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Información General Domingo 28 de Septiembre de 2014

Mingo Scalenghe: nunca Maestro, siempre maestro

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Raúl Vigini

Por Raúl Vigini

“Es luchoso vivir” decía la tía de una querida profesora de mi secundario. Es difícil desandar la vida cuando los principios del humano que la contiene son irrenunciables. Sentirse impotente ante los hechos y las actitudes de tantos insensibles que andan por el mundo. “Cuando me levanto me pruebo la vista” me decía, y así cotejaba su estado para poder mirar el medio paisaje que le tocó en suerte desde sus 18 años. Y me dejaba pensando, debe ser bravo cuando todos los días caminás por esa cornisa.

“Mingacho, nadie te regala nada, todo te lo tenés que ganar en la vida”, contaba que le escuchaba decir a Remo Pignoni, su maestro de piano y de vida. Y le gustaba recordar esos consejos. Y claro, si eran sabios.

Sufría todos los días un poco, la mirada a lo lejos lo delataba cuando pensaba demasiado algunos temas recurrentes que lo bajoneaban. Y le costaba remontar vuelo para superar la situación. Eso era parte de su agenda cotidiana, e improrrogable. Porque sufría por él y por nosotros. Por eso era recurrente escucharlo repetir el verso inmortal: “Primero hay que saber sufrir…”. Y a veces después de decirlo sonreía, pero a veces.

Y todo se transformaba en una alegría cuando sonaba un tango. Siempre sonó un tango en su camino, o lo silbaba, si es que no lo venía tarareando. Era cultor de frases hechas con contenidos reflexivos o irónicos. Siempre las que denunciaban miserias humanas o mejoraban la calidad de la especie. Pero su alma estaba llena de amigos. También siempre.

A diario, un diálogo sincero y profundo me demostró a quién tenía frente de mí. Al que le gustaba decir todas las veces que era necesario la sentencia que yo le había escuchado reflexionar a Omar Moreno Palacios: “Es más importante saber bajarse del escenario que subirse”. Pero él le agregaba su parte “¿Vos pensás que más de uno sabe lo que quiere decir esto?”. Si habrá embestido molinos de viento con esa fragilidad que ocultaba su figura nada quijotesca.

A mi edad, hemos tenido sobrada presencia en la despedida de gente querida -y también de la otra- pero si algo me conmovió en lo más profundo, es haber escuchado dolorosamente en mis oídos con el abrazo de contención de sus afectos, palabras que se repetían una y otra vez “¿Y ahora qué hacemos?” cuando le dábamos el adiós a él ese día. Lo expresaban desolados sus amigos y sus alumnos. Esos que él mismo supo conseguir con la actitud de ir de frente y de sorprender a más de uno por pensar diferente en el devenir cotidiano. Nadie sabe cómo sigue esto sin el Mingo. ¿Y te parece poco amigo?, como también le sabía decir Remo.

El decía “la muerte no dignifica”. Y su caso es emblema. El fue digno en vida. Por eso no se podía quedar con nosotros de cualquier manera, no se lo hubiera y no nos hubiera permitido una realidad así. Sin las mínimas garantías de supervivencia meritoria.

No sé si vale la pena publicar este pensamiento escrito. Aunque si se diera la oportunidad, tal vez muchos conocerían más al Mingo, el maestro. El que renegaba de que le dijeran Maestro con mayúsculas por su jerarquía. El que era maestro con minúsculas porque se propuso tener alumnos para enseñarles a cantar el tango, aunque él era pianista y no docente. Y fue tan sabio el tipo, que esos discípulos que aprendían letras pero más aún la historia de cada tema y la biografía de los autores, le decían lo más cercano que podían: lo llamaban Mingo. Por eso lo celebraban, lo acompañaban, lo ayudaban, lo abrazaban, lo querían, lo lloraron hasta ahora, y lo seguirán llorando. Y lo bien que hacen, diría esa misma tía de mi querida profe que les conté al principio. Si al fin de cuentas, yo tampoco sé qué hacer estas tardes a la hora del mate compartido con él y Nené.

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