Por Edgardo Peretti
Rafaela. Mi Rafaela. Mi ciudad. Mi pueblo. Mi rincón en el mundo, tiene todas las diferencias y atributos que el amor por el terruño suele otorgar al que vio la luz en su ámbito. Pero no es el paraíso, por si alguna presta poca atención a la cita inicial.
De allí, quizás, sus particularidades y detalles especiales (de alguna manera lo tendremos que mencionar) que la hacen diferente, cuanto menos. Uno de ellos es que aún se discute el génesis de esta población ubicada en el oeste de la provincia de Santa Fe, cabecera del departamento Castellanos, que guarda como santo patrono a un arcángel (San Rafael), como para marcar en su esencia, que con un santo no alcanzaba. Somos así, aunque no disimulemos, algo que tampoco nos interesa.
Para tratar de encontrar algún punto de lógica coincidencia en el escenario que nos plantea esta urbanización de (hoy) algo más de cien mil habitantes y 140 años de existencia, habrá que tomar referencias quizás inéditas, por ejemplo, entre las líneas de la causa, causalidad o causación que enuncia A.L. Pérez Amuchástegui (“Algo más sobre la historia”, autor cit.), el genoma propio de las migraciones, la enunciación de la “cultura del trabajo” como virtud sublime y el resultado de todo ello en medio de un hecho concreto que es la idiosincrasia de un grupo humano que –a no dudarlo- no es mejor ni peor, sino diferente.
En este modesto trabajo apuntaremos a desentrañar algunos aspectos que conforman los elementos básicos y nutricionales de un producto al que muchos han tratado de definir, y muy pocos –siquiera- alcanzaron a desentrañar más allá de las primeras capas superficiales.
Lúcidos y probos historiadores locales lo han intentado durante muchos años. De ello dan fe numerosas obras de altísima calidad intelectual, algunas de las cuales han sido tomadas en cuenta para este trabajo.
De todos modos, y es menester dejarlo en claro desde este momento, el presente no pretende conformar un aporte de rigurosidad histórica, sino que lo englobaremos en una narrativa sustentada en testimonios y experiencias, con visos de trabajo periodístico bajo la absoluta responsabilidad del autor.
De allí que la visión tendrá un contenido donde la postura personal estará visible, aunque no desbordada por la pasión y regida por la honestidad intelectual que el caso amerita. Nos parece oportuno encuadrar lo antedicho con una referencia hacia la relación entre la historia y la política que define el autor José Carlos Chiaramonte (“Usos políticos de la historia – Lenguaje de clases y revisionismo histórico”, autor cit.) al expresar que “en el transcurso de su labor profesional los historiadores (y narradores, decimos nosotros) suelen verse inquietados por un fenómeno cuyas manifestaciones se registran desde la antigüedad hasta el presente. Se trata del uso político de la historia, efecto de una relación, la de historia y política, que puede adquirir expresiones diversas. Aunque fundadas siempre en la eficacia del conocimiento del pasado para la comprensión del presente.”
EL PUEBLO QUE SE
FUNDO DOS VECES
Uno de los principales debates que se exponen cuando se menciona a Rafaela es una cuestión que deriva en una discusión que, a esta altura de los tiempos, deviene de absoluta inutilidad. ¿Fue fundada o formada?
Este es un punto que nos interesa dilucidar con cierta anticipación, incluso antes de embarcarnos en el análisis de las causas finales, ya que durante muchos años la historia del pago chico se quedó con la convicción que se trató de una formación. La prestigiosa historiadora y docente local Adelina Bianchi de Terragni expone ya este concepto en su libro “Historia de Rafaela, autora cit.”, considerada una pieza pionera y siempre vigente y respetada desde su aparición a mediados de la década del sesenta; incluso la sostiene en un trabajo posterior junto a su esposo Antonio Angel Terragni y el periodista Renaldo Actis (“Edición especial centenario de Rafaela y 60 Aniversario del Diario La Opinión”). En edición del mismo diario, en 1986 (“75 Aniversario del Diario LA OPINION), ya asoma, desde otros autores la convicción, no tan contundente, es cierto, que nos permite hablar de “formación”.
