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Información General Miércoles 11 de Noviembre de 2015

La vida rutinaria, ¿anestesia la mente?

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Alicia Riberi

Por Alicia Riberi

Miro a mi alrededor y cada vez más me convenzo que las personas nos vamos anestesiando y mimetizando con la realidad que nos rodea. Cuando pienso en mis abuelos, recuerdo que ellos tenían poco o casi nada, pero nunca bajaban los brazos, ni estaban preocupados u ocupados en la ansiedad que se genera desde los medios por lo que pasa o puede pasar.

Primero porque no existían ni tantos medios, ni tanta tecnología, es más, pasa delante de mis ojos la imagen de mis abuelas escuchando los radioteatros que alentaban la imaginación y mis tíos y abuelos escuchando los partidos y puedo asegurarles que disfrutaban. Los domingos la mesa era larga y no había tantas cosas, pero sí había lo suficiente para comer todos juntos -abuelos, padres, hermanos, tíos, primos- y nos reíamos mucho más que ahora. ¿Será que los cambios fueron muy abruptos, sin filtro y no supimos asumirlos paulatinamente? ¿Y cómo los recibimos?

Parece que quisiéramos tragarnos todo de un bocado, sin saborear cada uno. La tecnología no se ha asumido como una herramienta valiosa y a utilizar con mucho criterio y la muestra está que en todo tiempo y en todo lugar se ven personas de todas las edades con celular adictamente.

Antes la familia dialogaba, peleaba, reía, lloraba, pero junta; hoy la familia pelea, discute, llora y se separa y eso es muy triste. Hemos perdido el rumbo y nos acostumbramos a una rutina que nos destruye, envejece y nos quita ilusiones como sociedad, la mente se va anestesiando y es como que todo pasa y ni nos damos cuenta o hacemos como que no nos damos cuenta. Todo es enfrentamiento, gritos, descalificaciones y así no se edifica nada ni en el hogar, ni en la escuela ni en la Argentina ni en el mundo.

La anestesia nos adormece y evita lo bueno y lo malo, porque no sentimos nada y no es así como se avanza. La vida pasa muy rápido y es muy corta y perdemos el tiempo lastimando y lastimándonos, como si fuera tan fácil sanar heridas y aunque se sanan dejan huellas, dejan marcas, que siempre mantienen una memoria activa y en cualquier momento puede volver a aletargarse y eso no es nada promisorio.

La rutina es como una enfermedad terminal, porque nos acostumbra a todo, nos cierra los ojos, nos borra el horizonte y nos encierra en un corralito que desgasta energías y lo que es peor es que los adultos se lo trasmitimos a nuestros jóvenes, que pierden el norte y se vuelcan al alcohol, a la droga, a la noche sin fin o a la desidia. Lo peor que nos puede pasar como sociedad es perder la motivación y que nuestros jóvenes vean que los adultos ya no tienen qué enseñarles y los arrastren a un modelo sin salida, cuando la vida tiene propuestas todo el tiempo, sólo hay que verlas y arriesgar.

Cuando tememos arriesgar “estamos al horno”, como dicen los chicos, porque moriremos donde empezamos y donde moriremos empezamos y cerramos la tranquera. En la vida, para todos, la tranquera siempre debe estar abierta, vislumbrando diversas posibilidades, que podemos aceptar o no, pero al menos podremos elegir.

Tantas veces se dice que la vida es una oportunidad y parece trivial, pero la vida es una oportunidad que no se repite, si la gastamos, si la despilfarramos, no fue un ensayo, ya no podremos volver atrás, lo que se pierde no se recupera, sí se puede volver a empezar pero el tiempo que se perdió no se vuelve a vivir.

La rutina es algo de lo que somos artífices nosotros mismos y si la dejamos avanzar nos anestesia la mente y eso no es bueno…Dios nos creó para que hagamos grandes cosas y disfrutemos hasta que nos toque partir…entonces a disfrutar y a no dejarse ganar por la rutina y el aburrimiento. Cada día es un desafío que podemos, tenemos y debemos enfrentar.

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