Por REDACCION
"El deseo es un aterrizaje perpetuo, sin elevación ni retorno, un vuelo flotante al ras de la tierra." (Tununa Mercado, Canon de alcoba).
Por Luisina Valenti .- Noche de San Juan. Ritos de muerte y renacimiento. Viaje al interior del misterio, de la soledad íntima, inenarrable. Apertura de las puertas infinitas de los espejos.
Sábado a la noche, las arcanas preparan la hoguera, acaso un sol doméstico y prometedor, en el que se funden el deseo -lejano, pero siempre prendido al cuerpo- y el vacío de aquello que pudo ser, arrebatado por el tiempo.
Cuatro mujeres esperan. Conversan, beben, fuman. Sus cuerpos en torno a la mesa repiten el cuadro de tantas mujeres que se han sentado, como ellas, como otras, a compartir la soledad, como si repartiéndola, esta se hiciera menos dolorosa.
El domingo, fatídico de desengaño, se insinúa y, con él, el presagio de la iteración de los días, una vez más. Congregados en la mesa, los cuerpos y los objetos hablan, habitan el espacio donde el diálogo jocoso parece querer callar a gritos lo que la escena dice.
Arcanas, recónditas, en un doble movimiento de exhibición y ocultamiento, el encuentro de estas mujeres nos habla del temor, la soledad, la amistad y el indeclinable y desolador deseo de amor que nos atraviesa.
Profunda y compleja, “Las Arcanas”, dirigida por María Eugenia Meyer, es una urdimbre de sentidos en la que cada lenguaje escénico configura una parte precisa del todo que se presenta, polifacético, ante el espectador.
Lejos de la inmediatez y la clausura de lo evidente, las escenas de esta pieza vuelven una y otra vez ya fuera del escenario. Como los recuerdos, fragmentados, aparecen sonidos, palabras, evocaciones, ecos de voces. Las arcanas son ellas, pero todos podemos leernos en ese encuentro.
La autora es profesora de Lengua y Literatura del Instituto Superior del Profesora Nº 2 “Joaquín V. González”.
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