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Información General Miércoles 8 de Abril de 2015

Pascua: ¿cambio o indiferencia?

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Alicia Riberi

Por Alicia Riberi

Cuando se acerca la Pascua, uno se pregunta: ¿qué significará la Pascua para cada uno? ¿Difícil de responder no? Porque la mayoría de la personas compran roscas o huevos de pascua y se preparan para una gran comilona, una reunión familiar o entre amigos y eso está muy bien…pero ¿qué se festeja en profundidad?

Cuando un cristiano se prepara para vivir una semana santa desde el fondo del corazón, es que ha comprendido lo que es el perdón, lo que es la renuncia y lo que es ser discípulo. El perdón -muestra mayúscula de amor- es la capacidad de advertir que somos pecadores y necesitamos asiduamente de la mano de Dios para levantarnos y seguir, y es también entender que si pretendemos que Dios sea piadoso con nosotros, debemos ser capaces de perdonar a cualquiera que sea nuestro prójimo… ¿y quién es nuestro prójimo?...todas las personas que nos rodean, blancas, negras, pobres, ricas, inteligentes o no…

La renuncia es un acto que exige amor, respeto por el otro y generosidad, es entonces cuando volvemos a reafirmar los valores, como signos que se desparraman por la vida, para que no nos perdamos, aunque muchas veces actuemos como si no existieran. Renunciar a ser egoísta, a ser mentiroso, a ser corrupto, a ser solo materialista, a olvidarse de los padres, que sean como sean nos dieron la vida y nosotros nacimos libres para elegir nuestro destino… renunciar al odio y abrazar el amor como modo de vida. Ser discípulo es haber dicho sí, sí a una vida diferente, a una vida que no nos envuelve de infelicidad, sino de satisfacción, a través de dar y darnos. Ser discípulo es renunciar al protagonismo, a la soberbia, al hambre de poder, a la ira… es saber que hay alguien muy superior a nosotros, a quien debemos seguir.

Así pues, vivir una Pascua parecería algo imposible, porque exige valores demasiado ambiciosos para los tiempos que vivimos, pero no significa que seamos diez en todo, sino que vayamos avanzando lentamente por un sendero con señales visibles, que aunque a veces nos cueste cumplirlas seamos conscientes que están y eso ya es un gran paso.

El papa Francisco nos invita todos los días a sumarnos al proyecto de Cristo y nos muestra continuamente como hacerlo y se puede resumir su pedido diciendo que un buen cristiano es el que ama a todos sin distinción alguna y el que estando en cualquier lugar no pierde su comunicación con Dios. ¿Cómo nos comunicamos con él? Cada uno lo hace como lo siente, no hay recetas, porque la comunicación se siente y produce en uno, una sensación de paz que asevera que Cristo es camino, verdad y vida.

Cada Pascua es una invitación directa a convertirnos, a ser mejores, a renovar nuestra vida como cristianos, a valorar el sacrificio de Cristo por cada uno de nosotros, pero también es una reafirmación de que Jesús no se quedó en la cruz, sino que venció a la muerte. Por esto último es la Pascua es la más importante de las fiestas de la Iglesia. Nos muestra a Jesús como un ser humano que sufre siendo inocente por los pecados del mundo, pero a su vez, es capaz de vencer a ese dolor y a la muerte resucitando glorioso y mostrando que tiene poder sobre el universo todo.

Ojalá que cada uno cargue su dolor por tremendo que sea sobre una cruz y se atreva a seguir a Jesús que nos promete una vida mejor. De que vale vivir sin esperanzas, pensando que con la muerte todo termina… en cambio si pensamos que la lucha de esta vida sirve para ir acercándonos a Cristo a través de nuestra conversión y que podremos contemplar ese rostro amado que dio su vida por nosotros, cambia la historia.

Pascua es la fiesta de la esperanza, de la mayor muestra de amor y de un cambio profundo y no de la ignorancia, la desesperanza y la resignación. Pascua prende la luz para la vida eterna.

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