Por Amado Raspo
Un grupo de mujeres, algunas de ellas casadas, en el Norte Argentino, se propusieron colaborar con la causa patriótica.
A tal efecto, en sus casas recibían oficiales del ejército español, a quienes trataban de sacarles datos para pasarlos a los patriotas , de diversas maneras.
Enterado Pezuela ( General español) ordeno´encerrar a Juana Moro Díaz de López en su propia casa, a la que hizo tapiar, condenándola a morir de hambre y sed; pero unos vecinos, enterados de la situación, practicaron un boquete en la pared para hacerle llegar lo necesario para subsistir, desde entonces de la llamó " la emparedada".
Otra de las más arriesgadas y sutiles espías lo fue Loreta Sánchez, quien aprovechando la hendidura natural de un algarrobo, a las orillas del Río Arias, depositaba allí los mensajes para el oficial Burela ( de Güemes), quien a su vez dejaba en el mismo lugar los mensajes para las damas.
Una noche, De La Serna - oficial español-, dio un baile e invitó a todas las señoras sospechosas de ser espías; sobre la marcha a llevar a cabo, ordenó cambiar el rumbo de su tropa que saldría a proveerse; al enterarse Loreta, por boca de un oficial español, no dudó en escaparse del salón, montar en su caballo y correr a avisar el cambio de planes.
Otro patriota que se jugó por la causa, perdió a la larga todos sus bienes, fue doña Gertrudis Medeiros, vidual del coronel Fenrández Cornejo, quien donó al ejército patriota animales vacunos, caballos, víveres, etc. la cual fue hecha prisionera, y a quien los realistas saquearon las haciendas, talaron su campo, quemaron los árboles de su huerta y su casa en Salta.
La batalla de Salta, le dio la libertad, pero con el tiempo fue nuevamente apresada y debió caminar hasta Jujuy, junto con sus tres hijas, no obstante siguió avisando a las fuerzas patriotas, dando cuenta de los movimientos del enemigo.
Enteradas las autoridades españolas, resolvieron mandarla al Socavón de Potosí, de donde nadie salía con vida, pero ella, con su astucia logró escapara la noche anterior a su traslado, escondiéndose debajo de un catre. Después retornó a Salta, caminando y ocultándose de las fuerzas enemigas.
En 1817, ante el peligro de otra invasión, ya empobrecida, huyo´con sus hijas a Tucumán, donde aún le quedaba una hacienda. Allí casaría a sus tres hijas, dos de ellas con dos hermanos, Alejandro y Felipe Herrera, que comandaban milicias gauchas. Güemes ponderó su tarea informativa y Belgrano consiguió´para esta valerosa mujer, el nombramiento de Teniente Coronel del Ejército, pero no pudieron impedir que muriera en la pobreza.
En 1814, Güemes se enteró del triunfo por agua, del almirante Brown y la capitulación de Montevideo, noticia esta que quiso hacer conocer a sus compatriotas valiéndose de la esclava Juana Robles, que no tenía problema de entrar y salir de la ciudad de Salta. Fue apresada y condenada a muerte, de la que se salvó alegando que estaba embarazada, su castigo fue hacerla pasear por la ciudad, arriba de un asno, semidesnuda y emplumada.
Otras mujeres que se destacaron por su labor tenaz, contra los ocupadores, lo fueron: Emeteria Pacheco Melo de Anzoátegui, Martina Silva de Gurruchaga, Petrona Arias de Velazco y Andrea Zenarruza, quienes se dedicaron al espionaje, aprovechando su trato con oficiales realistas, llevando mensajes a los jefes patriotas.
Las hazañas de estas mujeres han perdurado gracias a las tradiciones familiares recogidas por los historiadores como Bernardo Frías, quien las exaltó en sus escritos.
Muchas más que no tuvieron quien las recordara, quedaron en el anonimato. Vaya para todas ellas, nuestro emocionado recuerdo y agradecimiento patriótico.
Extractado de Martín Güemes, baluarte de la Independencia, texto Lucía Gálvez. Edición Aguilar.
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