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Información General Domingo 20 de Marzo de 2016

Nordkapp, a un paso del lejano Polo Norte

La travesía en moto comenzó al sur de Africa, siguió en Turquía, y concluyó en el extremo norte de Europa. Crónica de un viaje en medio de paisajes increíbles.

Adrián Volpato

Por Adrián Volpato

No contaba con que a estas latitudes extremas las brújulas suelen volverse locas; pero es así. De todas formas, estaba tan al norte que en realidad no hacía falta orientación, lo que buscaba podía aparecer en cualquier momento…

Luego de cruzar el puente sobre el Bósforo para dejar atrás el continente asiático y sumergirme en Europa, varias naciones han pasado. Ruedo la península escandinava, y dejo atrás Suecia. Ahora es el turno de Finlandia, el país de los mil lagos, aunque en concreto son unos 188.000.

Tierra cubierta durante medio año bajo altas capas de nieve, con lagos y ríos congelados, enmarcada en bosques de abedules, abetos y pinos. En la región de Laponia hay más renos que gente. Aquí habitan los descendientes de los Sami. Tienen el pelo más oscuro y son más tímidos aún que sus compatriotas del sur. Durante siglos fueron nómades. Sus carpas, de troncos y pieles, se armaban y desarmaban en pocas horas siguiendo la marcha de los renos. Y sus brujos, con la única ayuda de un tambor, interpelaban a los dioses de la naturaleza y a las estrellas.

Celosos de su cultura; nadie que no sea Sami puede vestir su traje tradicional rojo o azul, bordado de varios colores. Y sólo ellos cantan sus melodías, una letanía triste y ululante.

Pero hay otro valor agregado. Cruzo la ciudad de Rovaniemi y traspongo la imaginaria línea del Círculo Polar Artico.

Aquí el sol ilumina las veinticuatro horas durante el verano, mientras que en diciembre y enero permanece escondido. Aquí espera Santa Claus, en su villa, leyendo las cartas de miles de niños de todo el planeta, cocinando avena con leche en un gigantesco caldero y trabajando sin descanso ayudado por duendes para que el número de juguetes sea exactamente igual al número de niños buenos. O sea, al número de niños.

La historia dice, que todos los días, Santa Claus abandona su casa en la montaña -nadie conoce con exactitud dónde está situada- y llega en trineo a la villa, en las afueras de Rovaniemi. El niño que lo busque puede encontrarlo allí.

En Finlandia, Papá Noel es una industria nacional. Estamos hablando del cliente más importante del correo estatal. Por eso, tiene su propia oficina postal en la villa donde recibe miles de cartas de todas partes del mundo y responde una buena cantidad.

Más al norte y no muy lejos de la frontera rusa arribo a Saariselka, un pequeño poblado en un área montañosa. Todo es silencio, una saludable costumbre finlandesa, aunque se está celebrando un encuentro de motos.

Los locales son gente silenciosa, pero la cerveza y el vodka los vuelve más comunicativos. Me hablan en inglés, el finés es un idioma imposible plagado de “a” y “v”, pariente del húngaro y totalmente distinto de cualquier otra lengua europea, sólo para entrecasa.

Cuando descubren que hace unos meses atrás partí de Sudáfrica, me felicitan y otorgan el premio al viajero más lejano.

Los finlandeses están muy orgullosos del “sauna”, una tradición que tiene más de 2.000 años y además es la única palabra de su idioma que conoce todo el mundo.

A los amigos extranjeros siempre se los invita al sauna como una muestra de hospitalidad. Negarse es además de una descortesía, un error. Jouko me da las indicaciones, tipo manual. Estar desnudo es la primera condición. La segunda es que se puede entrar y salir todas las veces que haga falta, y la tercera, no hay tiempos, cada uno lo va regulando según aguante el calor.

Al rato, cuando el cuerpo ya se acostumbró a casi hervir, llega la cuarta premisa o, mejor dicho, la prueba de hielo. Salir para tirarse a las aguas de un lago y regresar al sauna. Lo hacen hasta en la época en que todo está congelado, revolcándose en la nieve. Y vale la tonificante experiencia, aunque estoy muy lejos de la heroicidad de los curtidos lapones.