Dejaremos en claro aquí y ahora que la discusión, o toma de posturas, puede ser tan abstracta como inútil. Hay un hecho concreto: no hubo ley o decreto que determine la “fundación” de la entonces colonia, tampoco un acto simbólico propio de los conquistadores españoles, sin embargo lo que sería el futuro asentamiento urbano no fue producto de la improvisación ni del obligado ordenamiento de un conglomerado de pobladores, sino parte de una planificación total por parte de la empresa de Guillermo Lehmann, de cuya acción dan testimonios sus documentos, debidamente citados por Adelina de Terragni en su obra y corroborado por otros autores, de los tantos de alto nivel con que cuenta la zona.
Igualmente, puede dar fe de esta situación una rápida mirada a la traza urbana de cualquiera de los pueblos que fundara/formara Lehmann, donde puede haber muchos defectos (propios de la evolución lógica), pero que no han logrado conmover los casi ciento cincuenta años que han pasado.
Los usos políticos a los que hacíamos referencia (apelando a J.A. Chiaramonte) los aplicaremos a lo siguiente: en la ciudad de Rafaela, desde mediados de los años cincuenta (creemos, solamente) existen una serie de pantallas colocadas en los bulevares fundacionales (así se los conoce desde 1981, por Ordenanza Municipal que designa en esa categoría a los hasta entonces “boulevares”, como bulevares Santa Fe, Lehmann, Presidente Roca e Hipólito Yrigoyen), que se utilizaban en este tiempo para publicidad.
Estos fornidos soportes metálicos mantienen una forma muy francesa, acorde a los paseos, con dimensiones importantes, todo ello coronado con un escudo de la ciudad. En este se había colocado la fecha de la declaración de ciudad, en 1913 y lo que se consideraba como la primera referencia institucional rafaelina: 1882. Si, leyó bien. Pero ese no es el caso. Lo notorio es que en una madrugada invernal previa al centenario, algunos testigos aseguran haber observado a un operario municipal, martillo y cortafierro (SIC) en mano, haciendo volar por los aires al número “2”, con lo cual se borraba una fecha que molestaba a alguien.
En realidad, no dejó de ser un acto cuasi infantil, ya que durante mucho tiempo, toda la papelería municipal (que contaba con el escudo original) exhibía, sin pudor, ese “2” que fuera condenado al ostracismo por la decisión de alguien que quiso cambiar algo que no se puede. Había motivos: en plena dictadura se buscaba generar acontecimientos de índole pretendidamente popular, y la celebración de los centenarios de las ciudades era una muy buena excusa. La realidad indicaba que lograron, en parte, su propósito, aunque no hubo lamentos por el detalle en los cuarenta años posteriores.
LA PROTO-COLONIA
Apelando a un faro temporal, no es erróneo admitir que la verdadera colonización del centro-oeste santafesino comienza en 1856 con la fundación de Esperanza, la primera colonia agrícola del país. Esta población estaba asentada en una zona fértil, de buenas tierras, aguadas generosas y clima benévolo; no lejos del poderoso río Paraná y cerca de los sueños de muchos inmigrantes suizo/alemanes que conformaron su núcleo poblacional de origen.
Pero antes de esto (el país tenía, apenas tres años de Constitución Nacional y aún faltaba San José de Flores y otros entuertos institucionales que soslayaremos por apego a la síntesis), el territorio santafesino guardaba formas de la época de la colonia. Su principal camino de entrada y salida era el río y contaba con un contacto bastante fluido, para la época con la ciudad capital entrerriana, pero hacia el centro, para ir a Córdoba debía apelar al camino real, el que –según variados historiadores- implicaba vadear el río Salado y manejar un itinerario difuso hasta Santa Rosa del Río Primero. Si quería eludir tanta distancia, contaba con partir hacia el norte, por el lado del actual Progreso, sobrepasar la agresividad del espacio y apuntar a Barranca Yaco (Córdoba).
