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Información General Miércoles 19 de Agosto de 2026

“Martillo”, entre tumbas y gringos

Agrandar imagen La tumba de “Martillo” Roldán en el cementerio de Freyre.
La tumba de “Martillo” Roldán en el cementerio de Freyre. Crédito: MAPPContenidos

Por Edgardo Peretti y Raúl Vigini

Suele decirse, con cierto grado de veracidad, que los cementerios son aquellos sitios donde terminan los egos, los orgullos y los poderes, los cuales comienzan a compartir la eternidad con sus antípodas, como la humildad, la bondad y otras variables de etiquetas humanas.

Juan Domingo Roldán, conocido con su apodo boxístico de “Martillo” fue -y será- uno de los hijos pródigos de Freyre, provincia de Córdoba, apenas pasando una docena de kilómetros el límite con Santa Fe, o de Coronel Fraga, por decirlo mejor.

Fue una de las víctimas del maldito Covid a finales de 2020, con apenas 63 años de edad. Su carrera fue tan fulgurante como notable, y tal como lo permitían los medios de la época en que fue famoso. No llegó a ser campeón del mundo, pero tuvo por la lona a uno de los más grandes, Marvin “Maravilla” Hagler, allá por 1984 en un ring de Las Vegas.

Después, se dedicó a la política y anduvo por la función pública.

Como dijimos, se fue hace seis años y hoy sus restos descansan en una sencilla tumba del camposanto de su pueblo, de Freyre.

Por esas cosas que tiene el destino tuvimos la ocasión de visitar el sitio, alejado de la pomposidad de la necrópolis, una de las más espectaculares de la pampa gringa (sin exagerar), con construcciones otrora millonarias y, aún hoy, monumentales, más allá que la muerte no admite diferencias temporales.

Pero allá está el espacio de “Martillo”. Un sitial al que le han llevado la cruz cristiana y donde se destacan presencia de amigos y fotos emblemáticas del pugilista. Curiosamente, o no, no hay testimonios ni de los municipios donde trabajó, ni de sus autoridades, clubes o afines; tampoco de gimnasios o de agrupaciones de boxeo.

Es frágil la memoria en estos tiempos de hiper-incomunicación. Quizás, también, los memoriosos.

En el otro extremo del lugar (ubicado a unos cinco kilómetros del casco urbano, tal vez por aquella costumbre de los gringos nuestros de alejar la muerte como defensa ante la misma) está la tumba de Adolfo Barale, conocido como “Gambalunga”, fallecido en 2016, un nicho que lo recuerda con todas sus nominaciones, al lado de su esposa que lo acompaña desde hace unos meses.

Una leyenda urbana del pueblo, inmortalizada en el libro que destaca la biografía de “Fofo”, como llamaban a Barale en lo cotidiano, sostiene que cadan oche sale con su bicicleta roja a recorrer afectos y sentimientos.

Quizás también visite a su famoso vecino boxeador y le relate sus andanzas como inspector de tránsito (sin multas en su carrera) y o le cuente algún cuento en pia/emontés, o le cante una de sus creaciones.

Quien sabe. Los testigos de las noches del cementerio son tan misteriosos como amantes del silencio, pero que nadie se extrañe si un día la famosa bicicleta roja del “Fofo” queda estacionada en los fondos, o apoyada al osario.

Algunos aseguran que se canta en el idioma de los nonos en los domingos festivos y sus mediodías.

El amor y la magia de la vida siempre son más trascendentes que el mármol frío de la pretendida muerte. Ni hablar, si actúa “Gambalunga”.

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