Por REDACCION
Parece una obviedad, pero no lo es tanto.
Si asumimos la idea de que un bebé no es capaz de ninguna hazaña por su país y que lo único que puede hacer eficazmente es usar el llanto para conseguir que lo alimenten, muchos tendrán razón: no merece ninguna mención especial, salvo figurar en los diarios como que ha nacido y, para completar el desolador panorama, el mérito no será de él sino de sus padres.
En conclusión, si sus progenitores no fueran conocidos el recién nacido no tendría ninguna importancia para nadie. Y eso, pensándolo bien y para cualquier edad, es realmente para llorar.
Como los efectos de la necrofilia, cuando se convierte en hábito en las sociedades.
Si repasamos las fechas en que concretamos los homenajes a nuestros próceres y demás figuras destacadas –tanto en política como en el arte-, veremos que se elige para ello el día de su fallecimiento. Entonces, en sentidos actos públicos, mensajes en los medios audiovisuales y/o reseñas en los diarios se detallan los aspectos de su personalidad que los hicieron merecedores del reconocimiento y -al mismo tiempo- se revalorizan las virtudes que ellos tuvieron.
El homenaje que se les practica (y con justicia) los convierte en ejemplos para los hombres y ciudadanos de este y todos los tiempos; todo en un clima de recogimiento que incluye una cierta dosis de tristeza porque la mayoría de ellos han debido pasar sus últimos años en la pobreza, el exilio o, peor aún, el abandono en su tierra por aquellos a quienes habían beneficiado con sus generosas y altruistas actitudes en defensa de la patria, a la que ellos han entregado vida y fortunas familiares.
Si profundizamos la valoración en el momento, una emoción única nos gana en el instante de la recordación: hemos repasado rápidamente una vida llena de sacrificios sin desmayo que sus contemporáneos no reconocieron y sí -solo muchos años después- sus compatriotas.
Y decimos bien, hay tristeza en esa revalorización que debería ser permanente -y no solamente un día al año- para poder reparar la injusta desconsideración que recibieron, dando así una respuesta ideal a tanto valor y verdaderos altos ideales.
¿Merecen ellos que los homenajes sean solo melancólicos y solemnes, tan lejos de la alegría?
Nuestros próceres vivieron en el total sentido de la palabra; sintieron la vocación, no como un deber pesado, sino como el irrenunciable modo de justificar una existencia. En su presente tuvieron, además, una vida con las mismas cotidianas alternativas de familia y sociedad que los otros hombres. Ellos, seres humanos totales y virtuosos, veían en su horizonte, sin ponerse a analizar ni desear que fuera fácilmente accesible, el brillo futuro de la palabra felicidad.
La necrofilia implica quitarle al sentido de la vida el valor protagonista y también quitar la sonrisa interior a los actos naturales: es negar la posibilidad de ser felices y dar bienestar a los demás.
Es cierto que los grandes hombres necesitaron todos sus años para lograr sus positivas metas, pero ¿por qué no honrarlos en el día de su nacimiento? La recordación, así, tendría luz y esperanza.
Nacer es el mejor comienzo, la sonrisa que vive regalando el tiempo.
Es el origen luminoso de todas las posibilidades.
Por lo demás, por una razón de simple y necesaria lógica, también es cierto que si los próceres no hubieran nacido no habrían podido concretar lo bueno que nos dejaron.
Hugo Borgna - Sandra Cervellini
Especial para LA OPINION de Rafaela
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