Por REDACCION
Por Oscar A. Camusso. - Una tarde, todas las tardes de lunes a viernes se reúnen invariablemente en un lugar común, con la seguridad y simpleza de saber que todos los días son oportunos, necesarios y casi imprescindibles en esta etapa de sus vidas, para estar en el lugar que consideran adecuado y recibir regocijo de esas pequeñas cosas mundanas.
Es un grupo de jubilados que elabora y transforma esta etapa de sus vidas en charlas indescifrables, pero amenas y contagiosas -evocando cada uno- vicisitudes de la vida propia y ajenas.
Por supuesto, es innegable (por tradición y quizás por convencimiento) que los tiempos de antes fueron mejores, (¿cómo podría ser de otra forma…?) con una gran dosis de añoranzas se entrelazan recuerdos de tiempos lejanos con actuales, y esa simbiosis sin duda fortalece el espíritu de cada uno, pero también es obligatorio otorgar un reconocimiento inobjetable a esta generación de retirados de la vida activa, por no renegar de estos tiempos modernos y reconocer hechos y circunstancias actuales de valor inobjetable.
Tienen algo en común con razón valedera: la enorme virtud de no discurrir en conversaciones sobre política, religión o algún precepto que pueda herir al otro; algo increíble. Asimismo, no hacen lugar a comentarios sobre enfermedades o situaciones límites en las cuales en mayor o menor medida todos están inmersos; esas dificultades, desconsuelos o aflicción quedan en la memoria de cada uno.
Esta cofradía comenzó hace algunos años, muy pocos eran amigos en aquel momento. De a poco se fueron acercando, conformando algo próximo a una treintena de personas que concurren periódicamente o con alternancia, pero dando la bienvenida a otras que deseen integrarse al grupo. Lo llamativo es que se reúnen a cielo abierto, tanto en estaciones invernales o estivales, como si necesitarían reforzar sus vínculos y sentimientos con la naturaleza; solamente algún imprevisto o algún hecho particular imposibilita la asistencia a esa comunión diaria.
Lo que se considera oportuno y necesario resaltar es la diversidad heterogénea del grupo; en su momento fueron trabajadores en diferentes rubros: comerciantes, profesionales, empleados, jornaleros, productores o cuentapropistas y otras tantas actividades y de la misma forma confluyen los de lenguaje vulgar, erudito o técnico y de opiniones diversas, pero que nada invalida mantener y compartir esta congregación, y hoy se encuentran gozando -a su estilo y semejanza- el descanso y esparcimiento con indubitable recompensa del esfuerzo de aquellos años productivos.
El lugar y la escenografía es una parte del predio del Ferrocarril Belgrano ubicado sobre calle Francia, esquina Nicola. La mayoría llega en auto, otros lo hacen en motos o bien en bicicleta y los menos a pie; se instalan pasadas las 14 horas -en época invernal- en el lado oeste donde el sol deposita sus rayos otorgando calor, un abrigo necesario para apaciguar mesuradamente el frío reinante; en época estival se mudan del lado este, bajo frondosos árboles de ligustros, que atenúan el calor y dan un halo de frescura, cercano a las 16 horas. Según corresponda extienden esa estadía hasta que el sol se apague, o bien la destemplanza del clima los obligue a retirarse.
Pausadamente y con intervalos van llegando, bajan de sus vehículos ya provistos de la reposera, silla, bancos o sillones de todo tipo, calidad y “aguante” para sobrellevar sentados la “dura” jornada que les espera, pero también algunos leños depositados en el lugar sirven de asiento transitorio. Seguidamente dos caballetes con una tabla -debidamente forrada con paño- sirve para dar comienzo al juego del truco, previo sorteo mediante reyes y caballos de las barajas españolas, para dirimir los compañeros y adversarios prolongándose al menos un par de horas; ¡y regularmente se escucha alguien invitando al adversario con el “envido”, mientras en contraposición algún envalentonado conteste “falta envido” ...! o bien lo invite al truco, recibiendo como contestación “quiero retruco” …! Portándose como juglares cuando comienza la meditación, el análisis y las conjeturas para decidir la eventual aceptación de la oferta: simplemente en el rostro de “Pocholito” uno puede verificar los gestos de exaltación y alabanza en la ganancia o bien el desdén y el doblegamiento en la pérdida.
