parroquianos de don Batallino a escuchar el relato del “Rengo” y a esperar el regreso del comisario Laguna. Por fin aparece éste arrastrando una pesada bolsa. Le preguntan ansiosos si pudo encontrar a Papá Noel y les responde:

─ ¡Sí señores!... y le grité “párese don Noel” justo cuando saltaba el tejido del patio de la viuda Groseli… ¡Qué va a parar!... salió como tiro y se perdió en la oscuridad de los pajonales.

─ Y claro comisario ─ intervino don Peretto ─ no quiere que ni los chicos ni los grandes lo vean… y habrá escapado hasta donde tenía el trineo con esos que parecen vacas raras y que lo arrastran volando por ahí.

─ Puede ser, puede ser…─ dijo el comisario rascándose la cabeza ─ pero hay algunas cosas que no me cuadran… parecía más joven y más flaco de cómo lo pintan… y medio despistado el hombre; además de venir a un pueblo donde no hay niños… ¡dejó abandonada su bolsa!

Se arremolinaron todos alrededor del comisario quien abrió la bolsa para que vean su contenido.

─ Que don Noel no se ofenda, pero miren… está llena de gallinas… Parece que pensaba traer de regalo a los nenes de Monte Paraíso estas gallinas cuando tenemos como cinco mil... ¿es o no es eso cosa de despistado nomás?






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