Por María Emilia Sánchez
Si uno leyera sin más el afiche de difusión de la obra teatral “Los Opas” diría a priori que se trata de un drama (“otro drama burgués”, precisamente). Además, las preguntas “¿Alguna vez pensó en matar a su madre? ¿Lo hizo?”, bien podrían corresponderse al adelanto de un típico drama.
Pero uno sabe que la obra está dirigida por Diego Ferrero y escrita por Daniel Dalmaroni (“Una tragedia argentina”), ambos lúcidos, ácidos e irreverentes con la temática de los vínculos familiares, de modo que la intriga queda flotando... ¿Será para llorar, al final? ¿Para reír? ¿Se puede uno reír, sonreír siquiera ante la posibilidad de matar a su madre? La respuesta es sí y mucho. Como ante toda buena comedia, que en esta oportunidad no deja tantos elementos librados al azar, no intenta moralizar, no se regodea en el absurdo y tiñe de otros colores el negro tradicional del humor del director.
El gran acierto de “Los Opas”, en su totalidad pero específicamente desde la dirección, es que no es una obra pretenciosa. Busca hacer reír y lo logra con creces. Quizás también quiera ponernos a reflexionar sobre el vínculo con nuestros padres, la ancianidad, el miedo a la muerte, lo vulnerable del ser humano... y todo eso, con sensibilidad y atención, también puede leerse, pero la comedia está delante de eso, felizmente.
En escena hay cuatro personajes y un tema planteado desde la difusión de la obra: “Tres hijos, cansados de mantener emocional y materialmente a su madre de 80 años, deciden asesinarla”.
Hay poco por descubrir, parece estar todo resuelto de antemano. Lo que falta por decidir, entonces, es el “cómo”, y es esa búsqueda la que hará mover a los personajes: discutir, recordar, confrontar entre ellos, mostrarse sus miserias, aliarse y burlarse entre sí. Todo pasará frente a una madre postrada -papel compuesto sin fisuras por María Elena Monroig, todo un hallazgo para el teatro rafaelino- que, pese a sus limitaciones motrices, auditivas y cognitivas, todo lo sabe... es la madre, ¿no? Y frente a ella, a su alrededor, los hijos tejen su destino. Es curioso que pongan tanto empeño en buscar la manera de deshacerse de ella, cuando sería mucho más fácil no hacerse más cargo y listo, abandonarla. ¿Por qué no lo hacen? ¿Qué los detiene? ¿Qué nos quiere decir Dalmaroni con este accionar? No podemos con ellos, pero tampoco sin ellos...¿Será eso? La figura paterna -o materna en este caso- persiste en la psiquis estando o no vivos nuestros padres... ¿Será esto otro? Que su influencia es eterna... ¿Qué quieren destruir verdaderamente? ¿A su madre o a sus propios miedos y limitaciones? Estas incógnitas son quizás el trasfondo dramático del que se hizo mención antes. Ahí está, latiendo también en la trama de “Los Opas”.
Por otra parte, específicamente en cuanto a lo actoral, se pueden tomar algunos apuntes: Gustavo Poggi está correcto en su papel, pisando con firmeza el escenario que tanto conoce desde distintas áreas (docente, director, actor). Es interés particular de quien firma, disfrutar a este intérprete en algún otro personaje que no esté tan conflictuado, enjuto, con ese ostracismo característico... quizás en algún momento tenga la oportunidad de componer algo más lejano a sí mismo, más luminoso, tanto en drama como en comedia y pueda desplegar las condiciones que tiene aún por explorar.
Marisa Gutiérrez, con mucha experiencia en su haber, maneja los mecanismos de la comedia muy aceitadamente, no sorprende a quienes ya la hemos visto lucirse en otras obras, sobre todo por la gestualidad que maneja con gran destreza, aunque la duda es si esto mismo es sello o redundancia.
Iván Tritten es quizás, por ser el menos visto de los tres hermanos de ficción en los escenarios locales, quien más sorprende. Compone un personaje entrañable, con pequeños detalles corporales y posturales que engrandecen el papel, enriquecido también por el gran uso que hace de la mirada.
Lo que mejor funciona en los cuatro actores, hay que destacarlo, es la interacción entre ellos, los guiños internos y -en algunos casos- hacia los espectadores. Es en ese conocimiento interpersonal donde radica el gran valor de la obra, los tiempos internos, la dinámica que mueve los hilos de la historia.
Los otros elementos que componen la puesta, vale decir escenografía y vestuario, a cargo de Alicia Lorenzatti y Mabel Sepliarsky; la música de Jorge Beninca e iluminación y sonido a cargo de Gastón Walker y Rodrigo Mateo, acompañan con acierto, desde un respetuoso segundo lugar. Las actuaciones y la historia son tan contundentes, que no dejan mucho espacio para más.
A riesgo de resultar audaz dado el poco trato con él, esbozo la idea de que, tal vez, la vida familiar construida en la realidad -junto a su mujer son padres de una bella niña de 3 años-, haya resuelto unos cuantos dilemas profundos que Diego Ferrero dejaba colar en el espíritu de sus obras anteriores.
El arte es sanador y el teatro no es la excepción. Todo lo contrario más bien. A través de él es posible que el director haya entendido distinto algunas cosas, haya desdramatizado otras y se esté permitiendo sólo reírse de la “familia”, provocando nuestra risa también. No es poco, y se agradece.
El Grupo Caldo de Cultivo cumple 10 años y lo celebra con la puesta de “Los Opas”, vale la pena acercarse al Teatro Lasserre, reservar una entrada y festejar con ellos. ¡Salud!
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