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Información General Jueves 31 de Octubre de 2013

“Loca por la ciencia”

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REDACCION

Por REDACCION

Investigar dónde se escondía la noche cuando el día se adueñaba de la vida del pueblo era su nuevo desafío. El primer congreso científico realizado en la localidad, que había congregado instituciones de toda la región, la había dejado sedienta de investigación, casi al borde de la locura. Avida por verla destruida, no concilió el sueño pensando en deshacerse de la noche para siempre.

Notó que la oscuridad -aliada de la noche- deambulaba espesa por la casa, y no se ausentaba sino hasta que las ventanas eran abiertas por la mañana. En ciertas oportunidades, los restos de ella quedaban pegados en los rincones. Y se impregnaban en el interior de los placares, de la alacena, del chifonier, y de cuanto mueble con puerta o tiradores existiese. Ese fue el primer hallazgo de la investigación: todo lo que tenga puerta o cajones puede ser considerado dador de asilo y ser tomado como cómplice de la noche.

Luego se dio cuenta de que la muy astuta se escondía también en las latas vacías, en los floreros opacos, en la caja de caramelos, en el cofre alhajero, en el habitáculo del reloj carrillón, en el estuche de la raqueta de tenis, en la valija del acordeón, en el hueco del sofá, en el tubo del teléfono, en el interior del bombo. Ese fue el segundo avance de la investigación: todo lo que posea tapa, cierre o cobertor debe ser acusado de encubridor de la noche.

Cuando creyó que ya no quedaban rincones de la casa por explorar, se percató de que la muy hábil la seguía burlando: había encontrado el amplio espacio entre el techo y el cielorraso. Allí podía dormir, desperezarse y estirarse cómodamente a lo largo y a lo ancho de doscientos metros cuadrados, sin ser vista. Este fue el tercer punto clave: todo lo que fuese hueco cedía lugar a la noche agazapada.

Después de pasar varias horas tomando nota de las revelaciones, consideró que era momento de actuar: abrió todas las puertas y ventanas de la casa, destapó las latas, frascos y cofres, quitó las puertas de los placares y alacenas, retiró los cajones, rompió los floreros, cortó en pedazos la funda de la raqueta; desarmó el sofá, el teléfono, el reloj carrillón, la valija del acordeón y el acordeón también; destrozó el bombo y la alcancía; buscó un formón carpintero y quitó las maderas del cielorraso. Exhausta caminó hacia el patio y observó la figura de la cámara séptica. No dejó registro escrito de este hallazgo; consideró que lo podía incluir en el tercer punto. La rompió a mazazos.

Transcurrida ya la siesta repasó los pasos de la investigación. Debía transmitir su descubrimiento al resto de la población e instarlos a que hicieran lo mismo. No eran demasiados. Sería fácil convencerlos.

El pueblo era largo y estrecho. Elongaba sus calles de Norte a Sur y contraía de Este a Oeste. Al atardecer, la noche se hacía presente en el Oriente unos segundos antes que en el Occidente. Esa fue la cuarta fase a tener en cuenta: si aparece del lado del naciente, significa que también se oculta por allí.

Un chispazo hizo eco en su cabeza. ¡El cementerio! ¿Cuántas tumbas contabilizaría esa mini-aldea ubicada trescientos metros al Este de su casa? ¿Cuántos escondites se erigían allí a merced de la noche triunfante? No había tiempo para detenerse a pensar. Recogió la maza y se dirigió hacia allí corriendo. Ni siquiera leyó la lápida de la primera tumba con la que se topó. Ensañada la golpeó hasta destruirla. Sudaba. Ojeó cuántas quedaban todavía por derrumbar y temió no llegar a tiempo. Lejos de desmoralizarse, abordó la segunda con más energía y a mayor velocidad. Daba comienzo a la tercera cuando se vio rodeada de tres agentes de policías. Mientras la esposaban, trató de explicarles que no se trataba de una profanación sino que era parte de un proceso de investigación científica. Nadie la entendió, hecho que acrecentó su ego pues los científicos tardan en ser comprendidos. Lo mismo le había sucedido a Galileo Galilei.

Sentada en el banco de una celda oscura, invadida por la noche, se sintió temporariamente vencida. La noche, la noche que ella tanto detestaba la acompañaría por mucho tiempo. Sin embargo no tenía dudas de que cuando llegase el momento de la primera indagatoria se darían cuenta de que habían caído en un grave error: ella no estaba loca. Ese sería el momento de comenzar la segunda parte de su investigación científica: cómo hacer desaparecer el día.


Nota: seudónimo Polochi. Autor Mirta Raquel Zehnder (Humboldt), segundo premio género cuento en el concurso literario “Elda Massoni” 2013 de ERA.

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