Por REDACCION
Por Ana Davicino. - Paradójicamente, un mundo más poblado, más comunicado, más tecnificado, está cada vez más pobre en experiencias comunicable, más insensible a las experiencias de los otros, más anestesiado a los estímulos externos, más superficiales en las vivencias.
Como señalaba Benjamin, “la cotización de la experiencia ha caído y parece seguir cayendo libremente al vacío. Basta echar una mirada a un periódico para, corroborar que ha alcanzado una nueva baja, que tanto la imagen del mundo exterior como la del ético, sufrieron, de la noche a la mañana, transformaciones que jamás se hubieran considerado posibles. Con la Guerra Mundial comenzó a hacerse evidente un proceso que aún no se ha detenido. ¿No se notó acaso que la gente volvía enmudecida del campo de batalla? En lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos” (Benjamin, Walter, El Narrador, s/d).
Ese empobrecimiento de las experiencias, esa superficialidad de la memoria se han hecho necesarios para sobrevivir a los excesos de estímulos, de información. Así, las percepciones ya no ocasionan una reflexión consciente y crítica, sino que, como impulsos de shock deben ser bloqueadas por la conciencia. En las imágenes de los noticieros o de las películas, en los productos para consumos, en la publicidad, en las multitudes en las calles, en las guerras mediatizadas, en la exposición de la sexualidad y la degradación de lo erótico, en los grandes centros de compras, en la televisión o la internet, en los videoclips, “el shock es la esencia misma de la experiencia moderna” (Buck-Morss, Susan, Walter Benjamin, escritor revolucionario, Interzona, Buenos Aires, 2005) y aún más de la posmoderna.
Lo que miramos, cómo percibimos el mundo que nos rodea y cómo nos posicionamos en ese mundo forma nuestra experiencia. El shock nos empobrece, nos limita nuestra capacidad de adquirir experiencias comunicables. Las miles y millones de imágenes se producen cada día, se publican, se difunden por medios escritos, audiovisuales, digitales, las vemos pero no nos enriquecen, no logramos, ni el tiempo, ni la distancia para tener de ellas una percepción crítica, para incorporarlas a nuestro acervo.
Para enfrentar esta realidad es necesario el arte, resistencia que presiona el horizonte de lo posible y cuestiona el límite de lo decible. El arte que “toma un trozo de caos en un marco, para formar un caos compuesto que se vuelve sensible, o del que extrae una sensación caoidea como variedad” (Deleuzze Guatari, Qué es la filosofía).
El arte efectivamente lucha con el caos, pero para hacer que surja una visión que lo ilumine un instante. En cada obra está el mundo entero o tal vez, solo la imagen de la vida como un viento, como un huracán. El arte tiene un potencial transformador, ya que es una manera de conocer el mundo que nos rodea, y por lo tanto, desde donde pensarlo.
Contra la sobreproducción de imágenes, con cambios aparente y banalización de la realidad, hay estrategias artísticas que colocan la percepción en un espacio situado entre ver y velar (o entre ver y no ver nada). La ausencia aparece así como necesidad. Así como los zapatos de labriego de Van Gogh nos muestran, más allá de lo que vemos.
“En el cuadro de Van Gogh ni siquiera podemos decir dónde están estos zapatos. En torno a este par de zapatos de labriego no hay nada a lo que pudieran pertenecer o corresponder, sólo un espacio indeterminado. Ni siquiera hay adheridos a ellos terrones del terruño o del camino, lo que al menos podía indicar su empleo. Un par de zapatos de labriego y nada más. Y sin embargo...
En la oscura boca del gastado interior bosteza la fatiga de los pasos laboriosos. En la ruda pesantez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los largos y monótonos surcos de la tierra labrada, sobre la que sopla un ronco viento. En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino que va a través de la tarde que cae. En el zapato vibra la tácita llamada de la tierra, su reposado ofrendar el trigo que madura y su enigmático rehusarse en el yermo campo en baldío del invierno. Por este útil cruza el mudo temer por la seguridad del pan, la callada alegría de volver a salir de la miseria, el palpitar ante la llegada del hijo y el temblar ante la inminencia de la muerte en torno” (Heidegger, Martín, El origen de la obra de arte).
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