La noche es cerrada y fría. La reunión continúa en una inmensa cabaña donde arde una fogata como para espantar al Hombre de los Hielos. La hoguera es parte del ser finlandés. Ensartamos salchichas que se van ahumando al fuego y llega la hora de compartir las bebidas típicas como el koskenkorva altamente alcohólico o las cervezas caseras.

Uno ya no sabe muy bien qué hora es; simplemente ha llegado a algún estado ancestral, primitivo, y quiere seguir perdido en ese silencioso bosque milenario.

En pos del límite con Noruega bordeo el lago Inari, que permanece congelado desde noviembre hasta comienzos de junio, con sus islas sagradas para el pueblo Sami.

La lluvia me obliga a refugiarme en un korda de un aislado camping. Una construcción cónica de madera de unos cuatro metros de alto que tiene un agujero en el techo. Sobre el piso hay leños ardientes y como el humo sube, todo el korda se transforma en chimenea. Ideal para calentarse y secar la ropa.

En realidad, es igual a las viejas carpas que los Sami hacían con pieles en medio de la nieve cuando perseguían renos.

Por alguna razón Noruega es un país al que se lo imagina como un territorio poblado de mitos y de hombres y mujeres altísimos, de nieve, frío, y ubicado demasiado al norte. En el fin del mundo.

Algunas leyendas son ciertas; otras no. No son un mito el sol de medianoche –en esta época el sol brilla las 24 horas del día- y la aurora boreal, extrañas luces que pueden verse en los meses oscuros producto de la actividad electromagnética en las capas superiores de la atmósfera.

Tampoco es un mito que los vikingos fueron los primeros pobladores; extraordinarios navegantes, pero también guerreros.

No es leyenda, que en estas latitudes reina la tundra ártica. Fiordos, montañas, lagos, glaciares y cascadas. No hay, casi, forma geográfica que no se despliegue con una insolencia abrumadora.

A medida que avanzo, el aire es cada vez más limpio y el ánimo se mueve entre la ingenuidad y la transparencia. Un viaje por un escenario conmovedor, salvaje, que remite continuamente a la idea de fin del mundo.

Un larguísimo túnel me deposita en la isla de Mageroya, que se escribe con la “o” atravesada por una barra. En la tundra los sentidos se agudizan; la vista se alarga en horizontes infinitos. Las colinas son de un gris más oscuro, de formas más abruptas, con enormes lenguas celestes que se derraman en el agua -glaciares-, y una profusa sucesión de cascadas y saltos.

Llueve. Mucho. Aquí la lluvia es una costumbre a lo largo de casi todo el año. La brújula enloquece. El camino es duro, pero avanzo con ciega determinación, y con el fanatismo de los enamorados, de los locos enamorados de un sueño espléndido y revelador.

Al fin, Nordkapp -Cabo Norte-, un promontorio bañado por el Océano Ártico, en la remota isla de Mageroya, se corporiza. Su acantilado de 307 metros de altura es considerado con frecuencia el punto más septentrional de Europa.

Nordkapp, con su mar de distancias, su cielo de hierro, y un frío profundo.

El otro extremo, en el reto de unir ambos cabos; el “de las Agujas” (Sudáfrica) y “Norte” (Noruega) tal como quedaron, como testimonio, estos relatos en las páginas de Diario LA OPINION. Una inmensa emoción me embarga…

No muy distante, un sendero sólo accesible a pie, conduce a Cabo Knivskjellodden, unos 1.500 metros más al norte de Nordkapp, el verdadero vértice septentrional de Europa.

Un suave presentimiento de calor emana en el aire helado del amanecer. Una exquisita sopa de salmón templa el espíritu.

Ahora toca bajar por la sobrecogedora costa noruega, cortada por numerosos e increíbles fiordos. Y espero no tropezar con algún troll, pequeño demonio de aspecto atemorizador y grandes dientes que, según la leyenda, habita los bosques y montañas escandinavos…

Sólo es imposible aquello que no se intenta.

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