Por Edgardo Peretti
Cuenta la leyenda urbana que cada 8 de diciembre, a las seis de la tarde, los duendes buenos del pueblo se reúnen para custodiar el arbolito gigante que se arma en el mástil frente a la policía. En esa fecha y hora acuden al Kiosco El Parque y desde allí cuidan que las luces no se apaguen, que la buena estrella guíe los buenos deseos y que nada malo suceda, especialmente cuando la gente se encuentre dedicada al festejo gastronómico. Eso es lo que dicen los cuentos que los abuelos les cuentan a sus nietos.
Sin embargo, un viejo manuscrito hallado en los sótanos de la Tienda “Ciudad de Messina”, y del cual nadie sabe cómo llegó allí, da cuenta que el tema tiene otra versión. Y que fue difundida por los propios duendes, allá a principios de los sesenta. En realidad, estos seres existen, están entre nosotros y no hacen nada malo, sino que su fin es ayudar a la gente en esta época del año. Fuentes dignas de crédito aseguran que son seis, jubilados y custodios de las salas de cine y que hoy, empujados por la tecnología habitan en el viejo proyector “Gaumont” que sobrevive en las alturas del Lasserre y donde el cinéfilo Miguel Angel (que es el dueño) les permite habitar sin preguntar ni contar. De todos modos, pocos le creerían, salvo los que creen en estas cosas…que somos varios. El caso es que cada año parten hacia la reunión cumbre de la manera que pueden: enganchados en la bici de algún diariero, a bordo de alguna paloma y hasta se insiste con el minibús (de colados) como última instancia. Allí, en el Kiosco El Parque llegan los representantes del propio Lasserre (gerente actual), del Pueyrredón, del Avenida y los del Colón/Rex/Chaplin que comparten decisiones como antes transitaron por la misma sala de la calle San Martín. El más nuevo es el del Belgrano, héroe de la resistencia del celuloide contra la digitalización, labor por la cual se lo reconoce dignamente; las actas -que se llevan, como corresponde a toda entidad seria- destacan que queda pendiente (desde hace 40 años) la solicitud de ingreso del responsable del Cine Club, del cual cuestionan que faltan llenar formas. Iniciada la reunión, que parece informal, pero que es de lo más seria, se pasa lista y se reitera el mismo objetivo de cada año. ¿Cuál es? Alegrar la Navidad de alguien.
Como no disponen de dinero, ni nada material, los duendes del Parque se dedican a proyectarle una película deseada a alguien, no importa la edad ni el tema, sólo el deseo que deberá hacerse realidad en la noche más linda del año para los sueños de muchos y demasiado dolorosa para las realidades de otros tantos. Aunque el procedimiento es secreto, todos saben que el Duende del Avenida hace horas extras seleccionando cartas con pedidos para papá Noel. Siempre vienen bien unos mangos extras, dicen. El Duende detectó hace unos días, una carta que no era de un chico, sino de un anciano; letra formal y un pedido sencillo “...quisiera ver ‘La novicia rebelde sin cortes’...”, decía el pedido. Como Papá Noel sabía que estos ñatos estaban en el asunto, disimuladamente, le dijo que viese qué se podía hacer. Los Duendes, ni lerdos ni perezosos, ubicaron al autor en pocos segundos. Era Baldomero y estaba enfermo de años y tristeza, en una casa solitaria. Era el hombre indicado para el regalo. Hasta aquí, una parte de la historia. La otra, lo que falta, sucederá esta noche. Si pasa por el Lasserre y ve luces en las alturas, no se asuste, ni llame a la GUR. Es más, habrá un hombre en la puerta atendiendo, y Víctor Hugo será el boletero y hasta la gente dueña de casa serán los acomodadores.
Y con la sala a oscuras, Baldomero tendrá en realidad su sueño; “La novicia rebelde” se deslizará, limpia, desde el proyector hacia la pantalla donde se transformará en colores y, desde allí a la vida de un hombre que quería irse en el lugar que más amaba: un cine. Cuando aparezca el “The end”, antes que las luces de la sala vuelvan, los duendes dejarán los créditos fluyendo del viejo proyector y acompañarán a Baldomero, todos juntos, en el irreversible camino de la vida, o de lo que viene después. Como siempre, apagarán las luces, se tomarán una sidra y se irán a dormir, no sin antes limpiar al leal “Gaumont”. Todos menos el del Colón que tenía turno cuidando el arbolito.
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