Esto es, apenas una mención. Sirve para introducirnos a la colonización del departamento Castellanos que ya contaba con una antecedente valioso y nunca apreciado: el fortín de los Sunchales. En lo que es ahora la ciudad del mismo nombre ya había un asentamiento desde el siglo 18, habida cuenta que en 1790 el lugar contaba con unos 1.800 habitantes, según menciona el autor local Basilio Donato (“Las tres fundaciones de Sunchales”, at.cit.).
Se insiste en que muchos de los jóvenes criollos de este sitio se sumaron a la expedición de Manuel Belgrano al Paraguay, junto a otros entusiastas santafesinos, los que serán conocidos luego como “los hijos de la tierra”.
NACE RAFAELA Y
ALREDEDORES
En ese contexto, el alemán Guillermo Lehmann (Sigmaringendorf –Alemania- 1840, Buenos Aires 1886) concreta una empresa colonizadora en sociedad con otros capitalistas tales como Félix Egusquiza (su esposa, Rafaela Rodríguez de Egusquiza le daría nombre a la nueva población), que se encargará del oeste de la provincia, con límites en la actual traza de la ruta nacional 19 al sur (desde allí será espacio para la labor de otro emprendedor como Juan B. Iturraspe) y Sunchales al norte. El realidad, la escasez de agua, las tierras de poca calidad y los matreros desclasados conformarían el verdadero límite. No se puede alegar son seriedad el tema de los aborígenes, ya que los pocos que llegaban a entrar en contacto con los colonos no conformaban otra cosa que sujetos mal comidos y en busca de un sustento que, a veces, no escatimaba en sus métodos el uso de la violencia.
Queda claro que Lehmann (Juez de paz de Esperanza) no era una aventurero o un idealista; no, era un empresario que supo encarar un proyecto con el apoyo de figuras poderosas del ámbito político de la época como Aarón Castellanos, el citado Egusquiza (cuñado de quien sería presidente de la Nación 1904/1906, Manuel Quintana) y Ataliva Roca (hermano del General Julio Argentino Roca), entre otro. Y ese proyecto, como vemos muchos años después, no fracasó. Superando el paso del tiempo y de circunstancias de todo tipo, dejó en claro que, más allá del interés pecuniario lógico que perseguía, las ciudades y los pueblos permanecieron y se desarrollaron. Quien ha sabido identificar con especial sapiencia y capacidad intelectual el ámbito y espacio es la profesora María Inés Vincenti, docente de sólida formación académica, quien dispone en su análisis de vertientes varias para explicar el fenómeno de la colonización en la región.
No somos partidarios de apelar a la iconografía banal en este tipo de situaciones, pero consideramos que sería injusto despreciar a quienes marcaron el rumbo en el inicio.
Nos detendremos unos instantes en el ámbito geográfico con el que se encontraron aquí los primeros pobladores, llegados desde Europa, con aportes de italianos, suizos, españoles y algunos sirios. La tierra no era la mejor, porque el trigo suponía un esfuerzo y los recursos siempre fueron escasos, aunque en un momento un grupo de propietarios apuntó en firme hacia una ganadería de calidad, para lo cual dedicó dinero y hasta trajo animales de calidad, tal como menciona la profesora Inés Vincenti en un trabajo de englobe regional dedicado al efecto.
Pero los colonos salieron adelante, con trabajo, sudor, lágrimas y sangre. Sin saberlo, estaban fundando lo que algún día se conocería como “cultura del trabajo”.
EL TIEMPO DE CRECER
Si la llegada de los colonos a la nueva tierra significó un hito en la situación, los años venideros expondrían un cambio de escenario que sería vital, determinante y clave en los años por venir.
La muerte de Lehmann (1886, a los 46 años) es una referencia. Sería su esposa, Angela de la Casa de Lehmann, quien junto a sus hijos continuaría con la empresa colonizadora, otorgando las escrituras pertinentes de las tierras a los propietarios, quienes contaban –en esta instancia- únicamente con un boleto de compra-venta donde constaban también deudas por semillas, herramientas, un fusil y un arado, entre otros enseres. Tampoco era una sociedad de beneficencia, sino una empresa. Hay que decirlo con las letras y el sentido que corresponde.
