Por Ana Paula Rosillo
El fin de semana pasado sábado, domingo y lunes fueron las últimas presentaciones en el Teatro Lasserre de la obra de Diego Ferrero "Los Opas". Ocupando el mismísimo escenario mayor utilizado en esta oportunidad con capacidad reducida para demarcar la intimidad propia de un verdadero drama familiar que se presentó a sala llena. Actuaron: Marisa Gutiérrez, Iván Tritten, María Elena Monroig y Gustavo Poggi. La escenografía y vestuario fue de Alicia Lorenzatti y Mabel Sepliarsky y la música de Jorge Beninca. Las luces y sonido estuvieron a cargo de Gastón Walker y Rodrigo Mateo.
CREACION Y ACCION
El autor nos propone a través del humor negro una historia en la que los hijos deciden matar a su madre de casi 80. Ya no resisten los trastornos que la enfermedad y la vejez han pronunciado durante los últimos diez años sobre sus vidas; cansados de mantenerla emocional y económicamente, la culpan de sus fracasos y postergaciones.
Una gran pregunta se interpone a lo largo de la totalidad del meticuloso proceso que reúne a los protagonistas, Ernesto, Mario y Ana, quienes imaginan, comentan, predicen y desesperan durante cada uno de los minutos que dura el plan, un simulacro perfecto que con tiempo va adquiriendo consistencia y dramatismo. Los tres, expuestos en sus aspectos más sobresalientes, demuestran en escena las más acabadas penurias y miserias que el mismo tiempo dejó en sus ojeras, sus miradas y gestos. Ernesto, magistralmente interpretado por Gustavo Poggi, es severo, frío y distante, nada lo perturba y en cambio una sola cuestión parece preocuparlo incansablemente; ¿cómo matar a su madre?
Mario, impecable en la piel de Iván Tritten, quien sin desperdicios compone una renguera prototípica, deja entrever múltiples inseguridades y en varias ocasiones sus interrogantes más profundos se deslizan tímidos y a veces sensibles frente a los demás.
Ana, aparece debajo del casco que la sostiene, encajada en un tránsito ajeno del que nunca demuestra poder salir. Recreada con maestría por Marisa Gutiérrez, compone una mujer de pasados los treinta, que con pronunciadas ojeras bordea cotidianamente un pesimismo pesado y agotador.
La madre, caracterizada con firmeza y convicción por parte de María Elena Monroig, exhibe una rigurosidad que sorprende en la destreza de íntimos detalles resumidos en las medias de sus piernas o en las pastillas de colores, que toma diaria y religiosamente.
Las contrariedades, los oportunismos, las confusiones, los pesares, son usos y costumbres bien aprovechadas del texto de Dalmaroni que Ferrero supo explorar en cada uno de sus personajes.
SIMULANDO EL FINAL
La escenografía vinculada con el uso estricto y necesario de objetos que en escena se tornan indispensables, es una buena insignia que materializa el verdadero cuidado que presentan una ochentosa mesa ratonera, el mate y el termo, el viejo teléfono fijo y hasta un típico elefantito blanco, que por si hiciera falta nos acostumbra a los clichés de un ambiente familiar y particular. Los personajes se mueven con el aplomo que brinda la experiencia teatral actoral, caracterizados sin fisuras y con exactitud realista rearman constantemente un clima que, permanentemente deambula entre las fronteras de lo permitido y lo prohibido, “lo deseable” y aquello que sería por momentos imposible imaginar. La conducta certera de Ernesto, constructor del plan, organizará con impecable metodología, los vericuetos por los que Ana y Mario se trasladarán a lo largo de una obra, que tiene la misma duración que sus repetidas preguntas e inseguridades. Tan densas y largas como plagadas de misterio, temor y culpa. Los hijos, a veces opas, invaden el tiempo de la recepción y, nos invitan sigilosamente a repreguntarnos y a indagar más allá de los prejuicios y un poco más cerca de la identificación. Entonces es cuando lo siniestro, pareciera volvernos, paradójicamente más “humanos”. Difícil encrucijada, complejo entramado, los conflictos éticos refuerzan un sentido resignificado que se traslada dinámicamente en un terreno sinuoso y poco estable, igual a la vida débil que se apodera de sus días.
Realismo de instantaneidad, cotidianeidad armada entre caracteres y conductas, un plan macabro en el razonamiento redundante de tres personajes. Virtud en la consistente creación de las escenas que circundan, por los costados, situaciones duplicadas, Ernesto llama a la casa velatoria para asesorarse a la vez que Ana disemina y aparta pastillas de colores, mientras el peso de la rutina cae en las espaldas de los demás que articulan incansablemente un inacabado desasosiego. Magistralidad en las actuaciones y una excelente dirección, presuponen escenas íntimas, minimalistas, recargadas de una atmósfera usual y pragmática, donde nada estalla, pero todo está por explotar. Hasta que llega el final, repetido y vuelto acción, que nos convoca a repensar una vez más, en la idea que ronda esa posibilidad, siempre perversa, algo macabra y hasta a veces sarcásticamente pícara, de matar a la propia madre...
Los comentarios de este artículo se encuentran deshabilitados.