En oportunidades hacen variaciones con el juego de naipes tratando de reencontrarse con su pasado; el tute cabrero, codillo o escoba básica, que eran clásicos de sus épocas de boliches y bodegones, de juergas y trapisondas de los años 50 o 60 cuando eran jóvenes adolescentes.
¡Luego comienza el juego de bochas de tríos, cuartetos o quintetos…! dependiendo de la cantidad que adhieran al momento, el resto de los asistentes es observador privilegiado de las secuencias, esgrimiendo “brillantes” elucubraciones generalmente de posicionamiento críticos de tal o cual jugada.
¡Previo análisis de situación para “emparejar” las habilidades, ahí ya comienza algunos comentarios de discordia sobre el hándicap de los protagonistas…! inusitada cantidad de bochas rodando y buscando de acercarse lo más próximo al “patrón del juego”: el bochín, y nunca falta alguna exclamación de aliento al compañero de equipo, como:
¡Vamos “Nin” …tenemos chanta 8! (¿...?), y el “Nin” se concentra, apunta, toma carrera y arroja el bochazo el cual es recibido invariablemente por la tierra circundante poblada de una verde gramilla -lejos del blanco elegido- el ánimo que decae pero que seguidamente deberá recomponerse, porque el encuentro aún no tiene un claro ganador.
No hay premios en disputa, solamente el orgullo de vencer que a veces se torna exagerado en ambas disciplinas (bochas y naipes), ya que son competitivos congénitos, demostrando que el apasionamiento a pesar de los años se encuentra indemne en su conciencia, pero haciéndolo con irrenunciable decoro y nobleza. Pero finalizada la contienda surgen apretones de manos, los comentarios a voz alzada, sentados plácidamente o bien de pie, o aquellos que usufructúan la luz artificial instalada en un parte del predio para una última partida de naipes.
En verano siempre alguien viene con alguna heladera de mano provista de alguna bebida refrescante, y en invierno el mate y torta frita nunca falta. Eso sí: los cumpleaños se agasajan de diferentes formas, en algunos casos con una comida frugal en el mismo lugar de esparcimiento y en otros por la noche en alguna casa, cuyo dueño la ofrece para agasajar al cumpleañero, donde puede haber todo tipo de manjares -que enunciarlos resultaría una transgresión- y además nunca falta algún vaso de vino, ¡ah...! con alguna cantata…Estos señores no se privan de nada...!
Estas reuniones cotidianas denotan que son casi obligatorias, porque provoca en ellos una adicción natural y fecunda. En sus comentarios o bien observando la expresión de sus rostros se denota el desánimo a la hora de finalizar la jornada, donde esperan con ansiedad el día después, para retornar a ese reducto de camaradería.
El persistente tráfico vehicular sobre calle Francia y los transeúntes que por allí caminan, en muchas oportunidades hacen un “parate” para ver “in situ” las actividades de este grupo de jóvenes adultos y mayores.
Y creo que es una obligación y una necesidad nombrarlos porque son un ejemplo de energía y positivismo, y si alguno queda en el tintero que sepa disculpar, y se detalla según se los menciona: Nin, Pocholito, Pucho (y su perra Pampita), Bedini, Turquito, Pachara, Coki, Sergio, Negro, Zorro, Mario, Gringo, Zurdo, Juanina, Vecchio, Roque, Doctor, Roge, Campeón, Panadero, Talameri, Germán, Sordo, Bustos, Tío, Alberto, Pichi, Víctor y algunos más.
¿Que final le damos a esta nota…? Un breve extracto de un poema del escritor Saramago:
¿Qué cuántos años tengo? ¡Qué importa eso...! ¡Tengo la edad que quiero y siento! La edad que puedo gritar sin miedo lo que pienso. Tengo la edad de que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. ¿Qué cuántos años tengo? ¡Eso! ¿A quién le importa?
El autor fue múltiple campeón de bochas rafaelino.
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