Al igual que otros períodos de la historia nacional, como la llamada “década infame” (1930/1943), la realidad rafaelina en su despegue llegaría a los treinta años, desde la última década del siglo diecinueve hasta superado 1923.
En ese lapso llegaría lo que lo haría grande al lugar: ferrocarriles, grandes comercios y bancos; un combo nutriente de capitales que se sumaba a pequeños empresarios y al motor del agro. En traslado a una visión actual, el poblado tenía la forma de traer elementos y de sacar la producción por las vías ferroviarias que se convertían en las venas de la nueva Argentina.
Como ejemplo, podemos citar el caso del Banco de la Nación Argentina. Fundado por Carlos Pellegrini en 1891 llegó con su sucursal a Rafaela el 14 de marzo de 1892.
Este hecho merece una mención especial Don Faustino Ripamonti, cuyos grandes almacenes marcaron el rumbo económico de la zona, fue un italiano que dejó su huella en numerosos aportes, tanto comerciales como de patrimonio cultural, tal como lo refleja la historiadora Blanca Stoffel (“Grandes Almacenes Ripamonti”, at. Cit., entre otros).
El caso es que cuando los rafaelinos acudieron al banco de la Nación para gestionar la instalación de una sucursal en su terruño, se encontraron con dos problemas a resolver: no había un local con la bóveda adecuada y la firma Ripamonti tenía más depósitos de sus clientes que lo que pudiese contar el banco para operar. No hubo problemas, la casa prestó su tesoro para resguardar el dinero y realizó el (importante) aporte primario en calidad de cliente para poner en marcha las operaciones bancarias.
Este es un solo un punto. No se puede ignorar la presencia y el aporte de la masonería en la idea madre del progreso, ya que sus influencias y participación se convirtió en un motor que no se detendría, al menos por varias décadas más. Dan cuenta de ello sólidos trabajos académicos de los profesores Daniel Miassi y Daniel Infeld, varios de los cuales han encontrado canales de difusión en medios de prensa y que conforman un material de alta calidad. Precisamente, es este último quien expone las actividades de las logis “La hija de Garibaldi” y “La antorcha” en sus trabajos (ver “El legado vital de la masonería en Rafaela”, Diario Castellanos, 2008).
Han quedado muchas huellas de la presencia masónica en los alrededores, desde la fundación de la Sociedad Obrera Cosmopolita, su panteón social en el cementerio municipal y la vieja sede de esta entidad, hoy ocupada por una entidad social, donde no hacen falta documentos extras: en uno de sus frentes (hoy cubierto por una construcción) se aprecian el compás y el sectante, propios de la actividad. El tiempo no ha logrado quitarlo de allí, pese a las reformas que se concretaron.
Ya avanzado el nuevo siglo, llegaría la declaratoria de ciudad por un decreto del gobernador de la provincia Manuel Menchaca (también citado como masón) en 1913, la instalación de establecimientos educativos y la simbología máxima en este rubro: en ese año: la Escuela Normal, hija dilecta de su par de Coronda y a la vez descendiente de la fundada por Sarmiento en Paraná en el siglo anterior. Más explícito, imposible.
Ya ingresando en la parte final de nuestro semblanteo pretendidamente referencial, podemos citar el inicio de las carreras de automóviles organizadas por el Club Atlético Rafaela (1919) y la aparición del diario La Opinión (1921).
A nuestro criterio, la muerte en 1923 de Fernando Dentesano, una especie de gerente operativo de la aún vigente masonería, marcaría la decadencia en la preeminencia de este grupo. Deberán adicionarse a este concepto los cambios de un mundo que se movía en otro ritmo, que ya había tenido una gran guerra mundial, donde ya estaban los bolcheviques en el poder, había voto casi (SIC) universal, secreto y obligatorio, llegaban oleadas de inmigrantes, se conformaban movimientos sociales y políticos a cada instante y otras tantas situaciones que daban lugar a nuevos escenarios y otros seres humanos. La colonia ya era ciudad.
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