Por Amado Raspo
Del total de los 30 pueblos guaraníes, que latían con fuerza hacia el siglo XVIII, cuatro de ellos han sido declarados "Patrimonio de la humanidad", por la Unesco, son: "Nuestra Señora de Loreto", "San Ignacio Mini", "Santa Ana" y Santa María Mayor". Todos ellos estaban ubicados en la actual Provincia Argentina de Misiones y encierran un universo único como fue el encuentro entre los guaraníes con los jesuitas.
* Nuestra Señora de Loreto: la amenaza de los bandeirantes, en el lugar que se hallaba asentado, hizo imposible la vida, por lo que no quedó otra alternativa que iniciar el largo y penoso camino hacia el Paraná. Al gran grupo lo condujo el padre Antonio Ruiz de Montoya, su destino final eran las márgenes del arroyo Yabebirí.
El padre Montoya, de origen peruano, era un líder respetado por los guaraníes y fue el protagonista de una de las historias más representativas de la unión que se produjo entre los misioneros y los guaraníes.
El hecho que fundó esta comunión sucedió cuando una de las embarcaciones del grupo se dio vuelta y una de las mujeres que en ella viajaba prefirió ahogarse antes de soltar el bebé.
Las crónicas cuentan que Montoya le rogó a la Virgen que llevaba con él, que la salvara y la mujer repentinamente subió a la superficie. Un grupo de hombres la sacaron del agua y ella cuando estuvo en tierra abrazó a la imagen de la Virgen María y le agradeció el milagro (salvados mujer y bebé). La Virgen era una talla que habían traído desde Roma; pronto se transformó en una de las figuras más veneradas.
En 1686, Loreto se traslada a su asentamiento definitivo, donde hoy se encuentran las ruinas y allí fue diseñada una capilla destinada para la imagen milagrosa. La vida de los guaraníes en Nuestra Señora de Loreto era similar a la de otras reducciones. La mañana comenzaba con cantos. Los más chicos aprendían catecismo, y a leer y escribir, desde los 6 años. Los sacerdotes para hacer comprensibles sus enseñanzas, se valieron del canto, la pintura, el teatro, la escultura y la danza.
A los hijos de los caciques se les enseñaba además castellano y latín, se complementaba en general con nociones de religión, aritmética y música; las niñas aprendían costura, tejido y bordado.
Casi siempre en las reducciones los sacerdotes eran dos, su función era además administrar los bienes de los guaraníes y atender a lo espiritual, económico, cultural, social, etc. El inventario de 1768, un año después de la expulsión de los jesuitas, contabilizó que había 30.000 cabezas de vacunos, 2.000 entre potros, yeguas y potrancas, 1.000 ovejas y más de 200 burros y burras.
La yerba mate, combatida al principio, fue luego aceptada, tan es así que el monje Nicolás del Techo, le atribuyó virtudes tales como reconciliar el sueño, calmar el hambre, favorecer la digestión, infundir alegría y los que se acostumbraban a ella, no podían pasar sin usarla. Entre los talleres, los guaraníes aprendieron, la carpintería, la fabricación de vajilla, tejeduría de algodón, instrumentos musicales, etc.
Extractado de "Misiones Jesuitas y Guaraníes. Una experiencia única".
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