Por Sergio Grazioli
"Soy un cantor de artes olvidadas que camina por el mundo para que nadie olvide lo que es inolvidable: la poesía y la música tradicional de Argentina" (AY).
Un día como hoy pero de 1992 moría en Nimes, Francia, la máxima figura del canto y la música tradicional argentina, compositor, poeta, cantor y guitarrista Atahualpa Yupanqui.
Había nacido en Campo de la Cruz, partido de Pergamino -provincia de Buenos Aires- el 31 de enero de 1908; su nombre verdadero era Héctor Roberto Chavero. Su infancia la pasó en el pueblo bonaerense de Roca, donde su padre era empleado del ferrocarril. Tomó clases de violín con el cura Rosáenz, pero su verdadera pasión la encontró en la guitarra, esa que interpretaban los obreros del ferrocarril y peones de campo y que él escuchaba fascinado.
A los 10 años debe trasladarse con su familia a Tucumán ("Tucumán, el reino de las zambas más lindas") y desde allí comenzó un peregrinaje por todo el país, recorriendo la vasta geografía e incorporando en su memoria los paisajes naturales, pero también el sufrimiento del hombre en los ingenios, en las minas o en los arreos.
No es casual que después en sus obras haya transmitido todo esto que vivenció: Yupanqui nos contó mejor que nadie las injusticias que sufrían las clases desposeídas o, peor aún, aquellos que no tenían la posibilidad siquiera de trabajar. Su rebeldía y su compromiso político y social lo llevaron a afiliarse en 1948 al Partido Comunista. Por ese motivo, sufrió persecuciones por parte del gobierno democrático de ese momento (bien valdría una autocrítica del peronismo por esa actitud), lo que motivó que decidiera irse del país.
Y allí en Francia conoce al gran poeta Paul Eluard quien le presentaría a la cantante número 1 del momento, Edith Piaf; ella lo escucha atentamente e inmediatamente le propone actuar al día siguiente en su recital. Esa noche de junio de 1950 Piaf abrió el concierto y luego de algunas canciones dijo al público: "Les presento a Atahualpa Yupanqui, un músico de mucho talento, a quien dejo cerrar el espectáculo. Quiero que lo escuchen como lo merece".
Y don Ata, sólo con su guitarra, rompió el silencio del Teatro Athenée con sus mejores zambas y milongas, ante un público que quedó maravillado. Ese fue el comienzo de su carrera mundial y de su romance con Francia, un país que le abrió las puertas que se le cerraban en el propio, el país que le vio cerrar sus ojos por última vez hace 23 años.
Hoy los argentinos debemos buscar en las canciones, la poesía y la prosa de Yupanqui esa luz que guíe nuestros pasos como pueblo: allí encontraremos la nitidez de nuestra identidad, los valores de la más pura argentinidad.
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